Carriola. 24.10.26.
Mis tomates quieren celebrar la navidad
José Iglesias
Llevo años dándole vueltas a una cuestión sobre la que, sinceramente, cada vez me apetece menos escuchar a los que parecen tener todas las respuestas: el cambio climático. Porque resulta curioso que, tratándose de algo tan complejo, haya tanta gente absolutamente convencida de poseer la verdad. Unos aseguran que no pasa nada, que el clima siempre ha cambiado, que en la Antártida han encontrado hielos de hace miles de años que demuestran no sé qué, o que somos demasiado pequeños para alterar un planeta tan inmenso. Otros, en el extremo contrario, parecen empeñados en anunciarnos el fin del mundo cada vez que sube un grado el termómetro, culpabilizando de todos los males a una sociedad que, según ellos, nunca hace lo suficiente. Y entre unos y otros, entre los que niegan cualquier problema y los que parecen disfrutar anunciando catástrofes, estamos los que simplemente observamos, procuramos comprender y, sobre todo, seguimos viviendo.
Yo no soy climatólogo, ni meteorólogo, ni pretendo dar lecciones sobre algo que requiere conocimientos científicos muy superiores a los míos. Mi observatorio es bastante más modesto: unas fincas, un pequeño invernadero, unos frutales y esa costumbre de mirar al cielo que tenemos quienes todavía dependemos, aunque sea parcialmente, de lo que la tierra quiera darnos. Y desde esa humilde atalaya agrícola puedo afirmar una cosa, sin necesidad de consultar complejos gráficos ni escuchar interminables debates: el clima que estoy viviendo no se parece demasiado al que recuerdo. No pretendo convertir mis tomates en una prueba científica, pero tampoco voy a ignorar lo que tengo delante de los ojos.
Esta misma mañana, mientras recorría una de mis fincas, me encontré con una mata de tomate nacida de las semillas que habían caído durante el verano. Hasta ahí, nada extraordinario. Lo sorprendente es que estamos en octubre y la condenada planta está floreciendo y echando pequeños tomates, como si hubiese decidido prolongar el verano por su cuenta. Algo parecido sucede en la finca donde recogí el maíz en agosto. Algunas semillas que quedaron en la tierra han germinado y hoy hay plantas que superan los sesenta centímetros. Mientras tanto, la parcela que estoy preparando para sembrar patata temprana presenta un aspecto que recuerda más al desierto que a la tierra gallega que uno espera encontrarse en estas fechas. Y no, no voy a decir que nunca haya habido otoños secos o temperaturas suaves. Los ha habido, naturalmente. Lo que me inquieta es la sensación, cada vez más frecuente, de que las estaciones están perdiendo aquella regularidad que nos permitía organizar los trabajos del campo con cierta confianza.
Y mientras mis tomates parecen empeñados en celebrar la Navidad colgados de la planta, uno enciende la televisión y contempla cómo en otras regiones, especialmente en el Levante, las lluvias pueden caer con una violencia extraordinaria. Allí tienen ese enorme depósito de agua caliente llamado Mediterráneo, que algunos veranos se parece más a una pota de caldo que a un mar. Por supuesto, un mar caliente no provoca por sí solo una inundación; hacen falta otras condiciones atmosféricas. Pero puede aportar humedad y energía a situaciones que, cuando se desencadenan, resultan devastadoras. Y así nos encontramos con una paradoja difícil de digerir: lugares donde el agua llega de golpe, arrasándolo todo, y otros donde pasan semanas y meses mirando al cielo, esperando que caiga lo suficiente para recuperar lo perdido.
Aquí, en Galicia, hemos vivido durante generaciones con la idea de que el agua era algo prácticamente inagotable. Llueve, tenemos ríos, manantiales, regatos y una vegetación que parece empeñada en recordarnos que vivimos en una tierra húmeda. Pero esa confianza puede convertirse en una peligrosa comodidad. Basta prestar atención a las dificultades que periódicamente aparecen en los sistemas de abastecimiento, a los niveles de nuestros embalses y a las necesidades crecientes de las ciudades para comprender que disponer de agua suficiente no puede seguir dándose por descontado. Si los períodos secos se prolongan, si las lluvias se concentran en episodios más intensos y si la demanda continúa aumentando, habrá que pensar seriamente en cómo almacenar, distribuir y aprovechar un recurso que no podemos fabricar a voluntad.
Y aquí es donde me pregunto si quienes tienen la responsabilidad de planificar nuestro futuro están mirando lo bastante lejos. Porque está muy bien hablar de ahorro, reparar fugas, reutilizar aguas depuradas y mejorar la eficiencia de las redes. Todo eso es necesario y debería hacerse sin demora. Pero también habrá que estudiar, con rigor y sin prejuicios, si necesitamos nuevas infraestructuras de almacenamiento y abastecimiento. No podemos esperar a que una ciudad tenga restricciones para empezar a preguntarnos dónde vamos a conseguir agua dentro de veinte o treinta años. Las obras de esta naturaleza no se improvisan de un verano para otro, ni se construyen cuando el último depósito está a punto de vaciarse.
Y que nadie interprete esto como una invitación a pasar por encima de la naturaleza. Quienes vivimos cerca del monte y trabajamos la tierra sabemos perfectamente lo que significa conservarla. Precisamente por eso me niego a aceptar que la protección del medio ambiente y la necesidad de garantizar el abastecimiento humano tengan que presentarse siempre como intereses irreconciliables. Habrá proyectos que no deban hacerse porque sus daños sean inasumibles, naturalmente. Pero habrá otros en los que puedan estudiarse alternativas, modificar trazados, restaurar hábitats o, cuando resulte viable y esté científicamente justificado, trasladar determinadas especies. Lo que no me parece razonable es convertir cada dificultad en una excusa para no decidir nada. Proteger la naturaleza exige inteligencia, no inmovilismo.
También deberíamos revisar nuestra relación cotidiana con el agua. Para buena parte de quienes vivimos en el campo, abrir un grifo no significa exactamente lo mismo que para alguien que nunca ha tenido que preocuparse de un pozo, un manantial o una finca que necesita riego. No digo que todos los habitantes de las ciudades derrochen ni que en el campo seamos ejemplo de virtud; bastante agua consume también la agricultura cuando no se gestiona correctamente. Pero quien ha visto secarse una fuente o ha tenido que repartir el agua disponible entre distintas necesidades aprende pronto que cada litro tiene un valor que no siempre aparece reflejado en la factura. Y si levantamos la mirada hacia otras regiones del planeta, donde conseguir agua potable exige recorrer kilómetros, quizá comprendamos hasta qué punto hemos convertido un privilegio en algo que damos por supuesto.
Después está la otra gran discusión, la de las emisiones. A los europeos se nos exige, con razones que pueden ser perfectamente legítimas, modificar hábitos, cambiar vehículos, adaptar viviendas y asumir nuevas normas medioambientales. Entretanto, algunas de las mayores economías del planeta continúan emitiendo cantidades enormes de gases de efecto invernadero. China, Estados Unidos y Rusia tienen un peso considerable en ese problema, aunque tampoco sería justo olvidar las emisiones históricas europeas ni negar los esfuerzos que unos y otros realizan en distinta medida. Lo que me preocupa es la eficacia de todo esto si no existe una cooperación internacional suficientemente ambiciosa. Porque el dióxido de carbono no necesita pasaporte, no se detiene en las fronteras y no distingue entre quienes cumplen una norma y quienes no. Se mezcla en una atmósfera que compartimos todos. Y las consecuencias tampoco se distribuyen según los sacrificios realizados por cada país.
Por eso, después de tantos años escuchando discusiones sobre quién tiene la culpa, empiezo a pensar que quizá estamos dedicando demasiado tiempo a discutir el problema y demasiado poco a prepararnos para sus consecuencias. Reducir emisiones es necesario, pero también lo es adaptar nuestros campos, nuestras ciudades, nuestras infraestructuras y nuestros hábitos a unas condiciones que ya están cambiando. Habrá que aprender a almacenar mejor el agua, a consumirla con más sensatez, a proteger los suelos, a prevenir incendios y a planificar pensando en décadas, no en la próxima inauguración. Y habrá que hacerlo sin convertir cada decisión en una guerra entre quienes dicen defender el progreso y quienes aseguran defender la naturaleza, como si ambas cosas estuvieran condenadas a ser enemigas.
Yo seguiré observando mis fincas, que es donde mejor entiendo algunas cosas y donde otras se me vuelven todavía más difíciles de explicar. Seguiré sembrando cuando crea que corresponde, mirando al cielo cuando haga falta agua y sorprendiéndome cuando una mata de tomate decida florecer a las puertas de noviembre. No sé cómo será nuestro clima dentro de cincuenta años, ni voy a fingir que lo sé. Pero tengo bastante claro que esperar a que todo vuelva a ser exactamente como lo recordamos no parece una estrategia demasiado inteligente.
Porque, pensándolo bien, quizá llevemos demasiado tiempo haciéndonos la pregunta equivocada. Más que repetir que el clima está cambiando, deberíamos empezar a comprender que somos nosotros quienes tenemos que cambiar, porque el clima nos está cambiando la vida.
Buena semana.