Carriola.Julio Santos Pena.14.04.22
Veníamos de una cuaresma drástica. Don José Sáez Pichel el párroco que nos bautizó y nos vio marchar a la mili, no se cansaba de avisar aquello de que los viernes no se podía comer carne ni nada que se le pareciera so pena de verse involucrado en el peor de los pecados si es que había pecados más grandes que “los de siempre”.
Al día siguiente del miércoles de ceniza, por arte de magia, aparecían en la iglesia vieja que era el templo que teníamos, todos los santos y crucifijos envueltos en telas moradas o negras. Confieso que, siendo un niño tengo pensado muchas veces que tendrían un agujerito por donde “axexar” a los que estábamos en los bancos el día del catecismo para decirle a Don José quien se portaba regular. La verdad es que pasada una semana ya no nos fijábamos en la ocultación de Vírgenes y Santos porque había que atender a la formación catequética que nos daban algunos mayores, hombres y mujeres, bajo la atenta mirada del cura.
Días atrás del Miércoles de Ceniza ya habíamos estado en la cola interminable de las bulas. Seguramente quien esté leyendo esto, si no es de aquel tiempo, ni sabe lo que son las “bulas”, ni se podrán creer su utilidad, pero todo se arregla recordando cómo aquella prohibición de comer carne en cuaresma se podría soslayar comprando unos documentos que venían en papeles enormes en los que, previo pago de una cantidad, no mucha, la verdad, se eximía de esa prohibición al apoquinante. A mí, que era el más pequeño de la casa, siempre me tocaba ir con las monedas y lista de los convivientes que éramos seis, cuatro adultos y dos infantes, y ponerme a la cola que partía desde el despacho del párroco y acababa varios hectómetros ya fuera, en la calle, cola a la que llegabas como último y, al rato, tenías detrás una fila considerable. Y Don José extendía con nombres y apellidos los datos sobre aquellas sábanas de papel con lo que, los beneficiarios ya podían olvidarse de no echar unto a la olla.
E iba transcurriendo la Cuaresma, casi desapercibida para los niños de entonces, hasta que llegaba la Semana Santa. Zapatos nuevos que hacían rozaduras por detrás hasta que reblandecían con el uso. Trajecitos impolutos que había que probarse en la modista dos semanas antes, y salida radiante el Domingo de Ramos portando el ramo, ¡qué ramo!, que la abuela había confeccionado con arreglo a los cánones establecidos atando fuertemente las ramitas de varias plantas obligatorias, a un palo que llevabas para alzarlo en la iglesia vieja cuando el cura avisara que iba a rociarnos con agua bendita. Las palmas también, pero eso era para los más ricos que presumían con ellas, algunas confeccionadas con ribetes y entrelazados increíbles. A mí, a los niños, nos gustaba más el ramo; las palmas eran cosa más de niñas. Palmas y ramos se ataban, ya por la tarde a los balcones, justamente donde ahora se ponen los papanoeles de tres en tres subiendo en la navidad. Casa bendecida.
Del domingo al jueves, tranquilidad absoluta. Los niños de mi zona jugábamos en la calle, Era nuestro mejor juguete, bendita calle que nos enseñó a socializarnos, a hacer amigos (y enemigos también); a ser libres por el entorno sin temores y solo con la advertencia que te hacían en casa de que, a tal hora, tenías que volver al nido porque había que hacer los deberes con que a los cenizos profesores se les había antojado atormentarnos las vacaciones. Malditos deberes que al final se hacían el lunes de pascua “a correr con toda”, como decíamos, para salir del paso.
Y llegaba el Jueves Santo. La primera cita estaba a mediodía cuando los marineros de la Escuela Naval trasladaban el paso de la Oración en el Huerto, una formidable talla múltiple que ahora se guarda en el Nuevo Templo que es muy grande pero, cuando lo donaron, seguramente que no se dieron cuenta de que sería imposible subirlo a la iglesia vieja porque, por un lado, ocuparía la mitad del aforo y, por otro, se necesitaría una grúa para subirlo ya que hay unas cuantas escaleras de diferencia de nivel con la calle. Y ya veníamos detrás de aquel paso en una “procesión civil” porque los niños, desde la Curva del Bicho íbamos detrás de aquella formidable imagen repitiendo cada año el compromiso de la escolta lúdica que nos imponíamos sin querer. Eso sí, nunca supimos como volvía el paso a la Escuela Naval, seguramente porque ya quedamos saturados de procesión civil.
Por la tarde, como ahora, aunque se llaman de otro modo, los Santos Oficios. La Iglesia Vieja se llenaba a rebosar. Si habías tenido la idea de meterte en las primeras filas ya debías resignarte a no poder salir porque era tal en abarrote que no había ninguna posibilidad de ir contracorriente. Y empezaba la ceremonia, cada año igual, con la solemnidad de las vestimentas, el incienso y la voz de Fray José, “Chiripote”, aquel orondo personaje que se había formado en un convento pero, habiendo salido de él, sin ser cura, mantenía su sotana, su sombrero alado y un bastón con el que examinaba a las chicas si entraban a la iglesia con medias, como mandaba la decencia. Fray José era la voz prodigiosa del drama. Lo cantaba todo con aquella profunda garganta y entre su envolvente voz y el olor a incienso que se había acumulado en el templo, iba transcurriendo la dramática ceremonia del Prendimiento de Jesús, contada por enésima vez aquella semana. Confieso que a mí se me iba enseguida le mente a los paños violetas tras los que se escondían los Santos y las Vírgenes y muchas veces pensaba si estarían “axexando” por el agujerito o si, aburridos del encierro de 40 días, se habían echado a dormir a la espera de su próxima liberación. Cosas de niños.
Y se acababa la ceremonia. “A las siete la procesión”, habían anunciado y, a las siete, como clavos, cientos de fieles apostados alrededor del templo para acompañar al paso de la Oración del Huerto que cumplía su misión anual de aquel elegante modo, y a la Virgen de los Dolores, portada a hombros, como era tradición, mientras por el medio iban estandartes, cirios y velas que compartían desfile con las velas que la gente portaba en dos grandes filas, peleando para que no se apagaran con la nortada que casi siempre hacía, y cuidando de que no prendiera el fuego en el cartucho de papel que formaban alrededor de la llama precisamente para protegerla del viento. Recuerdo a la Banda de Música Municipal, mientras la hubo; a las autoridades tras el cura que iba precedido de la imagen de la Virgen y a todos los Guardias Municipales, con el jefe Andión delante, formados, marciales y elegantes luciendo palmito. Todos, sin excepción, antesala del día siguiente, aun más solemne, porque de aquella, ni había coches en las calles que interrumpieran la comitiva, ni ladrones que se atrevieran a profanar el Jueves Santo. A todo esto, el día era festivo al 50%, es decir, por la tarde, porque el alcalde había dictado un bando que, el último pregonero de la historia, Paco “Poquitacosa”, el municipal encargado de pregonar las novedades acompañado de “Madrí” y su tambor, había leído por todas las plazas y calles de la zona conminando a cerrar tiendas y empresas del mediodía en adelante.
Recogida la procesión de la Oración en el Huerto, la cita era para la medianoche porque saldría la imagen del Nazareno, portada a hombros por jóvenes, muchos de ellos de la Escuela Naval, acompañado a distancia por la imagen de la Virgen Dolorosa. Y vuelta a concentrarse en torno al templo para ver salir la procesión “Dos Caladiños”. Os caladiños éramos todos, mayores y pequeños, porque había una tácita orden de no hablar ni hacer ruido durante la comitiva. Solo se oían las cornetas y tambores de la banda de la Escuela Naval que daban un recital de perfección durante el recorrido. El encargado del alumbrado municipal, el Señor Camilo con su ayudante, señor Puente, empleados de FENOSA, iban delante de la comitiva apagando el alumbrado y la procesión se iba colando en las tinieblas de la noche para darle más profundidad al sentimiento.
Y estábamos en la calle mayores y pequeños. Era la única noche del año que podías estar en la calle hasta ¡Dios mío!, por lo menos las dos de la mañana. Tus padres estaban en la procesión y aunque al principio ibas de la mano de mamá, en medio del camino te habías escaqueado para correr de un lado a otro en las tinieblas de la noche. Ya sé que algunos no me lo creeréis porque ahora se sale todos los fines de semana de casa a esa hora, pero es lo que había entonces.
Y terminaba la Procesión. El Santísimo quedaba expuesto en el templo para ser visitado durante la mañana del viernes... Pero el Viernes Santo tiene otra historia. Mañana os la cuento si seguís mi Carriola.