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Aquellas fiestas de La Patrona; pura nostalgia

Carriola.J.S.P.08.09.24.

julio@carriola.es.

Cuando llega un día tan señalado como el de hoy para el pueblo de Marín a muchos, al menos a mí, nos invade la nostalgia porque hemos vivido otro tiempo en que La Patrona era una de esas fechas en el año pura fiesta familiar y vecinal con el eterno problema de la inseguridad del tiempo climatológico por aquello inexorable de que “después de la Peregrina, el invierno encima” que, ya hoy, tampoco es lo que era.

Los tiempos han cambiado, es algo tan evidente que no tiene discusión, y uno recuerda los años de pobreza, allá por los cincuenta del pasado siglo, y a la vez de felicidad y tranquilidad, sin los agobios actuales. Por estos días ya estaban en Marín las “Poubanas”, dicho sea con todo el respeto para aquella colonia procedente de las tierras interiores de Galicia, que llegaban a Marín a principios de septiembre para darse los nueve baños de rigor en la playa de Portocelo ataviadas con sus enaguas a modo de bañador o , en muchos casos, acudiendo a la Casa de Baños, al lado mismo del Ayuntamiento para bañarse en las aguas que decían sanatorias de todos los males en aquellas bañeras de mármol. Todas ellas, porque la gran mayoría eran mujeres, acababan por la tarde en la escalinata de la Plaza del Reloj amparándose de la segura nortada que, si no llovía, era el tiempo que dominaba en aquellos precomienzo del otoño.

Y llegaban los tres días de la fiesta de la Patrona que todos esperábamos como otras fechas del año, acaso la Nochebuena o, por el medio del año, alguna primera comunión de un rapaz o rapaza de la familia. La comisión de fiestas, casi siempre cogida “a lazo” por el concello, se había deslomado durante días, acaso meses, para recaudar los fondos necesarios para organizar la fiesta con el “gaiteiro” en la plaza del reloj el primer día y algunas de aquellas orquestas, Florida, Chicos del Jazz, Poceiro, Satélites... lo mejorcito que había con músicos a los que se veía tocar música sin estridencias y sin “enlatar”, tras aquellos parapetos que ocultaban la mitad de sus cuerpos con el nombre del grupo por delante. Una orquesta en la Plaza de España y la otra al lado del palco de la música se turnaban siempre disputándose el triunfo de la noche esforzándose sus componentes, sus “números”, en animar al respetable que bailaba incansable en las plazas por parejas y bien agarrados, los que podían, porque los demás, de dos en dos, tenían que buscar a dos mozas que se empeñaban en bailar solas para acercarse y preguntarles; ¿Bailáis?, con la segura primera respuesta del “¡no!” que dejaba helado a uno aunque, al segundo o tercer intento, lo conseguías aunque fuera en los últimos compases de la pieza para volver de nuevo poco después a lo mismo.

Y no faltaban los conciertos de la Banda Municipal, con Landín Pazos al frente mientras quiso ser su director y con  otros maestros posteriores que se hicieron con la batuta y cada domingo, y mucho más el día de La Patrona, dirigían a sus músicos en el viejo palco de la alameda

Y las barracas, todas las tómbolas que cabían apretadas en la alameda, con la espalda pegada a la barandilla, cada una con su “speaker” lanzando proclamas y pareados a tutiplén para animar a la gente a jugarse los duros en aquellos sobres que, a veces, te daban opción al premio “¡Y otro más, Otro más!, repetía el del altavoz antes de darte el peluche o la tartera que te había tocado. Y las cadenas, los caballitos, la churrería Galiano, las barcas que se balanceaban, los aviones, los coches de choque de Camarero, el puesto de “El mejor regalo, regalito”... todo un parque temático que empezaba un par de días antes con el complicado montaje de las atracciones que no siempre era pacífico y en mi mente tengo aquella pelea entre dos mujeres, de las que venían todos los años, que se agarraron de los pelos por no sé qué metros de ocupación y fue muy difícil separarlas, tal era la rabia que tenían en la disputa a pesar de que eran, si no hermanas, por lo menos, primas de familia. Y el tren de la bruja, una novedad ya entrados los años sesenta o incluso principios de los setenta, que no cabía en ninguna parte y, ¡oh solución municipal!, para semejante desgracia, se cortaron dos árboles del parque infantil para hacerle sitio y asunto resuelto. Aquel año fue la mayor atracción de la feria el famoso tren de la bruja.

En la Iglesia Vieja se celebraba por todo lo alto y con gran devoción la fiesta religiosa de Santa María del Puerto, con la imagen antigua que salía en procesión a hombros de los hombres y con Don José Sáez Pichel, el inolvidable párroco de mi infancia, revestido y sonriente, pero siempre vigilante de que las mujeres llevasen medias y bien puesto el velo en la cabeza y no los “pañuelos de los mocos”, que decía reprochándolas. Y los hombres, sobre todo en el interior del templo fuesen bien vestidos por respeto a o que allí había, nada de manga corta, por ejemplo.

Y la fiesta en casa, en las casas ricas, que las había, y en las casas menos ricas, la mayoría, era uno de esos días en que, el mejor gallo del corral, pagaba las consecuencias con la perdida de su pescuezo y hecho cachitos en la fuente que florecía con grandes patatas fritas en medio de la mesa. Toda la familia alrededor y a veces con algún invitado venido de fuera, familiar o no, degustaban el sabor del pobre pollo y alguna otra vianda de aquellos tiempos. Y el copioso almuerzo finalizaba con el café, las copas de coñac Terry de la malla, y un enorme fumeteo de puros, farias, pitillos Chester o Celtas y Peninsulares, según el poderío de respetable, que llenaba el aire de la sala de humo negro que casi hacía irrespirable el ambiente.

Cohetes y fuegos de artificio lanzados en la mismísima Plaza de España, con algunos de ellos plantados en plena calle que giraban alocadamente mientras echaban fuego de colores y ruídos estremecedores como final, adornaban la noche de La Patrona que a su término, nos encaraba hacia el San Miguel con su Danza de Espadas, al frente el Paivo y Millís, los dos últimos mareantes de otros tiempos.

Eran las fiestas de mi pueblo los días grandes de La Patrona en los que casi siempre llovía, y de ahí que se decidió, no recuerdo cuándo ni por quien, trasladar la fuerza de la fiesta popular al 16 de Julio, en la que en aquellos años se celebraban con el gaiteiro la noche anterior en la Plaza del Reloj como cualquier otro día en honor a cuanta santa o santo hay en el santoral de la parroquia porque cada uno o una tenía su propia cofradía organizadora.

Hoy echo de menos las fiestas de La Patrona, ahora un sucedáneo sin brillo. Nostalgia pura, ¡qué le voy a hacer!

 

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