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El Mago de las Sonrisas

Carriola.Begoña Gil (*).24.12.22

Hace unos días publicábamos en esta página el artículo  “Ortodoncia invisible: Colmillo acostado” que una paciente quiso dedicarle al odontólogo marinense Andrés Antelo Añón tras la recuperación de su total estética en la dentadura tras décadas de padecer un defecto que le afectó toda su vida. Y a raíz de aquel escrito, nos llega, desde Salceda de Caselas, otro, esta vez de una paciente escritora, Begoña Gil, en parecido sentido a la anterior. Gil titula su artículo para Carriola como

El Mago de las Sonrisas

La muchacha lo vio pasar rodeado, como siempre, por las chicas más populares del instituto. Todos reían a grandes carcajadas y ni siquiera se pararon a saludarla. ¿Cómo fijarse en ella, una chica del montón, sin grandes atractivos y, para colmo, con los dientes torcidos y desordenados? No. Él nunca se fijaría en ella. Y sin embargo ella solo se fijaba en él.

El parque Eguren reventaba de primavera. Los árboles brillaban en mil tonos verdes y olía a jazmín y a azahar. Pero ella estaba triste. Ese curso sería el último del instituto y quizá no lo viera más. Cada uno se iría por su lado, a sus cosas, a sus problemas, a sus alegrías. Y a ella le gustaría abordarlo un día y decirle todo lo que sentía. Lo importante que era. Lo mucho que le gustaría simplemente pasear por la playa con él, y que él la mirara. Igual que miraba a las otras chicas. Pero eso era imposible. Sus malditos dientes no le permitían siquiera sonreír. Hablaba con los labios muy juntos para que nadie se diera cuenta de que los tenía amontonados y desiguales.

Se levantó con pereza del banco en el que había estado sentada. Le hacía falta una libreta y vio que había una papelería en la acera de enfrente. Cruzó la calle y, de repente, se fijó en un letrero; “Clínica Doctor Antelo. Odontoloxía”. Se paró de golpe y, sin pensarlo mucho, buscó el timbre y lo pulsó. Nadie le preguntó nada, solo escuchó el zumbido de la puerta lista para abrirse. Subió por las escaleras hasta el primer piso y justo en la entrada se cruzó con una señora muy elegante, que la saludó con una inmensa sonrisa. Buenos días.

La chica entró y sintió algo de vergüenza. No sabía muy bien por qué estaba allí. Detrás de un pequeño mostrador había dos mujeres con batas y mascarillas. Una de ellas, la más rubia, sonreía con los ojos.

—¿En qué podemos ayudarte?

Le costó hablar.

—Bueno, verás, el caso es que yo quería arreglarme los dientes, pero no sé si estos dientes tienen remedio… pero solo quería saber… casi mejor ya me voy y vuelvo otro día, ¿Vale?

Se dio media vuelta y se encaminó hacia la puerta. Por el pasillo en dirección contraria venía un hombre menudo, con gorro y mascarilla. Solo dejaba ver sus ojos profundamente dulces.

—¿A dónde vas con tanta prisa? ¿No quieres hablar conmigo?

La chica enrojeció hasta la raíz del pelo.

— Es que no sé por qué he entrado. El caso es que me gustaría tener unos dientes preciosos y poder sonreír todo el tiempo, pero no sé si eso es posible. Y tampoco quiero llevar esos hierros horrorosos que te molestan todo el tiempo…

El hombre la interrumpió poniéndole una mano en su hombro.

—Vamos a hacer una cosa. Yo te veo y te digo que es lo que podemos hacer. ¿Te parece?

La chica titubeó un momento.

—¿Y tú quién eres?

—Yo soy Andrés, el mago de las sonrisas.

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Había pasado un año entero y la chica estaba sentada en el mismo banco del parque Eguren. Acababa de salir de la clínica donde efectivamente habían hecho magia. Primero le habían hecho un escáner 3D y un diseño específico para sus dientes. Le había parecido increíble ver el resultado anticipado en un video que le mostraba todos los movimientos que se iban a producir. Pero lo mejor de todo es que nadie, excepto ella, se había dado cuenta de que llevaba su ortodoncia invisible. Poco a poco, mes a mes, sus piezas dentales se fueron colocando en su lugar, ordenadamente, sin prisas, pero sin pausas, bajo la experta batuta de Andrés, el mago, que conducía todo el proceso con una facilidad asombrosa, como si efectivamente, fuera un arte de magia.

Un grupo de chicas ruidosas se acercó a ella convocándola para ir a tomar algo. Negó con la cabeza. No podía. Había quedado. Las chicas se marcharon sin dejar de hablar a gritos. Ella se quedó sola de nuevo.

Y entonces apareció desde la otra esquina del parque. Iba hacia ella sin titubeos. La chica se levantó al verlo, el corazón un poco acelerado, el rubor tiñendo sus mejillas.

—¡Hola! —le dijo él sin dejar de mirarla.

— ¡Hola! — le contestó ella. Y una enorme sonrisa iluminó toda su cara.

(*) Begoña Gil es socióloga, trabajadora pública en Servicios Sociales, aunque confiesa que los que realmente le gusta es escribir y contar historias. Ha publicado un noir rural y dos novelas. Gusta de recopilar relatos cortos y va reuniendo los que ya tiene escritos de años anteriores que vieron la luz en publicaciones y periódicos como La Voz de Galicia en su día. Comfiesa que escarba en temáticas variadas pero asegura “Lo que más me gusta es atrapar al lector con relatos con gran dosis de ternura”

Carriola de Marín agradece a la escritora Begoña Gil González la remisión de este bonito escrito que no es sino un reconocimiento a un profesional como el doctor Antelo Añón.

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