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De mi libro Historias de Milo. La Bicicleta

Carriola. Julio Santos Pena. 03.03.22

Ayer leí en un periódico cercano que en una villa también del entorno provincial alguien ha abierto un negocio de alquiler de bicicletas. Y se me vino al recuerdo el taller de Rosales, que se ubicaba al lado del Bar Lelé, en la Plaza de España, donde allá por los años 50 te arreglaban cualquier cosa y podías alquilar aquellas bicicletas que pendían de la rueda delantera esperando su momento. Y he rescatado una parte del capítulo 16 de mi libro “La Bicicleta” en la que recuerdo con especial afecto al señor Rosales y a su ayudante, Agustín, que bregaba con nosotros y nos ponía la bici en la calle por dos reales la media hora. Seguramente a muchos que lean este relato les vendrán los buenos recuerdos de aquel inolvidable tiempo. Pues eso es lo que yo quiero

La pasión por la bicicleta se había encarnado ya en el alma misma de Milo que aspiraba a poder  romper los límites de la plaza del Reloj y viajar sobre las dos ruedas por las calles del pueblo e incluso más allá de ellas. Pero sabía que aquello era una mera ilusión porque ni el Tío le consentiría explorar nuevos territorios sobre “La Rusa” ni tampoco sus piernas llegarían en mucho tiempo a los pedales debidamente sentado en el sillín superior. Milo comprendía que llevando la bicicleta en aquella posición que se había inventado no era ni bueno ni seguro y nunca se atrevió a romper las barreras de la permisividad y la confianza que el Tío había puesto en él saliendo de aquella tranquila plaza.

Portada de Historias de Milo

 

Una tarde, su amigo Paquito apareció en la calle con una bicicleta. Todos los niños le rodearon para ver de cerca aquel “Ferrari” y envidiar a Paquito que hacía sonar, el timbre del manillar para llamar todavía más la atención. Paquito era la admiración de todos y tras lucir su ocasional propiedad, salió disparado calle abajo mientras los demás le vieron alejarse con envidia. Poco tiempo después Paquito volvió a la calle a pie con una sonrisa de oreja a oreja que reflejaba el resto de la felicidad que le había embargado una hora antes.

  • ¿Y la bici? – le preguntaron casi todos ante la nueva imagen del Paquito a pie, distinta de un cuarto de hora antes
  • La llevé a la de Rosales. Era alquilada – respondió el andaluz que añadió: Media hora dos reales y una hora una peseta. Rosales tiene muchas bicicletas que alquila- sentenció.

Paquito no pudo imaginar  que, en aquel momento, se había convertido para los demás niños de la calle en la luz que en los TBOs aparecía en las cabezas de los personajes cuando tenían una buena idea. Milo y los demás no tardaron en acercarse al taller de Rosales ubicado en la Plaza de España para ver aquel maravilloso espectáculo de las bicicletas colgadas en paralelo por la rueda delantera en los ganchos ubicados cerca del techo. Había bicicletas de todos los colores y  tamaños; de hombre y de mujer, con la diferencia entre ellas de que, las segundas, no tenían barra superior en el cuadro. Milo se fijó en una de ellas de color azul y se prometió que en los primeros dos reales que pudiera conseguir de algún modo, serían para alquilarla por una intensa media hora aunque su mayor preocupación era saber cuándo acabaría el tiempo asignado porque tampoco tenía reloj.

Aquella noche soñó con la bicicleta azul y se vio recorriendo el mundo entero durante media hora y, por lo menos, dueño y señor del paisaje y de la mayor emoción que podría haber sentido nunca. Durante varios días visitó la exposición de bicicletas en la entrada del taller de Rosales y contemplaba pasmado su elegida,  azul con sus ruedas y sus frenos niquelados y brillantes y un timbre colocado en el manillar con el que asombrar al mundo que le viera circular sobre ella. Milo pensó si el amor de las parejas humanas se podría asemejar a aquel flechazo que él sentía por la bicicleta azul que, colgada en su gancho, parecía sonreirle cada vez que se le aproximaba el chaval.

Por fin el sueño se hizo realidad. Paquito y Milo regresaban a casa tras participar en un entierro como monaguillos, y el sacristán de la parroquia les había dado dos pesetas a cada uno, como era habitual. Fue Paquito quien tuvo la idea de alquilar una bicicleta con parte de aquel estipendio económico y a Milo se le aceleró el corazón al recordar de repente a su nuevo “amor” pues no se le había ocurrido a él la idea y, durante los días precedentes, su mente había dejado de pensar en “su” bici.

  • Podemos alquilar dos por media hora - dijo Paquito – y nos vamos a dar una vuelta juntos

Milo no supo qué contestar, tal era la emoción que le embargaba, pero asintió con la cabeza y ambos, como dos resortes acompasados, se giraron hacia el taller de Rosales colocándose delante de las bicicletas que seguían allí, esperando que alguien como ellos las sacasen de paseo.

  • Señor Rosales, venimos a alquilar dos bicicletas – gritó Paquito para llamar la atención del propietario del taller que se encontraba al fondo enfrascado en la reparación de una engrasada pieza metálica.

El señor Rosales echó una mirada por encima de la montura de sus gafas y dijo dirigiéndose a su operario

  • A ver, “Ajustín”atende a eses rapases

Agustín, el operario del taller,  se acercó a la puerta y escuchó la petición de ambos

  • Queremos dos bicicletas para media hora – empezó Paquito ya veterano y conocido en aquel establecimiento mientras enseñaba el dinero que había cobrado por el entierro de aquella tarde

Agustín fue directamente a la máquina que Paquito acostumbraba a llevar y la depositó sobre el suelo e, inmediatamente, no sin antes echar una interrogante mirada a Milo que debió parecerle demasiado pequeño para aquella aventura, puso su mano sobre otra roja. Antes de que la descolgara, el niño lo alertó:

  • ¡No, esa no!; quiero la azul – a la vez que indicaba con el dedo la bici de sus amores.

El operario liberó la bicicleta azul y se la puso en la mano a Milo después de que el chaval, como había hecho Paquito poco antes, le entregase los dos reales de la media hora. Milo acusó el temblor que recorrió todo su cuerpo cuando agarró el manillar  y Agustín, el empleado,  se percató del nerviosismo del chico al que antes de que saliera del taller le preguntó:

  • Oes chaval,¿ti sabes andar na bicicleta?
  • ¡Claro! - respondieron Milo y Paquito al unísono saliendo de allí antes de que se volviera a poner en duda la capacidad del primero.

Ya en la calle Milo observó de cerca “su” bicicleta azul de mujer. Era justamente lo que necesitaba porque no tenía la incómoda barra al contrario que  “la Rusa” de su Tío. Puso su pie derecho sobre el pedal y el aparato obedeció a su fuerte empujón poniéndose en marcha lo que posibilitó que el otro pie ocupara su sitio en el pedal izquierdo. Milo se sintió importante sobre su bicicleta azul y, aunque comprobó que tampoco en ella podía sentarse porque  el sillín quedaba muy alto para su estatura, entendió que el manejo era mucho más sencillo que el de la de “la  Rusa” y tras una cierta vacilación inicial tomó el mando seguro para ir tras su amigo Paquito que, ya desde lejos, le hacía señas llamando su atención.

Las calles tranquilas del pueblo fueron recorridas una a una en aquella mágica tarde en que Milo disfrutó por primera vez en su vida de una bicicleta casi acorde con su estatura y, precedido durante todo el tiempo por Paquito que, consciente de la bisoñez de su compañero de viaje, no le dejó ni un momento, paseó su orgullo por  todo el pueblo mientras tenía la sensación de que todos le veían pasar y le admiraban. Paquito controlaba el tiempo y la distancia para no llegar tarde a la entrega de las bicicletas y, cuando llegó el momento, puso rumbo al taller al que arribaron justamente al cumplirse los 30 minutos contratados.

  • Hay que ser puntuales -  decía el andaluz – porque, si no, no nos las vuelven a alquilar.

Milo vió como Agustín, el operario del taller, hacía un rápido examen a la bici azul de sus amores temeroso de que hubiera sufrido algún desperfecto a manos del nervioso niño y, comprobado el perfecto estado de la misma procedió a elevar su rueda delantera para colgarla de nuevo en su gancho. El chaval suspiró y tras quedar unos segundos mirando a su compañera de viaje le prometió fervientemente con su pensamiento volver lo antes posible a repetir la experiencia.

Fueron varias las veces que Milo empleó sus monedas en el alquiler de la bicicleta azul y cada vez ampliaba el radio de sus excursiones. Llegó incluso a sentarse en el sillín porque uno de los días le pidió a Agustín, el operario del taller de Rosales con el que ya había cogido confianza, que rebajara su altura y la simbiosis entre él y la bici fue, a partir de entonces, perfecta.

Una tarde, el tío de Milo  llegó a su casa y, como siempre apoyó a “la Rusa” en la fachada. Milo se acercó para saludarle con el beso acostumbrado y el tío lo cogió de la mano y, sin darle más explicaciones, lo arrastró cariñosamente calle arriba. Milo le siguió sin conocer sus verdaderas intenciones. Llegaron a una tienda de la Calle Real y el tío lo invitó a entrar en ella. Milo lo hizo sin saber lo que le esperaba y se encontró súbitamente ante una hilera de nuevas y brillantes bicicletas de todos tipos y colores. El Tío le preguntó sin más

  • ¿Cuál te gusta? – mientras observaba la cara de incredulidad del niño que empezaba a percatarse de que su tío, una vez más, iba a cumplirle el sueño de su vida

El dueño de la tienda se acercó y el chaval se dio cuenta de que ya sabía la razón de su presencia seguramente porque el Tío había estado previamente allí y echando un rápido vistazo a la estatura de Milo se adelantó a la respuesta del niño echando la vista a una bicicleta azul sin barra en el cuadro prácticamente igual que la que Milo alquilaba en el taller de Rosales pero que brillaba de un modo especial y lucía una redecilla de colores a ambos lados de la rueda trasera. Aquel hombre les aconsejó que era la ideal para Milo y el Tío asintió por lo que, sin más, echó una mano al manillar y otra al sillín levantándola  con gran facilidad hasta depositarla en la misma calle.

  • Súbete, es para ti - dijo al niño cuyo corazón estaba por saltar del pecho y no le permitió articular palabra.- Vete a dar una vuelta con cuidado y llévala para casa, anda- le animó.

Milo creyó verse en todo el Paraíso y no sabía muy bien si estaba realmente despierto. Su Tío lo empujó cordialmente hacia la bicicleta que ya le esperaba y el niño dio la primera pedalada calle arriba, iniciando el que sería el viaje inaugural hacia una nueva vida. Su tío le vio alejarse, dar vuelta y retomar el camino de la Mouta y lo saludó  a su paso con una gran sonrisa moviendo su mano derecha.

  • No sueltes las manos del manillar - le gritó mientras sonreía, y se introdujo en la tienda.

Milo desapareció en la lejanía radiante de felicidad y agradecimiento al  Tío. La vida también le sonreía como nunca.

 

 

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