Carriola.23.08.26
(*) Colaboración dominical de la Asociación de Pedagogía de Galicia “APEGA” con Carriola de Marín coordinada por su vicepresidente José Carlos Otero López
ENSEÑAR A LOS HIJOS A CONTROLAR LA FRUSTRACIÓN

Dolores Armas
Lic. en Psicopedagogía
Como todas las competencias emocionales, el desarrollo de la tolerancia a la frustración comienza a partir del primer año de vida, cuando el niño presenta las primeras conductas de mayor independencia de sus cuidadores y reclama que sus necesidades y deseos se cumplan de un modo inmediato. Esta etapa, que se caracteriza por la presencia de rabietas, suele durar hasta los cuatro años. Los pequeños las manifiestan provocadas por la sensación de frustración, la falta de un lenguaje adecuado que le permita expresarse con claridad y la imposibilidad de tomar sus propias decisiones. Han pasado de ser manejados de un lado a otro por su inmadurez motriz, a ser capaces de acceder con cierta libertad a los espacios próximos y alcanzar aquello que van deseando. Así aparecen los primeros tropiezos con otros seres humanos que despiertan emociones de rabia y ansiedad relacionadas con esa incapacidad para conseguir sus metas. Aparece la palabra no, que tampoco les gusta y que limita su acción. Esta expresión de la frustración a través del berrinche y el enfado ha de ser educada para proporcionarle mayores habilidades emocionales y por tanto mayor bienestar. Es por tanto una responsabilidad de las familias y educadores reaccionar adecuadamente a las señales que nos presenta el niño de baja tolerancia a la frustración y ofrecerle recursos válidos.
Qué podemos hacer
Si lo que deseamos es que los niños se conviertan en adultos con un alto grado de bienestar emocional, que sepan enfrentarse a los retos y obstáculos que la vida le irá presentando, superando la frustración y buscando maneras adecuadas para superarlos, debemos ayudarlos desde la primera infancia. En primer lugar los niños han de sentir, con mucha claridad, que siempre les cuidaremos y les querremos a pesar de que hagan cosas inadecuadas que no aceptamos. Han de entender, al relacionarse con los adultos, que estos le acompañarán y le enseñarán para que mejore sus conductas, aunque esto en momentos puede ser doloroso y frustrante. Deberemos encontrar un equilibrio entre la ayuda que le proporcionaremos y las situaciones incómodas que él debe ir resolviendo.
Otro aspecto muy importante que debemos considerar es el establecimiento de unos límites sólidos que le permitan aprender a cuidarse y a relacionarse con los demás. Ha de saber además, que estas barreras no dependerán del humor de los cuidadores, ni del reloj, ni de otros aspectos ambientales, ya que son aspectos fundamentales para su correcto desarrollo. Es normal encontrarnos con una baja aceptación de estos límites por parte de los niños, ellos quieren satisfacer sus necesidades a su manera y quieren que sus deseos se cumplan siempre, por ello surgirán los enfrentamientos, rabietas o enfados que de ninguna manera han de provocar un cambio de rumbo en nuestras conductas y valores, a pesar de que observemos mucho malestar en los niños. Su seguridad y bienestar pasa por nuestra convicción y firmeza.
Es también muy relevante enseñarle a reconocer las emociones y las señales que le muestran su frustración, explicarle que es lo que sucede dentro de él, y la importancia de poder neutralizar el malestar en los primeros momentos buscando alternativas y nuevas formas de resolver o aceptar los fallos de sus planes. También es importante recordarle la importancia de saber pedir ayuda en ese momento, cuando no es capaz de lograr el objetivo que se propone, antes de perder el control.
No podemos olvidarnos de esas ocasiones en que las expectativas de los padres están muy por encima de lo que los hijos son capaces de hacer o alcanzar tanto en un momento preciso como en una fase determinada del desarrollo. Cuando esto es así, además de manifestar emocionalmente sus malestar con enfados o rabietas según la edad, puede suceder también que comiencen a construir una falsa idea sobre ellos mismos, creyéndose malos, incompetentes, torpes, poco sociables, frágiles o incapaces. Ante estas falsas ideas debemos mostrarle sus fortalezas y puntos fuertes; enseñarle nuevos caminos para alcanzar las metas y educarlo en la persistencia como manera de llegar.
Ayudar a nuestros hijos a tolerar la frustración durante toda su infancia y adolescencia en las distintas formas en las que se presenta, mediante diferentes recursos y herramientas, le pondrá en el camino de un adulto con buenas competencias emocionales básicas para alcanzar un bienestar duradero.