Carriola.Julio Santos Pena 22.04.24.
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El Padre Simón Busnadiego nos comuncó esta tarde el fallecimiento del Hermano Arroyo a los ochenta y ocho años de edad que cumpliría el próximo domingo y su recuerdo se nos convierte en nostalgia de vida misma

El Hermano Arroyo fue todo un personaje entre bambalinas del Colegio San Narciso de Marín, toda una centenaria institución educativa por el que pasaron miles de niños y jóvenes de Marín y de localidades más o menos próximas habiendo desarrollado una intensa y amplia labor educativa a todos los niveles y, sobre todo, una función social de gran importancia porque, además de la preparación de los estudiantes de tantas y tantas promociones en el viejo colegio que se ubicaba en el actual Parque Eguren, fue la casa de familia de multitud de chicos cuyos padres, en los años difíciles, emigraban dejándolos al cuidado de la congregación de Paúles establecida en Marín. Del colegio, sus funciones y resultados podríamos hablar largo y tendido no en vano hemos formado parte del equipo docente en él durante cuatro décadas, además del tiempo en que fuimos también de su alumnado .
Pero el comentario de hoy va dirigido a recordar una figura entrañable de un personaje especial, un miembro de la congregación que tenía la sagrada función de dirigir la cocina del centro para preparar y cuidar la alimentación de internos y mediopensionistas que en algunas épocas podrían pasar de los setecientos diariamente.
No era otro que el “Hermano Arroyo”, Esteban Arroyo Cañada, extremeño de nacimiento que, tras ingresar en la Orden tal día como pasado mañana, 25 de abril de 1954, y recorrer hasta el año 1970 varios destinos en distintas comunidades de Paúles, recaló en Marín donde desarrolló su labor nada menos que cuarenta años, hasta que los Padres Paúles decidieron dejar el colegio en manos ajenas recluyéndose en otros destinos de la congregación por toda España.
El Hermano Arroyo está en el recuerdo de cientos de chicos hoy muchos de ellos abuelos, por la efectividad y generosidad de su trabajo. La cocina y la preparación de los alimentos para tan larguísima familia, eran el mérito de su vida porque, cuando las cosas se hacen con el corazón y entrega a los demás, se convierten en méritos de vida merecedores de agradecimiento. Siempre servicial, siempre amable, siempre sonriente y siempre dispuesto a ayudar tanto a la gente de su casa como a quienes éramos alumnos del colegio. Cuarenta años de coincidencia con él en mi etapa de docente en el San Narciso y puedo atestiguar que jamás le vi una mala cara y, ni siquiera levantar la voz por encima de nadie.
Era un forofo del Pontevedra C.F. del que no perdía un solo partido en Pasarón y cuyos resultados, buenos o malos, comentaba cada lunes con la pasión que cualquier pontevedrés pudiera tener por el color granate de la camiseta del equipo
Pasaron los años y con la marcha de la congregación de Marín, el Hermano Arroyo, como otros muchos de los componentes de aquella comunidad educativa del centro, se fue diluyendo en el recuerdo dispersos por la geografía española, desaparecidos algunos que también dejaron huella. Y ahora que nos asalta la mala noticia del fallecimiento del Hermano Arroyo, se nos agolpa la nostalgia de tiempos pasados y sé que muchos de quienes en algún momento tuvieron relación con el centro, tienen también presente la figura y la personalidad de Arroyo, un hombre humilde, servicial y amable; un hombre bueno que a estas alturas ya está en el lugar reservado para los mejores. Descansa en paz Hermano Arroyo. Siempre te recordaremos.