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Aquel día de la Primera Comunión

 Carriola.Julio Santos Pena.05.06.21

Este Covid-19 y su pandemia nos ha hecho polvo en muchos aspectos, casi en todos, porque, sin que nos lo hubiésemos imaginado en las navidades del 2019 nos quedamos desde el Entroido para Adelante, sin casi nada y confinados jugando al parchís para pasar las horas en casa durante meses. Muy malo ésto de la pandemia.

Pero a todo hay que buscarle algo positivo y, mira por donde, me he topado con esta fotografía que ya tiene años y refleja la belleza de una imagen feliz, de nuestra infancia, celebrando una “Primera Comunión” de aquellos tiempos, nada que ver con la actualidad sin pandemia, porque con esto del Covid.19 se ha frenado al menos en dos años consecutivos la deriva que ha ido cogiendo esta misma celebración modernamente.

Estos chiquillos, alguno muy conocido de la “Rúa da Roda”, acompañan a un comulgando en lo que se consideraba uno de los días más felices de la vida, el de la Primera Comunión. Ahora somos muy descreídos y nos envalentonamos con ello, pero entonces, este acto de la Primera Comunión era todo un acontecimiento religioso para el que niños y niñas se preparaban a conciencia dirigidos por la parroquia o por los colegios donde estudiaban. Varias semanas de explicaciones intensivas y a la toma de conciencia de lo que significaba la Primera Comunión que era el primer paso de la mayoría de edad religiosa, le sucedía el aprendizaje de oraciones y la reflexión sobre pasajes de la Historia Sagrada y se mentalizaba a los comulgandos de que ya iban a ser mayores y que tendrían que mejorar su comportamiento a todos los niveles para estar más cerca del Cielo.

Cada familia, cada colegio, cada parroquia se ilusionaba con aquel grupo de niños y niñas que, además de tomarse muy en serio aquella preparación religiosa, tenían también la ilusión puesta en el día en que, por fin, se hacían mayores a la vista de Jesús. Y llegaba el momento final, el trago de tener que confesar los pecados almacenados en sus cabecitas infantiles. No habían matado a nadie; robar, robar, tampoco, salvo algún que otro pataco que anduviera suelto por la casa para comprar un chicle en la Anduriña; mentirijillas… bueno eso sí, pero de poca importancia y lo de los deseos impuros y desear la mujer del prójimo, era poco menos que una entelequia incomprensible. Lo más grave podría ser el haber dicho caca, culo, pis o una vez que se le escapara a uno “escarallado”, que éso de decir palabrotas sí que era un pecado enorme. Me estoy imaginando la cara del cura dentro del confesionario, ése sí, “escarallándose” de risa con las difíciles confesiones de los chiquillos que salían de allí con la cara reluciente por haberse liberado de sus faltas y dispuestos a pagar con el “yo pecador me confieso…”, tres “Avemarías” y un “padrenuestro…” tanta deuda con Jesús que, ahora sí les veía limpios y amigos.

Y al día siguiente, sin tiempo a pecar otra vez, la Comunión. ¡Aquello sí que era!. Se sabían la ceremonia de memoria y los movimientos que había que hacer en ella. No había duda; todo se tenía más que repetido en la preparación y salía a a pedir de boca. ¡¡¡Y los trajes!!!. Marineros, capitanes, almirantes, reinas, princesas, damas y otras muchas elegancias. Y todos de punta en blanco con el libro de la Primera Comunión en la mano y las estampas de recordatorio de aquel día tan feliz en la otra.

Terminada la Misa venía otra maravilla: El ¡¡¡chocolate con churros!!! Que se compartía bien en grupo en la propia parroquia o en los colegios, con los demás compañeros en la misma circunstancia, o en las casas, con los otros niños y niñas de la familia y vecinos más próximos. A gloria sabía aquel exceso de lujo y, tras el especial desayuno, el niño o la niña salían calle arriba calle abajo con sus estampas que regalaba a sus tíos, primos, amigos que iba encontrando quienes, además de repetirle una y mil veces lo guapo que estaba, le entregaba unas monedas o unos billetes, según fuera la cercanía familiar, amistosa o la las posibilidades del donante.

Y a mediodía, la abuela o la mamá, que había convertido al orgulloso gallo del corral en una sucesión de muslos, pechugas y alitas en pepitoria, llamaba a la familia para celebrar el evento que terminaba papá con la humeante Faria de las fiestas, tras degustar el brazo de gitano y el café de sobremesa. Punto y final hasta el día de Corpus en que, si el traje había resistido la chocolatada o la salsa del pollo y estaba aún decente o era susceptible de una limpieza profunda, el niño se volvería a vestir para salir en la procesión pisando las flores de las alfombras por las calles.

De aquello a lo que sucede hoy, la diferencia es un abismo. De la concienciación del significado de la Comunión en sí, en la mayoría de los casos, se pasó al pensamiento de los niños en el teléfono móvil, la táblet o todo lo que le va a llegar de regalos sin freno; de la ceremonia intensa vivida con sentido religioso, a otra cosa en la que tienen más significado, precisamente, los regalos; del ilusionante chocolate con churros, a las grandes bacanales cuanto más parecidas a las bodas, mejor, que desvirtúan la celebración infantil de día feliz con un motivo específico. Y, lamentablemente, de lo que era una Primera Comunión, hoy en muchos casos es la “Última Comunión”. Es la vida que cambia y hasta parece que la pandemia, mala ella, en cambio ha venido a frenar un poco esa parafernalia. Algo es algo igual nos vale de reflexión.