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PENSANDO EN ALTO: Ceuta como única razón

Carriola. O5.09.26.

julio@carriola.es.

DA IGUAL CUÁNTOS; IMPORTA QUIÉNES

José Iglesias

Confieso que siempre he presumido un poco de Marín. No porque crea que seamos mejores que nadie ni porque aquí no tengamos nuestras disputas, nuestras filias, nuestras fobias y hasta nuestras pequeñas guerras domésticas —sería absurdo pretenderlo—, sino porque durante mucho tiempo he tenido la sensación de que nuestro concello conservaba algo que cada vez echo más de menos cuando observo la política nacional: cierta capacidad para discutir sin necesidad de convertir al que piensa diferente en enemigo.

Quizá fuese una percepción demasiado optimista.

El miércoles hubo una concentración delante del Concello como muestra de solidaridad con Ceuta y con los ceutíes ante la situación que están viviendo.  No sé cuantos acudieron, en el fondo da igual. Importa más quienes estaban.

En un municipio de unos veinticinco mil habitantes.

Podría hacer la cuenta y decir que apenas seis de cada mil marinenses estuvieron allí, pero sería una manera demasiado sencilla —y probablemente injusta— de analizar lo sucedido. No sé por qué no acudieron los demás. Unos estarían trabajando, otros tendrían obligaciones familiares, algunos no estarían de acuerdo con la convocatoria, a otros sencillamente no les interesaría y muchos quizá ni siquiera se enteraron. Cada cual tendrá sus razones y no soy quién para juzgarlas.

Pero sí puedo hacerme una pregunta:

¿Cuántos habrían acudido si aquella concentración hubiese sido de todos?

No de unos contra otros. No de los de aquí frente a los de allá. No de una sigla, una asociación, una ideología o una determinada sensibilidad política. Una concentración convocada conjuntamente por nuestros representantes municipales, con un mensaje tan elemental que cualquiera pudiera hacerlo suyo: solidaridad con nuestros compatriotas de Ceuta, humanidad para quien llega buscando un futuro, seguridad para quien vive allí, respeto a la ley y rechazo de cualquier forma de violencia.

¿Tan difícil era?

Parece que sí.

Y eso es lo que me preocupa.

Porque estos días hemos asistido también aquí, a pequeña escala, a ese fenómeno que llevamos años criticando cuando lo contemplamos en Madrid. Unos convocan sin hablar con otros; otros deciden que acudir supone hacerle el juego a no sé qué ultras; alguien habla de católicos que después de misa van a humillar a no sé quién; otro aparece a caballo enarbolando una bandera cuyo origen y significado histórico no sé si conoce demasiado bien; y entre unas cosas y otras cada cual termina ocupando disciplinadamente la trinchera que parece corresponderle.

Y Ceuta, mientras tanto, sigue allí.

Soy hijo de emigrantes, yerno de emigrantes y esposo de una española nacida en Francia porque sus padres tuvieron que marcharse a buscar fuera el futuro que aquí no encontraban. Por eso no necesito que nadie me explique por qué una persona abandona su tierra intentando conseguir una vida mejor para ella y para los suyos. Lo entiendo perfectamente. Ojo, la que busca un futuro, no la que busca ocupar algo que no es suyo.

Pero también entiendo a los ceutíes. Es más estoy con ellos al cien por cien.

Entiendo a unos padres preocupados por sus hijos. Entiendo al comerciante que quiere abrir tranquilamente su negocio. Entiendo al ciudadano que desea caminar por su ciudad sin miedo. Entiendo que una llegada extraordinaria de personas pueda desbordar servicios y alterar la normalidad. Y entiendo igualmente que entre quienes llegan haya seres humanos asustados, engañados, desesperados o convencidos de que Europa resolverá de alguna manera aquello que su propio país no ha sido capaz de ofrecerles.

Lo que no entiendo es por qué para comprender a unos parece obligatorio dejar de comprender a los otros.

Quizá ese sea uno de los grandes éxitos de nuestra sociedad actual: hemos conseguido poner ideología hasta a la solidaridad.

Dentro de poco necesitaremos dos plazas o quizá tres. En una podrán concentrarse los que se solidaricen desde un lado, en otra quienes prefieran solidarizarse desde el otro, y una tercera para los que solo ven a católicos masacrando a musulmanes, como si fuese esto una cruzada. Cada cual llevará su pancarta ideológicamente homologada, procuraremos que nadie se mezcle demasiado con el contrario y al terminar podremos volver todos a casa satisfechos de haber preservado intacta la pureza de nuestras respectivas conciencias.

Ceuta seguirá exactamente igual.

Pero nosotros habremos dejado muy claro de qué lado estamos.

Y estoy cansado de los lados.

Cansado de que ante cualquier problema la primera pregunta sea quién lo plantea. Cansado de que antes de escuchar una propuesta necesitemos saber de qué partido procede para decidir si nos parece buena o mala. Cansado de ver cómo nuestros representantes, desde los grandes parlamentos hasta el último concello, parecen algunas veces más preocupados por no coincidir con el adversario que por encontrar aquello en lo que podrían coincidir.

Quizá por eso utilizo cada vez con más cuidado la palabra dirigentes.

Dirigir no es colocarse delante de los tuyos y decirles hacia dónde deben caminar. Eso es relativamente sencillo. Dirigir es ser capaz, cuando las circunstancias lo exigen, de salir de tu propio grupo, cruzar la calle y hablar con quien piensa diferente para encontrar un camino por el que puedan avanzar ambos.

Y estos días he echado de menos eso en Marín.

No esperaba que nuestra Corporación Municipal resolviese la política migratoria española. Tampoco que descubriese la fórmula para las relaciones con Marruecos ni que desde delante del concello (no digo fachada para evitar malos entendidos) diseñásemos una nueva política europea de fronteras. Para eso, afortunadamente, existen otros niveles de responsabilidad.

Esperaba algo muchísimo más modesto.

Altura.

La suficiente para aparcar durante unas horas las siglas.

La suficiente para llamar al otro antes de convocar.

La suficiente para aceptar una llamada aunque procediese del adversario.

La suficiente para decir: en esto, por una vez, vamos juntos.

Y después, al día siguiente, que cada cual regresase a sus posiciones, criticase al gobierno municipal, a la oposición, al Gobierno de España, a Marruecos, a Europa o al lucero del alba. Eso es la democracia. Discutir no solamente es legítimo; es necesario.

Pero una sociedad en la que somos capaces de discutir sobre todo y ponernos de acuerdo en nada empieza a tener un problema.

Y quizá no deberíamos cargar toda la culpa sobre los políticos.

Porque ellos salen de nosotros.

Nos quejamos de la polarización mientras participamos encantados en ella. Criticamos los insultos y después compartimos el vídeo que ridiculiza al contrario. Pedimos acuerdos, pero cuando los nuestros llegan a uno con los otros empezamos inmediatamente a sospechar una traición. Queremos políticos capaces de tender puentes, siempre que el puente no termine, naturalmente, en la orilla de alguien que nos cae mal.

Así resulta complicado construir una comunidad.

Y esa palabra, comunidad, es la que más echo de menos en todo esto.

Una comunidad no es un grupo de personas que piensan igual. Eso sería una secta. Una comunidad está formada por personas diferentes que, precisamente porque saben que tendrán que seguir viviendo juntas mañana, conservan algunos espacios comunes que nadie intenta apropiarse.

Un pueblo debería ser eso.

Una nación también.

No hablo de banderas ni de himnos, ni de quién pronuncia España más veces o con mayor volumen. El patriotismo de garganta es barato. Hablo de algo bastante más difícil: sentir que existe un NOSOTROS  suficientemente grande como para que quepan dentro personas que votan diferente, rezan o no rezan, nacieron aquí o llegaron después y discrepan profundamente sobre muchas cosas, pero siguen reconociéndose como parte de la misma comunidad.

Tengo la sensación de que ese «nosotros» se nos está haciendo cada vez más pequeño.

Tan pequeño que algunas veces termina exactamente en el borde de nuestro propio ombligo.

Y quizá por eso me impresionaron esos centenares concentrados en el Concello.

No porque fueran pocas.

Sino porque me hicieron preguntarme cuántas podrían haber sido.

No lo sabremos.

Quizá hubiesen sido doscientas. Quizá quinientas. Quizá dos mil. Quizá exactamente las mismas.

Pero me habría gustado comprobarlo.

Me habría gustado ver a nuestros representantes municipales juntos, detrás de una pancarta sencilla, sin protagonismos y sin necesidad de comprobar quién estaba situado a la derecha o a la izquierda. Y me habría gustado ver delante a marinenses que seguramente al día siguiente volverían a discutir de política en el bar, en Facebook, en la plaza o donde les viniese en gana.

Porque eso también es convivir.

No estar de acuerdo.

Estar juntos a pesar de no estarlo.

El miércoles éramos alrededor de veinticinco mil marinenses.

Delante del Concello, unos  cuantos

No sé si el dato dice mucho o dice poco.

Pero a mí me ha hecho pensar.

Y para eso, al fin y al cabo, escribo estas líneas cada semana.

Porque quizá el problema no sea que cada vez tengamos menos cosas en común.

Quizá sea que hemos dejado de buscarlas. Sentidiño, dirían nuestros mayores.

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