Carriola. 09.05.26.
julio@carriola.es.
La clase media: ese manantial inagotable

José Iglesias
Esta semana me tocó hacer la declaración de la renta. Ese momento mágico del año en el que uno se sienta delante del ordenador y descubre, negro sobre blanco, cuánto trabaja realmente para sí mismo… y cuánto para el Estado.
Porque uno entiende que hay que contribuir. Claro que sí. Hay que mantener servicios públicos, ayudar a quien lo necesita, sostener un país. Hasta ahí, todos de acuerdo.
Pero este año me detuve más de la cuenta en las retenciones, en los porcentajes, en lo que sale y en lo que entra. Y llegué a una conclusión bastante simple:
En este país, si estás en medio, te dan por todos lados.
La sufrida clase media es el gran buffet libre de “papá Estado”.
Las clases bajas, evidentemente, tienen poco margen de donde sacar. Y los ricos de verdad - no el autónomo con un coche bueno o el pequeño empresario que trabaja doce horas - tienen recursos, asesores y mil mecanismos para pagar menos.
¿Y quién queda en medio?
Exacto.
Nosotros.
Los suficientemente pobres para no vivir tranquilos.
Y demasiado “ricos” para recibir ayudas.
Uno piensa: “oye, gracias a Dios pertenezco a la clase media”.
Y es verdad.
Pero inmediatamente después llega el sablazo fiscal y el hígado empieza a inflamarse. Otras partes también, pero intentaremos mantener cierta elegancia literaria.
Porque una cosa está clarísima:
El ahorro está penalizado.
Aquí lo que interesa es que debas.
Que financies.
Que pidas créditos.
Que vivas hipotecado física y mentalmente.
El ciudadano que ahorra molesta.
Porque el ahorro da independencia.
Y la independencia no interesa demasiado.
¿Os acordáis cuando ahorrar era una virtud?
Ahora casi parece una sospecha.
Mientras tanto, se premia el consumo constante y la deuda perpetua. Todo a plazos. Todo financiado. Todo inmediato.
Y luego llegan las campañas de educación financiera, claro.
Pero lo mejor viene cuando uno mira en qué se van sus impuestos.
Ahí ya el cabreo alcanza dimensiones bíblicas.
Sales a la carretera - da igual de qué administración dependa - y aquello parece una pista de pruebas del Dakar. Baches, señalización deficiente, obras eternas.
Los trenes… mejor ni hablamos. Máquinas viejas, mantenimiento discutible, retrasos constantes y, a veces, desgracias.
La administración cada vez más lenta.
La sanidad colapsada con listas de espera interminables.
Entonces uno se hace la gran pregunta:
¿Dónde demonios va todo lo que pagamos?
Y cuando rascas un poco… aparece el festival.
Subvenciones de todo tipo. Programas perfectamente prescindibles. Ayudas absurdas repartidas a discreción. Termalismos, asociaciones de no se sabe qué, observatorios para observar observatorios y chiringuitos administrativos que viven mejor que muchos trabajadores.
A nivel local y provincial ya es un espectáculo.
Pero a nivel nacional directamente entramos en el surrealismo.
Repatriaciones de activistas de flotillas extravagantes.
Reuniones internacionales en lugares exóticos, porque parece que cuanto más lejos y más caro, más importante queda la foto.
Y uno se pregunta algo bastante razonable:
¿De verdad era necesario mandar a todos los líderes europeos a Armenia?
¿No existe para estos las videoconferencias??
¿Dicen que no va a quedar queroseno, pero han ido aviones como para una boda?
¿ Con la que esta cayendo nos permitimos esos dispendios, esos gastos?
Después llegan las ocurrencias electorales.
Que si gafas gratis para todos.
Que si autobuses gratuitos a lugares donde viajan cuatro personas y una oveja despistada.
Que si ayudas universales para absolutamente todo. No señores, no. Las ayudas para el que las necesita. Y habrá que poner medios para comprobarlo, será que no hay personal en las administraciones con servicios duplicados o a veces triplicados: Lo local, lo autonómico, lo nacional….tanta descentralización me da la impresión que solo ha traído caos .
Y aquí viene lo más duro.
Esto no se hace por necesidad.
Se hace por votos.
Publicidad institucional disfrazada de sensibilidad social.
Porque queda muy bien anunciar regalos. Lo paga otro. Bueno, mejor dicho: lo pagan….
La de siempre.
La que protesta poco porque no tiene tiempo.
La que madruga.
La que cumple.
La que paga religiosamente aunque esté hasta las narices.
Y mientras tanto, nosotros seguimos aquí.
Trabajando.
Pagando.
Ahorrando lo que podemos.
Y viendo cómo nos explican que el problema es que “hay que recaudar más”
No, amigos.
El problema no siempre es recaudar.
A veces el problema es gastar como si el dinero público no costase conseguirlo.
Porque cuesta. ¡Ay amigos, que fácil es repartir lo que no es tuyo…!
Y mucho.
Sobre todo al que está en medio.
Al que no recibe casi nada…
pero paga prácticamente todo