PENSANDO EN ALTO: Therians o sentirse animal
Carriola. 28.02.26.
julio@carriola.es.
DE SERPIENTES, LABRADORES Y OTRAS MODERNIDADES

José Iglesias
Confieso que a mis sesenta años el mundo me sorprende más que antes. Uno enciende la televisión con la inocente intención de informarse y acaba descubriendo que la realidad va varios cuerpos por delante.
Estos días he oído hablar de los therians. Personas que se sienten animal. Si te sientes serpiente, reptas. Si te sientes perro, caminas a cuatro patas. Y aquí es donde a mí, con todo el respeto hacia la opción de vida que cada uno elija —faltaría más—, me asalta la duda práctica.
Pongamos que uno se siente labrador retriever. Y en mitad del paseo le entran ganas de aliviar aguas mayores. ¿Cómo va esto exactamente? ¿Se recoge uno mismo con una bolsita biodegradable o espera a que alguien más responsable se haga cargo?
No lo pregunto con mala intención. Lo pregunto porque, al final, la convivencia tiene detalles logísticos que alguien tendrá que resolver.
Vivimos tiempos curiosos. También existen los sologámicos quienes contraen matrimonio consigo mismos. Lo que antes era un soltero convencido ahora se formaliza con ceremonia. No sé si, en caso de discusión interna, hay que dormir en el sofá o basta con reflexionar frente al espejo. Y si rompes la relación te divorcias de ti mismo?, te das un tiempo a ti mismo si te entran dudas?
Y los otherkins, los fictionkins, los compinglinks, etc…. De nuevo: respeto absoluto. Cada cual que viva como considere. Pero uno, que se crió en los ochenta entre punkis y rockers, recuerda que podíamos vestir distinto, pensar distinto, peinarnos distinto… sin dejar de tener claro que seguíamos siendo personas compartiendo un mismo suelo.
Quizá el contraste más llamativo sea otro. Mientras aquí debatimos identidades cada vez más sofisticadas, en muchos países con dificultades muy serias —hambre, guerra, miseria real— la mayoría de sus gentes probablemente firmarían ahora mismo por tener la mitad de la suerte que uno de nuestros perros o gatos. Con sus piensos de salmón, sus abrigos de decenas de euros y su veterinario de cabecera.
A veces tengo la sensación de que en esta sociedad donde nos sobra casi todo —comodidades, opiniones, etiquetas— nos empieza a faltar un poco de cabeciña.
No es cuestión de señalar ni de juzgar. Es cuestión de proporción. De equilibrio. De no perder el norte mientras discutimos si somos serpiente , labrador o asno (con todo el respeto a ese cuadrúpedo tan valioso en su día en mi querido rural)
Y entonces recuerdo a mi difunta abuela Carmen, mujer de pocas teorías y mucha sabiduría práctica, que seguramente diría:
— “Meu fillo, que Deus nos perdone.”
Cada semana me prometo escribir algo más amable, más ligero. Pero el mundo insiste en darme material.
Será cousa da idade… ou do tempo que nos toca vivir.