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Lo increíble es la solidaridad de la gente

Carriola.J.S.P.22.12.22

Llevamos arrastrando crisis desde hace muchos años. Es una evidencia que, a la sociedad actual, se le ha venido abajo el entarimado de ilusiones o, por lo menos, la gente se ha visto en la obligación ineludible de cambiar sus planes de vida por pura incertidumbre. Quienes tenemos un pie en el siglo pasado recordamos con claridad otra situación. La verdad es que las abuelas siempre se echaban las manos a la cabeza y decían que la vida estaba carísima y que así no íbamos a ninguna parte, pero nuestra juventud nos permitió construir familias con cierta facilidad; hacernos con una vivienda digna; comprar uno coche que se convirtió en una herramienta necesaria y comprobar los avances técnicos que partieron de tener un aparato de radio primitivo, allá por los años cincuenta, que se fue convirtiendo con el paso de los años en la televisión que veíamos en el escaparate de las tiendas de electrodomésticos en oscilante blanco y negro, para ir pasando por las maravillas posteriores en los propios domicilios con aquellas “teles” cuyo “culo” no cabía en ningún sitio para llegar a lo que ahora tenemos en los domicilios, motivos principales de la ruina de las salas de cine. La mayoría fundaba una familia entre los 20 y los 25 años y arrancaba la vida en común con dificultades que a las que se sobreponía uno con esfuerzo pero con alegría de poder tener hijos sin más agobios que los de, justamente, ser padres y madres.

Y cuando pensábamos que la siguiente generación lo pasaría mejor, estamos viendo que no es así y no hace falta más que comparar, aún a pesar de la apariencia de abundancia que oculta tremendos dramas en muchos hogares cuando no pura miseria que hace infelices a las personas que tiemblan, si no con las decisiones de los que gobiernan, sí con el exprimidor de impuestos y precios al consumo que para muchos, digo para muchos y no me engaño, se hace cada vez más insoportable.

Hoy, más que nunca, son necesarias organizaciones de ayuda. Muchas personas han puesto al servicio de los demás su colaboración, en muchos casos empleando las horas libres de la jubilación en tratar de colaborar en las soluciones que se pueden ofrecer para aminorar en lo posible situaciones económica y alimentariamente existentes.

Y en eso está lo increíble. Quienes de una u otra manera, más o menos involucrados en esta tarea, comprobamos día por día que el valor humano de la gente es el mayor tesoro que poseemos. Ya pueden caer chuzos de punta en las economías familiares pero el espíritu solidario de la gente común se mantiene muy vivo. Recogidas de alimentos en los supermercados, en los colegios, en las parroquias y en las propias sedes de las asociaciones de ayuda son el capital humano que acompaña a los voluntarios de las mismas que durante el año, son muchas las veces que sienten la amenaza de la impotencia para atender las demandas pero que, en cada una de esas ocasiones, comprueban cómo el pueblo, la gente del pueblo no tiene duda en mostrar su lado solidario, en querer ayudar y, en efecto, conseguir superar muchos momentos de dificultad con mucho o con poco, que también es mucho. Y eso que siempre hay detractores del trabajo solidario que, acaso buscando su propia justificación, procuran barrenar lo que pueden la labor de los colectivos con pocos fundamentos.

El día a día viene demostrando que el pueblo, la gente, mira por su pueblo y mira por su gente, alejados de los espectáculos que dan los políticos que deberían ser los que velaran por la dignidad de una sociedad que les sufre en silencio.

Decididamente, lo increíble, por fortuna, es el espíritu solidario que hay en nuestra gente.

 

roslev