Carriola. 13.06.26.
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Levantarse de la butaca...

José Iglesias
Esta semana me gustaría reflexionar sobre dos situaciones aparentemente distintas pero que, pensándolo bien, tienen mucho más en común de lo que parece.
Y ambas tienen que ver con nuestros jóvenes.
Antes de nada, aclaremos algo. Cuando digo jóvenes no hablo solo de adolescentes. Para alguien que ya empieza a mirar los sesenta y uno por el retrovisor, joven puede ser perfectamente cualquiera de treinta y tantos hacia abajo.
Cuestión de perspectiva, supongo.
Este miércoles nuestro Marín acogió en su nuevo auditorio el concierto con motivo del 60 aniversario de la BRILAT, una unidad que forma parte de nuestra historia reciente y que se nutre de muchas personas de nuestro Marín o que han hecho de él su hogar.
Podremos debatir sobre el auditorio, sobre su ubicación, sobre cómo se hizo o sobre mil cuestiones más —que para debatir siempre encontramos tiempo, humor y ganas—, pero hay un hecho objetivo: Marín dispone hoy de una instalación magnífica para este tipo de eventos.
Y la respuesta fue espectacular.
La Banda de Guerra, la música de la Escuela Naval Militar y ese pequeño trozo nuestro y de nuestras tradiciones que son Airiños de San Xulián llenaron una tarde especial.
Gente de todas las edades acudió.
Y eso siempre es una buena noticia.
Pero hubo una imagen que me hizo pensar.
Cuando las butacas se completaron, muchas personas tuvieron que quedarse de pie en los laterales. Entre ellas, personas mayores, muy mayores, que aguantaron prácticamente dos horas estoicamente, con calor y sin demasiada comodidad.
Y entonces uno mira alrededor.
Y observa.
Algún joven —porque siempre los hay y sería injusto no decirlo— se levantó y cedió su asiento.
Pero muchos otros siguieron sentados.
A lo suyo.
Como si aquello no fuera con ellos.
Y reconozco que me cuesta entenderlo.
Porque levantarse de una butaca no es perder un sitio.
Es ganar educación.
Es entender que delante tienes a alguien que ya estuvo donde tú estás, pero tú todavía no has llegado donde está él.
Y llegarás.
Porque si tienes suerte, algún día serás esa persona mayor que aguanta de pie esperando que alguien recuerde algo tan sencillo como mirar alrededor.
No hablo de normas escritas.
Hablo de esas otras normas que no aparecen en ningún reglamento pero que hacen funcionar una sociedad.
Respeto.
Empatía.
Educación.
Quizá palabras un poco antiguas.
O quizá demasiado necesarias.
... Y la PAU de siempre
Y enlazo esto con otra escena de estos días: miles de jóvenes enfrentándose a la PAU, nuestro antiguo Selectivo, que ha tenido más nombres que algunos artistas, pero que en el fondo busca lo mismo.
Medir conocimientos.
Medir preparación.
Y como todos los años llegan las mismas quejas.
Que si es demasiado difícil.
Que si en una comunidad es más sencillo que en otra.
Que si el sistema.
Que si el examen.
Bueno... bienvenidos a la vida.
Porque hay algo que tarde o temprano todos descubrimos:
siempre llega un momento en el que alguien te pone un papel delante y tienes que demostrar lo que sabes.
Puede ser la PAU,puede ser una oposición, puede ser una entrevista de trabajo, puede
ser una responsabilidad que alguien deposita en ti.
Pero llega.
Y ahí no cuentan los discursos.
Cuenta la preparación,el esfuerzo,la constancia.
Eso tan antiguo que parece que algunos quieren jubilar y que, curiosamente, sigue
siendo lo único que funciona.
Por supuesto que hay que mejorar sistemas.
Por supuesto que hay que buscar igualdad de oportunidades.
Por supuesto que cada época tiene sus dificultades.
Pero cuidado con vender la idea de que todo puede conseguirse eliminando obstáculos.
Porque una vida sin obstáculos no prepara a nadie.
Solo retrasa el momento en que aparecen.
Quizá el problema no sean los jóvenes.
Quizá el problema sea lo que les hemos enseñado los mayores.
Tal vez les dimos demasiadas comodidades y pocas responsabilidades.
Demasiadas soluciones y pocas herramientas.
Porque al final todo está conectado.
El joven que no se levanta de una butaca y el joven que cree que un examen es una injusticia quizá comparten algo:
nadie les explicó suficientemente que el mundo no siempre se adapta a nosotros.
A veces somos nosotros quienes tenemos que adaptarnos al mundo.
Y eso empieza por cosas pequeñas como mirar al lado.
Ver a alguien que necesita sentarse……Y levantarse.