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Nostalgia del “Chaviño” (De mi libro “Historias de Milo”)

Nostalgia del “Chaviño” (De mi libro “Historias de Milo”)

Carriola.25.10.26

julio@carriola.es

Aclaración previa: Hace unos días asistí a la ceremonia de un bautizo en familia próxima. El padrino de la criatura era un abuelo, como yo, y me comentaba su alegría porque lo habían elegido para esa cristiana función y, durante nuestra conversación recordaba con cierta, o con  mucha, nostalgia los bautizos de otras épocas, de hace cincuenta o sesenta años. Pues a tenor de la ocasión recupero uno de los capítulos de mi libro “Historias de Milo" que cuenta cómo eran los bautizos después de que el niño recibiera la “ducha santa” del agua bendita de manos de Don Josè Sáez Pichel, nuestro inolvidable párroco.

El “chaviño” y la tienda de Esperón…”

 

Julio Santos Pena

Súbitamente  la calle se alteraba. Alguien había visto atravesar la Plaza del Reloj a la comitiva de un bautizo. Don José “Pichel”, el párroco mantenía la máxima de que los neófitos deberían ser bautizados casi inmediatamente a su nacimiento. Como mucho,  a los ocho días de llegar a este mundo. Las madres daban a luz en su casa, atendidas por Encarna, la comadrona que vio nacer a casi todos los marinenses del tiempo de Milo y ayudó en aquel duro y peligroso trance doméstico a tantas y tantas mujeres del pueblo. Tras el parto, las parturientas se quedaban en cama unos días para reponerse a base de caldo de gallina y otras fortalezas culinarias caseras bajo la vigilancia de, casi siempre, sus propias madres. Ninguna mujer salía a la calle con su recién nacido por lo menos, hasta que estuviera bautizado. La mujer, tras el parto y durante la obligada  cuarentena era considerada  impura y ni siquiera podían entrar en la Iglesia por esta causa. Algunas lo hacían por primera vez para acristianar a la criatura pero permanecían en el exterior del templo hasta el ingreso, por el agua bendita,  del neófito en la familia cristiana y, posteriormente, eran recibidas por el sacerdote. Madres, abuelas, padrinos y madrinas de la criatura la sustituían en este trance.

De una u otra forma, el nervioso grupo formado en la casa del recién nacido por padres, padrinos, abuelos, tíos , hermanos y demás familia próxima, se encaminaba hacia el templo de la “Iglesia Vieja” donde, el padre Pichel y su sacristán, los esperaba a la entrada y al lado de aquella concha marina enorme incrustada en la pared que hacía de pila bautismal.

El grupo, luciendo sus mejores galas y dejando ver claramente y orgullosos al neófito que asomaba su carita, dormido o asombrado, entre los albinos ropajes que le habían colocado en casa, llegaba  al templo llamando la atención de los viandantes y, especialmente, de los niños y niñas del entorno que de inmediato corrían, alborozados,  la voz

  • ¡Hay chaviño!, ¡hay chaviño!

La ceremonia religiosa duraba aproximadamente un cuarto de hora y en ella el cura derramaba entre  “latines” y,

sobre la cabeza del bautizado, el frío chorro de agua que casi siempre era  tomado con el llanto y el susto del pequeño o pequeña que lo recibía. La criatura pasaba a manos de la madrina con la atenta mirada de las abuelas que se apresuraban a atusar las vestiduras o secar su cabecita después de aquella traumática e inesperada gélida ducha. Los familiares rodeaban al sacerdote y al niño y escuchaban la ritual conversación entre cura, padres y padrinos de la criatura

  • ¿Qué nombre queréis ponerle a este niño?- decía con solemnidad Don José
  • Jonathan- se atrevían a responder  los familiares interrogados viendo como a Don José se le demudaba el semblante porque, en su fuero interno no concebía más nombres que José, María, Manuel y otros de santos y santas conocidos “de toda la vida” para los cristianos que se preciaran. El cura, no obstante, acababa aceptando cualquier  identidad no sin antes, con cierta frecuencia, dejar constancia de su queja por aquellos nuevos nombres que irrumpían en el santoral para en perjuicio de los clásicos que él siempre defendía.

   Mientras tanto en la calle estaba formado ya un numeroso grupo de niños y niñas del entorno que se habían pasado la buena nueva con más rapidez que el mismísimo rayo

  • ¡Hay chaviño!, ¡Hay chaviño!- había resonado la convocatoria por todas las calles de la zona generando aquella concentración de chavales dispuestos ya bajo la escalinata a la espera de la salida del nuevo cristiano y sus acompañantes.

La ceremonia había finalizado; Don José y el sacristán se retiraban a la sacristía seguidos de los padrinos mientras los demás esperaban su retorno al grupo para ser inmortalizados por uno de de los fotógrafos del pueblo con imágenes para el álbum familiar. El padrino soltaba, no siempre de buen agrado, el estipendio que la Iglesia establecía para el caso y retornaba para colocarse en el lugar preferente de la fotografía luciendo la mejor de las sonrisas al lado de todos los demás que rodeaban al incipiente cristiano, ajeno ya a cualquier ceremonia, dormido y repuesto de la ducha fría que poco antes había recibido desde la plateada concha de vieira que el cura manejaba con toda maestría para que no se perdiese ni una gota del agua bendita.

A aquellas alturas la grey infantil tácitamente convocada aguardaba al pie de la escalinata la aparición del festivo grupo que ya relajado y sin prisas asomaba por la puerta principal del templo acaso sin acordarse de lo que les esperaba en el exterior. De repente, los chavales que se habían percatado de la salida empezaban a cantar en voz alta:

  • ¡Un chaviño, senón morre o miniño!; ¡Un chaviño, senón morre o miniño!,- y así varias veces a coro llamando la atención del padrino que ya tenía que haber contado con aquel reclamo y tener dispuesta en uno de sus bolsillos una buena cantidad de monedas para lanzarlas al aire hacia el grupo reclamante del “chaviño” sopena de encontrarse con el abucheo general que podría hacerle enrojecer de vergüenza.

El ya resignado padrino, casi siempre conocedor de su tácita obligación, lanzaba “a la repañota” el puñado de monedas de todo tipo, habitualmente  de escaso valor. Monedas de pataco (décima parte de una peseta); de chica (cuyo valor era mitad de un pataco) mezcladas con reales del agujero en medio; de dos reales y alguna que otra peseta, volaban sobre las cabezas de los reclamantes del “chaviño” que intentaban alcanzarlas en vuelo o, en caso contrario, llegar antes que nadie al lugar hasta donde habían rodado por el suelo. Casi siempre en esta pelea eran los mayores quienes más se beneficiaban porque hacían valer su superior estatura o su velocidad y fuerza a la hora de coger las monedas del suelo sin cortarse si tenían que  emplear sus pies para llegar a las monedas aunque para ello tuvieran que aplastar  los dedos de otros que intentaban echar mano de ellas un segundo antes.

Milo solía tener poca suerte a la hora de recolectar monedas procedentes de la lluvia del “chaviño” pero se conformaba porque siempre acababa con alguna que otra en sus manos aún a costa de arriesgar sus dedos ante el hipotético pisotón de los más violentos.

Algunas veces el padrino, por no ser del pueblo o por puro olvido de las “obligaciones” impuestas por la tradición infantil, no llevaba monedas para crear la mágica lluvia pecuniaria, con lo que se ganaba el mayor desprecio del respetable público infantil que insistía una y otra vez sin mayor resultado el canto de

  • ¡Un chaviño, senon morre o miniño!- o aquel otro  que decía
  • ¡Padrino lagarto/ eche usted los cuartos/ no los gaste en vino / échelos por alto! Copla que había llegado aquí desde otros lugar de España donde tambièn existía aquella costumbre- Y todo ello haciendo pasar un amargo trance al pobre hombre que enrojecía ante los asistentes al espectáculo.

La comitiva, con el niño o la niña ya cristianizados tomaba el rumbo contrario a su llegada para celebrar en familia el convite en el que no faltaba el gallo en pepitoria que había sido víctima propiciatoria, veinticuatro horas antes, de la cristiana ceremonia. Milo y todos aquellos que habían conseguido recoger alguna moneda optaban, bien por guardarla si el valor era “decente”, bien por entrar en la tienda de Esperón, situada justamente frente a la puerta del templo, para gastárselas en bolitas de anís, higos secos, uvas pasas, regaliz, cacahuetes o cualquier otra de aquellas chucherías a gusto del consumidor. Al final, casi siempre el mayor beneficiado del “chaviño” era el viejo Esperón en cuya caja acababan casi todas las monedas que minutos antes habían volado sobre las cabezas de los rillotes.

Por entonces el niño, la purificada madre y sus acompañantes estaban ya lejos cumplida la misión religiosa que había originado 

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La tienda de Esperón era, como otras muchas de las que se conocían como “ultramarinos”, establecimientos de, básicamente, alimentación a granel. Tenía un olor peculiar e inconfundible a un poco de todo y en su mostrador se esparcían los chorizos y embutidos, cajas de membrillo abiertas y quesos de tetilla dispuestos para su venta al corte a cuchillo así como las básculas a cuyo lado se encontraba apilado el oscuro papel de estraza que lo envolvía todo. Al lado y enfrente al mostrador, los sacos de garbanzos, lentejas, patatas, habichuelas y demás alimentos de los que Esperón sacaba con una gruesa cuchara de zinc la cantidad más o menos pedida por el cliente para su pesado, bien en la báscula de dos platos y una aguja central con  pesas de hierro, bien en la moderna con un solo platillo donde la aguja se movía por el panel de medida de derecha a izquierda a la vista del comprador hasta llegar a la medida supuestamente justa mientras el tendero iba añadiendo o quitando cantidades del producto pedido para conseguirla.

Las estanterías de la tienda situadas lejos del alcance de los clientes y a otro lado del pasillo que daba al mostrador por el que se movían quienes despachaban los artículos,  llegaban hasta el techo y exponían un colorista muestrario de todo lo que tenía la tienda con paquetes de harina y  azúcar, latas de café, membrillo, conservas, botellas de aceite,  licores varios y un sinfín de artículos muchos de los cuales parecían no haberse movido del sitio en años. Entre toda aquella amalgama de ofertas, Esperón se movía como pez en el agua, cubierto con su polvero gris y siempre pendiente de quienes entraban en la tienda por si echaban mano a algún artículo a su alcance para intentar después no pagarlo. Con sus gafas colocadas a media nariz y echando la cabeza hacia  atrás levantando la punta de su nariz,  el hombre miraba la medida que la báscula daba de éste o aquel producto que ya descansaba sobre la bandeja de pesada sobre un papel de estraza que, una vez calculado el importe, acababa doblándose sobre el pedido haciendo un paquete muy singular e inconfundible que se repetía en todas las tiendas de ultramarinos como a de Esperón de las que había varias en el pueblo de Milo.

Aquel día Milo estaba esperando junto con otros muchos niños del entorno la salida de un bautizo para reclamar el “chaviño” y se apostó en la puerta de la tienda que era un buen punto de recepción de monedas aéreas, pendiente de la salida del padrino que era el personaje de la ceremonia que más interesaba a los rillotes. El niño se fijó que dos conocidas mujeres de raza gitana, ataviadas con sus diferenciadoras vestimentas, entraban en la tienda y les facilitó el acceso bajándose del escalón de la entrada. Una de ellas fue directamente a los barrilillos poco profundos que, entrando a la izquierda se encontraban llenos de carnes de cerdo saladas mientras su compañera se se dirigía al interior. El señor Esperón, dio claras muestras de alerta y se acercó lo que pudo por dentro del mostrador hasta el lugar donde la primera extraía de los barriles los mejores trozos de la carne que elegía palpando cada una de ellas para buscar la mejor tajada y las colocaba en un gran cacharro de lata que llevaba apoyada en su barriga. El tendero no le quitaba ojo de encima momento en que la otra gitana balbuceando una excusa dijo que iba a algún lugar y pidió a su compañera que la esperase en la tienda unos momentos. La segunda gitana con la lata llena de carne salada como para dar de comer a un regimiento, se mantuvo quieta a la espera de que su hermana volviera, tal como le había indicado. Mientra tanto, Milo observaba la escena sin quitar ojo de la puerta principal del templo por donde no acababa de salir el padrino del bautizo y sin perder el punto de privilegio al que había llegado con el tiempo suficiente.

La gitana, inmóvil, sujetando la rebosante lata con sus dos manos y sabiéndose vigilada por el señor Esperón, parecía inquietarse por la tardanza de su compañera hasta que decidió que ya estaba bien de tanta espera y dirigiéndose a la zona más interior del mostrador dijo al tendero

  • Mire uzté; No zé que ha pazado con mi hermana que tarda musho. Voy a ver donde eztá ezta mujé; Aquí le dejo la lata y luego venimo a buzcarla y a pagarle a uzté . . .

El señor Esperón comprobó desde su atalaya de observación en el otro extremo del mostrador, como, en efecto, la gitana ponía la lata llena de carne salada en un lugar adecuado para su reserva no fuera a ser que otro cliente viniese y se llevara los productos elegidos y apartados ya por ella y atravesando toda la tienda salía por la puerta principal dejando tranquilo al tendero que abandonó su posición de alerta y volvió a su quehacer anterior. Milo había escuchado a la gitana y se retiró cuando ésta pasaba por la puerta con ágiles movimientos para buscar a su hermana.

Casi al mismo tiempo, el bautizo salía del templo y sin apenas dilación, el padrino se adelantó al grupo y echando mano al bolsillo de su chaqueta extrajo un buen puñado de monedas de todos los colores haciéndolas volar por encima de las cabezas de los niños a los que apenas dio tiempo a reclamar el “chaviño, se non more o miniño”. Los niños se apresuraron a recoger aquella nube de riqueza y entre ellos Milo que aquel día, por fortuna consiguió dinero suficiente para comprar en la tienda de Esperón los cacahuetes crudos que tanto le gustaban. La comitiva bautismal desapareció casi de repente y la normalidad volvió a la calle donde cada uno contaba el producto de su destreza. Alguno de ellos se lamentaba de no haber cogido nada e incluso uno lloraba en un rincón mostrando su dolorido dedo de la mano derecha que había sido pisado por un indolente mayor cuando intentaba tomar su parte del botín. Milo, con su tesoro, se dirigió a la tienda de Esperón en busca de sus merecidos cacahuetes crudos.

  • ¡Sinvergüenzas!, ¡Ladronas! – oyó que gritaba desaforado el tendero moviéndose de un lado a otro por dentro del mostrador. Parecía echar fuego por sus ojos y humo por la cabeza tal era el estado de nerviosismo que mostraba mientras su esposa, más sosegada y en el otro extremo de la tienda trataba sin conseguirlo de recomendarle tranquilidad.

El tendero esgrimía una lata redonda en su mano derecha  que Milo identificó como la que había usado la gitana para ir recogiendo la carne de cerdo salada de los barriles donde estaba expuesta  y había dejado en el fondo de la tienda mientras que, supuestamente,  iba a buscar a su hermana para venir por ella después y pagar su importe. Cuando el tendero, sin conseguir serenarse explicaba a una mujer  que había entrado lo sucedido, Milo pudo ver como aquella lata redonda carecía de fondo

  • La muy sinvergüenza – decía fuera de sí el tendero – parecía que iba echando la carne en la lata pero como no tiene fondo se le iba cayendo al mandilón y cuando la dejó encima del mostrador, puso un trozo de costilla como si rebosase la lata para hacerme creer que allí quedaba la carne. . . ¡Sinvergüenzas!, ¡Ladronas!, tendrían que estar en la cárcel – seguía andando de un lado a otro por dentro del mostrador.

Milo no se acababa de creer el teatro que habían representado aquellas dos gitanas y reconoció que a él, que estaba presente en su transcurso, también le había parecido que la lata que quedara reservada en el oscuro fondo del mostrador estaba llena de la carne extraída de los barriles por la gitana. El chaval junto a otros que también iban dispuestos a gastar parte o todos sus tesoros, esperó algún tiempo a que el señor Esperón se calmara pero no fue así y el hombre seguía protestando contra todo y contra todos, balbuciendo frases y maldiciendo a aquellas dos mujeres que se habían llevado la mercancía que evidentemente, daba por  perdida. Y como el hombre seguía despotricando y explicando a su manera el “trabajo” de las dos pillas, Milo decidió que lo mejor era marchar y esperar a mejor momento, quizá por la tarde,  para comprar sus cacahuetes crudos.

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