Carriola.Julio Santos Pena.06.01.22
Han pasado cuarenta y cuatro años y aún me acuerdo de aquel día, mejor dicho, aquella noche. en que no era yo: me había convertido en el Rey Melchor y flotaba en el mar de la ilusión infantil de todo el pueblo.
No recuerdo por qué razón, los verdaderos Reyes Magos avisaron de que les era imposible llegar a tiempo a Marín para participar en su propia cabalgata y las autoridades de aquel momento pensaron que no podían quedar los niños de Marín sin ver a SS.MM. por nuestras calles e idearon la forma de solucionar el asunto. Una llamada a los Magos no sé por qué sistema porque teléfonos no había ni fijos, casi, y ellos dieron permiso para solucionar de la mejor forma el caso.
Y ahí me vi en la Escuela Naval Militar, vestido con regios ropajes y embarcando en una lancha en el muelle de Torpedos tras saludar efusivamente y con todo rigor al Comandante de la Academia. El barco hizo la travesía entre muelles y en un pis-pás, como corresponde a la magia real, nos vimos los tres sustitutos en el Muelle Comercial antiguo donde una ingente cantidad de niños, niñas y mayores se habían concentrado para recibirnos. Fue la primera de las emociones que sentimos al vernos de aquella manera agasajados con tanta sonrisa infantil y tantos ojos como platos y sin exagerar ni un ápice.
Y llegó la hora de la verdad. A pie de barco nos esperaban tres impresionantes caballos desde cuya elevada grupa los niños se veían aún más pequeños. Me ayudó un buen hombre a subir a semejante atalaya móvil y, lo que en un principio me pareció estupendo, pronto empezó a preocuparme porque el corcel no parecía muy contento con su cometido real. Pero, finalmente, se tranquilizó el animal mientras el hombrecillo vestido de paje real me miraba desde la profundidad del suelo para decirme continuamente: ¡Tranquilo jefe!, sujetando al bicho por el bozal.
Y comenzó la comitiva, en realidad la última cabalgata que se hizo con los Reyes Magos a caballo por nuestras calles. Recuerdo como si hubiera sido ayer que sentía una sensación que aún hoy creo inexplicable saludando a los cientos de niños y niñas que, apostados a ambas márgenes de las calles, reían, lloraban, se pasmaban, saludaban... Mirara para donde mirara sentía a cada paso esa sensación verdaderamente mágica.
Recuerdo que mi compañero Baltasar que iba unos treinta metros más atrás era un amigo teñido de negro, por eso los vasos con vino, cerveza o leche que dejan los niños en las ventanas, aparecen siempre con una señal negra de haber bebido el Rey Baltasar. Pues nuestro Baltasar llevaba detrás la banda de cornetas y tambores de la Escuela Naval Militar, que de aquella era un “cacho banda”, y su caballo se encrespaba cada vez que entraban los redobles de tambor o los cornetazos a los que no estaba acostumbrado. Baltasar se vio varias veces en peligro de venirse abajo desde aquella altura pero tenía bajo él a otro hombrecillo vestido de paje negro que le decía “Tranquilo, Jefe”. A Gaspar que iba en el medio le tocó un corcel muy sereno que no le dio susto alguno y el hombrecillo que llevaba con él no le decía nada.
Tras salir del muelle, enfilamos la calle de la alameda, subimos por la Real y, tras andar unos metros de Calvo Sotelo, bajamos por Jaime Janer hasta la Plaza de España donde estaba el “Belén” ante cuyo Niño nos postramos con todo respeto. Y fue precisamente en la Plaza de España el momento álgido de aquella jornada porque los cientos de niños se multiplicaron por no sé cuantos y, animados por sus mamás y papás, nos rodeaban pidiendo un saludo directo. Y si las caras de los niños desde el alto del caballo me impresionaban por su emoción, así de cerca me parecía algo sublime, y me sentí Melchor de verdad acariciando sus caritas y recibiendo sus sonrisas aunque alguno, seguramente por la misma emoción, no se atrevían a acercarse demasiado.
Nunca pensé que convertirse en Melchor por unas horas me impactaría para el resto de mi vida. Es cierto que, entonces, los Reyes Magos no andaban por la calle durante el día ni desde una semana antes, algunas veces, vestidos fachosamente. La emoción de su presencia estaba ligada a la noche, al ratito entre el muelle y la Plaza de España tras recorrer las calles. Por eso los niños y las niñas se concentraban y se quedaban sin respiración al paso de los caballos sobre los que iban Melchor, Gaspar y Baltasar, seguramente haciendo equilibrios (¡a mí me lo van a decir!) acompañados por los hombrecillos vestidos de pajes que les decían: “Tranquilo, Jefe”.
¡Qué recuerdos!. Cada cinco de enero me vuelvo a sentir Melchor.¡Y mira que ya llovió desde aquella!.