Carriola.19.04.26
DEMOS LA OPORTUNIDAD DE CAMBIAR A LOS NIÑOS

María Dolores Armas
Lic. En Piscopedagogía
Normalmente los conflictos cotidianos que ocurren en casa con los hijos tienen casi siempre el mismo guion. Sucede que, al no responder ellos positivamente a nuestras órdenes, normas y deseos, se generan dentro de nosotros, los padres y madres, unas emociones que producen mucho malestar y provocan que demos respuestas poco adecuadas para conseguir los fines que pretendemos. Son conflictos repetitivos, siempre tienen la misma cadencia, el mismo recorrido, el mismo principio y el mismo final; y lo que si podemos decir de todos es que no producen ningún aprendizaje positivo en los niños, no educan. No dejan de ser intercambios y juegos emocionales. Cuando nos empeñamos en corregir una conducta de la misma manera, con las mismas palabras, con las mismas consecuencias, obtenemos el mismo comportamiento de los niños. En la medida que vamos aprendiendo a darles nuevas respuestas, menos emocionales y más racionales, conseguimos que nuestros chicos empiecen a desplegar también nuevas conductas más adaptadas.
Sin duda, ese es el mejor apoyo que le podemos dar. Ofrecerle la posibilidad de que se comporte de manera diferente. Procuremos, entonces, dejar de lado lo emocional, la frustración, el cansancio; y descubrámonos a nosotros mismos como padres y madres competentes en un ambiente familiar sosegado y nutritivo.
Para empezar
Debemos tener claro que la disciplina, necesaria para producir cambios en los niños,

no tiene nada que ver con los castigos, las riñas y los malos modos. La disciplina no es más que el establecimiento de unas normas y límites que en su cumplimiento ayudan al pequeño a desarrollar una serie de habilidades necesarias para interactuar positivamente con el entorno. Pero estas habilidades no se desarrollan en un día, ni en un mes, e incluso, ni en un año. Necesitan también de la perseverancia de los padres para conseguir la meta deseada. Escucho en algunas ocasiones a padres comentar “eso ya lo probé y no funciona, no hay nada que hacer”. Son comentarios de familias que esperan cambios inmediatos y que tienen poco en cuenta las condiciones de su hijo y la necesidad de ser constantes en el uso de una estrategia educativa, pues depende de eso su éxito y el bienestar del niño. Enseñar valores, comportamientos, habilidades y actitudes es un proceso lento y progresivo que no siempre va a la velocidad que necesitamos los adultos, pero sí a la que son capaces de llevar los niños. Apurarnos y apurarles les impiden hacer cambios.
El afecto, la comunicación emocional, la aceptación de éstos incondicionalmente, la dedicación al cuidado de los hijos, supone la mejor manera para favorecer un desarrollo integral y equilibrado.
No olvidar
Somos sus modelos, nos imitarán y darán respuestas similares a las nuestras en sus conflictos cotidianos. Si cuando algo no nos gusta gritamos y nos enfadamos, ellos cuando encuentren una situación que no los guste gritarán y se enfadarán, actitud que a su vez no será de nuestro agrado, repitiendo de nuevo el bucle, más gritos y más enfados. Así, sin darnos cuenta, impedimos que el pequeño aprenda respuestas diferentes en esas situaciones que siente frustración. Por otra parte, el niño no siempre está dispuesto a aprender, no siempre está receptivo. Al igual que le sucede a los adultos hay días que están más cansados, otros más aburridos, otros poco motivados, otros juguetones, otros… y depende de esos estados anímicos que reciban y realicen de uno u otro modo aquello que le pedimos. A veces pensamos que el que un niño haya cumplido una edad determinada supone que este ha de manejar una serie de habilidades determinadas, pero esto no siempre es así. Aunque en ocasiones generalizamos acerca de unos hitos del desarrollo en unos momentos señalados, no todos los niños en el mismo momento consiguen los mismos logros. Por ello, tener en cuenta la capacidad de razonamiento, el desarrollo emocional, las competencias cognitivas, el desarrollo psicomotor y los estados de salud será clave en todos los procesos de aprendizaje, también en los comportamentales, y permitirá al niño avanzar y no quedarse anclado en fases no resueltas.