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Tiempo de Navidad (I) (De mi libro Historias de Milo)

CarriolaJulio Santos Pena. 30.12.21

Estamos en plena Navidad y salvo por culpa de la pandemia recalcitrante y renovada de los últimos días, la vivimos con el deseo de ser un poco más felices. Y si esa intención es tradicional, no siempre se vivió igual porque cada época tiene sus “cosas”. Hoy voy a publicar la primera parte del capítulo “Tiempo de Navidad” de mi libro “Historias de Milo” y dentro de unos días lo haré con la segunda que se refiere a los Reyes Magos. Seguro que a más de uno que no haya leído el libro, este relato se traerá bellos recuerdos porque ya lo dijo el poeta “Cualquier tiempo pasado...”

Tiempo de Navidad

Desde  hacía ya bastantes días que en la escuela se respiraba el ambiente prenavideño. En realidad, a Milo, lo que le importaba era dar vacaciones y dejarse de monsergas escolares que en definitiva no  las consideraba más que como días de escuela como otros cualquiera aunque se cantara algún que otro villancico. La monja se empeñaba en recordar el pasaje del Niño Jesús, la Virgen y San José llamando a las puertas  pero acabando en el humilde portal siendo visitados por los pastores que llevaban corderos, gallinas, miel y pan a montones y Milo acababa pensando donde iba a meter todo aquello la familia si estaban muy lejos de su casa y no tenían más que un chirico que no podría cargar con todo. Además el Niño no podría comer pan ni carne ni siquiera la miel que los pastores le llevaban según la profesora en tarros enormes porque acababa de nacer y él, que  había visto a algunos bebés recién nacidos, tenía la certeza de que no necesitaría corderos ni gallinas.

Pero a Milo le gustaba el Nacimiento que se confeccionaba siempre en una esquina de la clase con musgo que todos aportaban, papel de plata de las tabletas de chocolate y de los paquetes de cigarrillos, que se convertía en ríos y cascadas, y serrín para formar los caminos y los desiertos por  donde enfilaban los pastorcitos de barro su acercamiento al Portal. En realidad le gustaría poder introducirse en el “Nacimiento” y mover las figuras de un lado para otro, sobre todo hacer correr a los camellos de los Reyes Magos que ya se veían en la lejanía del simbólico paisaje para que llegasen cuanto antes, pero una vez terminada la obra, una simbólica barrera formada con bancos de la propia clase, se lo impedía además de un amenazante cartel que ponía “no pasar” y otro que decía “no tocar” delante de un platillo en el que había otra frase “limosna para el Belén”, en el que los niños de la clase echaban las monedas.

Cuando se acercaba el día de las vacaciones los niños cantaban con gran regocijo  “Punto daremos / si no damos punto / nos escaparemos./ De los tinteros / salen los ratones / para que Sor Felisa / nos dé las vacaciones”, pero ni por ésas el tiempo corría a favor de la llegada del día de la Lotería en que Milo, por fin,  escuchaba ya desde su cama la radio en la que cantaban números y premios los niños de San Ildefonso aunque para él, el mayor premio era no tener que ir a la escuela ni aquel día ni otros veinte más hasta pasar los Reyes Magos.

Época de mucho frío, Milo salía a la calle embutido en un grueso abrigo y con las “pantuflas” de fieltro en los pies, un calzado que aportaba el calor que emergiendo desde el suelo subía por todo el cuerpo y que, cuando la lluvia arreciaba, se introducían en las chanclas de goma negra con las que se podía chapotear a gusto en los charcos sin mojar los pies. El callejón era, como siempre,  el punto de reunión de los niños de la calle que organizaban sus juegos del día totalmente despreocupados de otros deberes y las vacaciones iban pasando de fiesta en fiesta y cada una de ellas con distinto afán.

La tarde del 24 de diciembre, horas antes de la Nochebuena, el ambiente se transformaba. Por las ventanas de las casas salían los olores emanados desde las cocinas que preparaban el banquete nocturno. Las chimeneas mostraban, sin lugar a dudas, la febril actividad que las lareiras y las cocinas de carbón mantenían en aquella suculenta preparación. Milo y los demás niños pensaban en la noche que les esperaba ya que, en tan señalada fecha, podrían acostarse mucho más tarde que de costumbre pero sobre todo, después de haber degustado las lambonadas propias de aquellas navidades y entre ellos se repetían una y otra vez

-¡Esta nocheeeeee…! – marcando círculos continuos con la palma de la mano sobre sus barrigas y relamiéndose ya de gusto con la lengua  el labio superior.

Milo sabía que cuando empezara la fiesta le pondrían delante un buen plato de bacalao con patatas cocidas acompañadas por coliflor y también que no tenía otro remedio que comer el contenido sobre todo porque respondía a una sagrada tradición familiar que no debería ser alterada. Su mente, en cambio estaba puesta en lo que vendría detrás que era a su juicio lo que realmente daba sentido a la gastronomía de aquella noche mágica. Y en efecto, su madre, retirados los platos del bacalao, extendía otros con nueces, uvas, pasas, piñones y peladillas a los que no se les podía tocar en tanto no se hubiera comido el melocotón en almíbar que también era pura tradición.

Mientras tanto el padre de Milo se disponía a hacer el reparto de los turrones y aparecían dos tabletas, una del  duro y otra del blando. En casa de Milo eran seis personas a la mesa y el hombre trazaba con un cuchillo las rectas señales que indicaban con claridad otras tantas raciones iguales. El turrón blando se cortaba con toda facilidad pero para el caso del duro no quedaba otra que utilizar el mazo de madera que se golpeaba sobre el lomo del cuchillo cuya hoja seccionaba la tableta en las seis tiras. Aquel era el momento álgido para Milo que veía ante sí sus dos trozos de sendos turrones, sabiendo que no habría otros tales hasta la Nochevieja, y se disponía a darse el festín aunque siempre acababa dejando la mitad de cada uno para comerlo al día siguiente tras guardarlo celosamente en lugar secreto de la cocina.

Aquella mágica noche las calles estaban absolutamente desiertas. Nadie salía de sus casas, durante o tras la celebración gastronómica, salvo aquellos que  a la hora señalada las cruzaban para acudir a la iglesia donde se celebraba la Misa del Gallo. Algunos años, ya avanzada la madrugada, se oía el canto de villancicos interpretados por personas de la comunidad evangélica que tenían por costumbre  salir en grupo por distintas calles del pueblo con esa intención. A Milo le sonaba a gloría aquel coro y, asomado a la ventana por detrás de la persiana y procurando no ser visto desde fuera, comprobaba como aquellas personas de religión protestante eran iguales que los demás con lo que no acababa de entender aquel tácito rechazo a todo lo que fuese relacionarse con ellos. Los villancicos de los protestantes eran también iguales o parecidos a los que él cantaba en la parroquia y su escucha le llenaban  de paz en noche tan señalada.

Aquella mágica noche a Milo se le permitía la licencia de tomar una copita de anís tras lo cual el chaval se notaba flotando en otro nivel. Algunas veces aparecía la botella de la sidra con un gaitero dibujado en su etiqueta y Milo también probaba de su espumoso contenido que, según decía la abuela, era más sano que el champán. Avanzada la noche, el niño no podía con los párpados de sus ojos y tomaba el rumbo de la cama donde quedaba profundamente dormido hasta la mañana siguiente en que, ya vestido con las mejores galas, acudía a la misa en la Iglesia Vieja oficiada por Don José, el cura párroco, que no desaprovechaba el momento de su cruzada contra los pañuelos en la cabeza que llevaban algunas mujeres que se habían olvidado del obligatorio velo; contra las que entraban al templo sin medias y sin olvidarse de recriminar a  la mayoría por no haber acudido a la Misa del Gallo la noche anterior. Don José hacía sonar el trueno de su voz desde el púlpito ubicado en medio del templo y a Milo se le antojaba eterno su discurso y la ceremonia por lo que desviaba su atención hacia los dos trozos de turrón guardados de la  noche anterior, que le esperaban en casa.

Tras aquellas dos primeras jornadas festivas, unos días de casi total libertad, casi siempre tenía que escuchar las recomendaciones, a veces hechas órdenes, en forma de pregunta

  • Milo, ¿no tienes nada que estudiar para el colegio?

que le obligaban en alguna ocasión a coger un libro y sentarse en la mesa de la sala para aparentar interés por el estudio  durante unos minutos desapareciendo del lugar en cuanto la vista de su madre se despistaba pues, de lo contrario, nada más moverse podía escuchar

  • Milo, ¿ya acabaste de estudiar en tan poco tiempo?

a lo que el chaval respondía con un farfullamiento vocal difícil de entender pero que dejaba bien a las claras que terminara o no, su intención era regresar a la calle donde le esperaba la libertad total propia de las vacaciones navideñas.

Terminada aquella semana se repetía prácticamente con el mismo guión la fiesta en Nochevieja, con otra cena familiar hasta altas horas de la madrugada. Sólo cambiaba el menú ya que en lugar del bacalao con coliflor en los platos solía haber otro distinto aunque la abuela, fiel a la costumbre, sí repetía la misma caldeirada de la Nochebuena, y que la calle se llenaba de ruido con quienes acostumbraban a salir para desearse mutuamente un año feliz  o para asistir a los bailes que las sociedades organizaban con tal motivo. A Milo, en realidad, tras la copita de anís y los excesos gastronómicos de la noche, sólo le interesaba colarse entre las sábanas blancas de su sillón-cama y dormir profundamente hasta la mañana en que, de nuevo, tendría que ir a la Misa donde Don José volvería a repetir más o menos las mismas sentencias y quejas de siempre.

 

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