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CARRIOLA DE LA OPINIÓN: Tras cerrar el telón del quinto festival

Carriola.23.08.26.

julio@carriola.es.

MAC MARIN: Cuando un sueño aprende a hacerse grande

 

Manuel Villanueva

Hace apenas unos años, Dani Antelo tuvo la osadía de imaginar que Marín podía tener su propio festival de cine. No una mera sucesión de películas proyectadas durante unas noches de verano en el Parque de Briz, sino un lugar de encuentro alrededor del sector audiovisual, una conversación entre creadores y espectadores, entre quienes empiezan y quienes ya han recorrido muchos kilómetros de este oficio.

En 2023 aquello se llamaba John Balan Fest y tenía algo de película independiente rodada con pocos medios y mucha voluntad. Había más entusiasmo que presupuesto, más futuro que presente. Pero estaban ya los elementos fundamentales: una idea, un lugar y un grupo de personas dispuesto a dejarse muchas horas detrás de ella. Me recordaba a algo ya vivido hace más de 40 años en O Carballiño con las Xociviga, que nacieron para quedarse.

Carriola supo verlo desde el comienzo. En aquellas primeras crónicas aparecía Dani Antelo como un joven apasionado por la imagen, empeñado en dotar a Marín de un acontecimiento cinematográfico propio. Un año después ya se hablaba del notable crecimiento del festival y, sobre todo, de algo mucho más importante, del equipo.

Esta historia sería injusta si la convirtiésemos únicamente en la historia de Dani Antelo que ha sido el capitán, el que señaló el rumbo y probablemente quien tuvo que convencer muchas veces a los demás —conmigo lo hizo hace un par de años para que formase parte del jurado— y probablemente también a sí mismo, de que merecía la pena continuar. Alrededor suyo fueron apareciendo colaboradores, profesionales del audiovisual, voluntarios, amigos, instituciones, establecimientos, patrocinadores y personas que aportaron algo bastante más valioso que el dinero: su tiempo.

Un festival dura tan solo unos días, pero se construye durante meses. Detrás de cada invitado que llega hay correos, llamadas, billetes, horarios y habitaciones. Detrás de cada proyección hay permisos, archivos, equipos, técnicos y pruebas. Detrás de una mesa redonda hay agendas imposibles que alguien consiguió hacer coincidir. Y detrás de una gala que parece discurrir naturalmente existe siempre un pequeño ejército que lleva semanas procurando que el espectador no advierta el esfuerzo. Esa es la paradoja de quienes organizan cultura: trabajan muchísimo para conseguir que parezca fácil. El MAC Marín ha dejado de ser fácil. No ha parado de crecer.

Esta edición certifica algo más importante que el mero paso del tiempo. El festival ha ganado cuerpo, programación, espacios, invitados y ambición. Su incorporación a la Rede Rías Baixas FES supone un reconocimiento al camino recorrido, pero también una extraordinaria responsabilidad hacia lo que viene. El MAC comienza a mirar hacia fuera sin dejar de mirar hacia casa.

Por Marín han pasado estos días profesionales llegados de lejos, pero también ha estado muy presente el talento próximo. Anxos Fazáns, con raíces marinenses y una película rodada íntegramente en la villa; Ángel Santos; Elena Gallego y Mayca Braña; Gero Costas... El festival empieza a ejercer una de las funciones esenciales que debe tener cualquier acontecimiento cultural nacido en un pequeño territorio: mostrar el mundo al pueblo y enseñar el pueblo al mundo.

Rafael Dieste construyó precisamente alrededor de una ventana una de las metáforas más hermosas del teatro gallego. En A fiestra valdeira, cuando quieren borrar del retrato las lanchas, el muelle y las redes que revelan el origen marinero del protagonista, Don Miguel responde con una frase formidable: "¿E non o fun? ¿E non o son aínda por dentro?" El MAC ha sabido abrir su propia fiestra valdeira: una ventana desde la que se ven Marín, su puerto y su gente, pero por la que también entran imágenes procedentes de Canadá, Estados Unidos, Reino Unido, República Checa, Puerto Rico, Latinoamérica o cualquier otro lugar donde alguien haya decidido contar una historia con una cámara.

Por eso, en mi opinión, resulta tan importante la ampliación de Cinema Xove, concebido como escaparate para quienes empiezan; la incorporación de la Ficción Sonora, convertida ya en una de las categorías con mayor participación; las webseries y los nuevos formatos; el Campamento Audiovisual; las charlas, los encuentros profesionales y esa voluntad de convertir durante unos días diferentes espacios de la villa en territorio cinematográfico. El Museo Torres, Santa Cecilia, el Parque Azul, los establecimientos colaboradores y, finalmente, ese Auditorio largamente esperado que parece haber encontrado en el cine una magnífica manera de estrenarse culturalmente. Marín convertido durante unos días en una pequeña ciudad de película.

 

Habitar la posibilidad.

Emily Dickinson dejó escrito un verso que podría servir como lema secreto para cualquiera que se empeñe en organizar cultura: "Habito en la posibilidad".

Organizar un festival, insisto, consiste bastante en eso. En vivir durante meses en algo que todavía no existe. Imaginar salas llenas cuando aún están vacías. Pensar en invitados que todavía no han aceptado. Programar películas que aún no han llegado. Convencer a otros de una realidad que, por el momento, únicamente está en la cabeza de quienes la sueñan.

Dani y su equipo llevan años habitando esa posibilidad y lo interesante es que ya han conseguido que otros la habiten con ellos.

El festival conserva algo de aquella aventura inicial. No se ha convertido todavía en una pesada maquinaria cultural. Mantiene cierta fragilidad que obliga a estar atento, a inventar soluciones y a defender cada nueva edición como si no estuviera garantizada. He ahí su encanto.

La maravillosa Carson McCullers escribió que "sentimos más nostalgia por los lugares que nunca hemos conocido". El futuro provoca esa extraña nostalgia antes de existir, la de echar de menos aquello que todavía no ha sucedido pero que ya ha sido imaginado. El MAC nació, probablemente de esa misma nostalgia: la de un Marín que aún no tenía su festival de cine. Unos años después las conversaciones de finales de agosto giran alrededor de las imágenes.

Los nombres de esta edición.

Anoche llegaron los premios. Son necesarios porque reconocen el trabajo y porque todo festival necesita establecer su propio diálogo con las obras que acoge, aunque un palmarés debería ser siempre más que una clasificación. Es el rastro que cada edición deja detrás.

En esta ocasión, Seré Kaniyé obtuvo el reconocimiento al mejor largometraje y O Corpo de Cristo, el de mejor cortometraje.

En el territorio de las nuevas narrativas, Venus en Juego fue distinguida como mejor webserie internacional, mientras Alucinema obtuvo el premio a la mejor webserie gallega.

Galicia Non Arde se impuso en Cinema Xove, precisamente ese territorio donde el festival se asoma a quienes empiezan. Paula Pereira recibió el premio al talento emergente. Anxos Fazáns fue reconocida como mejor directora. Su nombre adquiere una resonancia particular: hay algo circular en que una creadora vinculada a Marín encuentre reconocimiento precisamente en un festival que pretende convertir la villa en territorio cinematográfico. El cine, como la vida, está lleno de regresos que solo comprendemos cuando ya hemos recorrido el camino.

El Premio de Honra recayó en Joël Bassaget, investigador y divulgador convertido en referencia internacional en el estudio de las webseries. Su presencia añade otra perspectiva al certamen: la de quien lleva años observando cómo las nuevas formas de creación audiovisual han ido rompiendo fronteras, formatos y viejas jerarquías.

El palmarés traza así una geometría bastante precisa: experiencia y juventud, Galicia y mundo, formatos tradicionales y nuevos lenguajes. De alguna manera, el retrato del propio MAC.

 

Después de los aplausos.

Personalmente me queda un premio que no figura en el acta del jurado y es para quienes no suben necesariamente al escenario: Dani Antelo y ese grupo de personas que decidió que Marín podía tener un humilde acontecimiento y, en lugar de limitarse a decirlo, se puso a construirlo. Esa es la enorme diferencia entre tener una idea y sostenerla.

Pesa cuando hay que encontrar recursos; cuando las dimensiones de aquello que uno ha creado comienzan a exigir más estructura; cuando el entusiasmo inicial debe transformarse en organización, rigor y responsabilidad. Llegados a ese punto ya no basta la ilusión, hace falta oficio. Esa es la mejor noticia que nos deja esta edición del MAC. Ya no estamos únicamente ante una aventura simpática nacida de la voluntad de unos cuantos aficionados al cine. Hay un proyecto cultural que ha ganado solidez, ha ampliado horizontes y comienza a ocupar un espacio propio en el calendario del verano marinense. Y, pienso, que todavía conserva margen para crecer.

Ahora los invitados regresan a casa. Se guardan las acreditaciones. Se desmontan equipos. Las conversaciones que durante varios días ocuparon calles y salas se van apagando. Desaparecerá el último cable y se  cerrará la última puerta.

Y aquí cabría escribir la palabra FIN. Pero me da que hoy, en plena resaca emocional, alguien del equipo dirá:

—¿Y si el año que viene...?

Y la próxima edición del MAC Marín volverá a empezar.

 

 

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