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Don Carlos Paratcha, mi Maestro, en mi recuerdo

Carriola.Julio Santos Pena.12.11.24.

julio@carriola.es.

Hoy se va a recordar en el foro de “Portocelo” a un personaje singular de Marín, fallecido hace cincuenta años, que dejó una enorme huella cultural aunque, por aquel entonces, a las señales en piedra de nuestros antepasados, apenas se les daba ni crédito ni importancia hasta la llegada de algunos personajes como Carlos Paratcha que supieron darles el valor histórico que tales monumentos merecen.

Pero mi comentario no viene relacionado con la función arqueológica de Paratcha sino que quiero expresar el orgullo que siento al haber compartido con él las aulas de centro educativo “O Grupo”, hoy una escuela de Educación Infantil, pero en aquellos años sesenta del pasado siglo, el único colegio público no unitario que había en Marín para atender a su población infantil en humildes aulas y con más humildes materiales que los maestros de entonces suplían con su pura vocación de Magisterio puro y a cambio de casi nada, porque era rigurosamente acertado aquel dicho de “pasas máis fame que un maestro de escola”.

No fui alumno de Carlos Paratcha, me refiero a alumno infantil. Compartí con él durante un par de meses un aula de “O Grupo” haciendo mis prácticas de Magisterio, aquellas jornadas que tenías que pasar en un centro antes de que te ascendieran a Maestro de verdad y que eran progresivas en cada curso, empezando por unos días en primero, varias semanas en segundo y uno o dos meses en tercero, que era nuestro recorrido de carrera por entonces. Y le visité muchas otras veces, ya sin obligación, hasta que la vida puso tierra de por medio entre los dos.

Recuerdo que me presenté al director del colegio que, me parece recordar, era Don Juan Sousa, siempre con el “Don” por delante, como era entonces y hasta creo que debería ser ahora, y me envió al aula de Paratcha, de Don Carlos Paratcha, quien me recibió con toda la amabilidad que contiene una persona consciente de su deber, empática y conocedora de su obligación de enseñar y, en este caso, de enseñar a quien ha de enseñar después, que era una doble responsabilidad.

Paratcha me mostró con su diario ejemplo, cómo, por entonces, debía ser la relación maestro alumno. Tenía una vida dilatada y curtida en la Escuela Unitaria de aquella época; había llegado de Moraña, donde dejó una estela de gran persona, para pasar sus últimos años profesionales en Marín, al lado de sus hermanos Carmiña y José Luis, este con síndrome de Dow que en aquellos años casi era un pecado.

Desde el primer momento me ayudó a saber estar en el aula; a saber relacionarme con los niños ejerciendo respeto hacia ellos y exigiéndoles respeto hacia mi labor, que no era otra que aprender. Y aprendí, bajo su discreta vigilancia, en un par de meses,  las funciones administrativas de un maestro de entonces y a calibrar a cada niño por sus posibilidades y cosas que en la Normal no te enseñaba nadie. Reconocí en él una capacidad cultural inmensa y un poder de convicción poco común, visto ahora desde la perspectiva del tiempo, y salí de allí conociendo los secretos de la verdadera vocación de maestro nunca adquiridos en la Normal de Magisterio durante los estudios de la carrera en la vieja edificación de la alameda pontevedresa.

Eran tiempos de mucha pobreza, especialmente en la Escuela Pública cuando todavía, a la salida al patio de las once, se repartía una taza de leche y un trozo de queso amarillo entre los chavales, muchos de los cuales, seguramente, tenían aquel momento como uno de los más gratos de su jornada.

Don Carlos me explicaba, en los momentos de charla distendida, sus localizaciones de grabados y lo hacía, seguramente, para inculcarme la pasión por aprender, por vivir las cosas de la vida, de la historia y del futuro consciente de que era la labor de transmisión que todo Maestro tenía entonces, lejos, muy lejos todavía, absolutamente insospechados, los adelantos electrónicos y otras lindezas, porque solo contábamos con aquella pizarra de pizarra de verdad, enmarcada con unas maderas sobre la que se escribía con el “pizarrillo”, una piedra gris que tenía forma de lápiz y, en el aula, el encerado con las tizas contadas y aprovechadas hasta que se gastaban las uñas sobre la superficie en la que escribías.

De allí salí con mi vocación reforzada y fui capaz de, al poco tiempo con el título en el bolsillo, enfrentarme a la unitaria de Ons donde las necesidades no eran menores y había que suplirlas con la vocación y la dedicación que, mira por donde, adquirí, en gran parte, de Carlos Paratcha.

A mí, que soy nostálgico por naturaleza, me encanta recordar estos episodios de mi vida y a quienes como Paratcha hicieron tanto por mi formación y por mi persona.

Gracias, Don Carlos, allí donde estés.

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