Comisiones de fiestas: Recordando a Señora Concha
Carriola.Julio Santos Pena.12.07.21
Las cosas han cambiado mucho en unos cuantos años en todo, pero hoy se me ocurre comparar las fiestas de ahora con las de hace, por ejemplo, treinta años. En unos y en otras lo que se ve, en los años “normales” no afectados por pandemias y otras cruces, es el deseo de quien las organiza de que sean bien aceptadas por el pueblo y que ese pueblo lo pase pipa durante la semana o los días que duren los festejos con música, animación, verbenas, fuegos artificiales y otras maravillas que, si están bien preparadas, satisfacen a ciudadanos y organizadores y, si no lo están, pues los unos critican a los otros y los otros se defienden como pueden culpando a los “unos”, si pueden.
Lo que diferencia lo de hoy a lo de antaño es “la pasta”, porque todo lo que se hace cuesta dinero y, diríamos, mucho dinero en algunos casos. Ahora, como la comisión festera es oficial, la “pasta” sale de los presupuestos municipales y, quienes los manejan, juegan a su modo, con el respaldo de las arcas el concello. Es cierto que tienen que ajustarse a unas cantidades pero también que, si se pasan, o en algún año juegan con “pólvora del Rey”, el presupuesto municipal responde con unos cambios de renglón de las partidas y, todos contentos.
Hace unas décadas, las fiestas también eran municipales pero los munícipes buscaban a un penitente del pueblo al que le ofrecían el honor de ser el presidente de la comisión. Casi siempre aparecía alguien dispuesto a poner ideas y sudor propio para dotar al pueblo de los mejores festejos posibles. Y el penitente, que se había metido con toda la ilusión en el ajo, se rodeaba de algunos colaboradores tan ilusionados como él y, desde un par de meses antes, sabiendo que el ayuntamiento no le iba a dar un pataco, empezaba, primero a recorrer las casas, los negocios y los bares de a localidad pidiendo para reunir el dinero suficiente con el que contratar lo mejor posible. Y venga a llamar a las puertas recibiendo ayudas de buena gana y con mejores palabras, en menos casos que cajas destempladas en la mayoría de vecinos que, poniendo cara de vinagre le echaban la culpa de la mierda que se acumulaba en su calle, del bache que no se daba arreglado, del recibo del agua que era una barbaridad y además no había agua y de la multa que le habían metido un día por tener el coche “un momentiño” delante de su casa en zona prohibida.

El presidente de las fiestas que era solo un hombre de buena voluntad, y quienes le acompañaban, ponían buena cara, muchas veces colorada por el chorreo recibido sin comerlo ni beberlo, extendían la mano para recibir la limosna dada con mala gana, y salían maldiciendo el día en que se habían comprometido a la organización de los festejos, decisión que los había hecho responsables de la inutilidad de los políticos y alcaldes de turno sin tener nada que ver con ellos. Y así, día tras día
Y , ¡hale!, a ver cuánto hemos reunido, contaban de vez en cuando para ver a donde podrían llegar. Porque esa era otra, si conseguían buenas orquestas, sesión de fuegos, cosas para niños y música de alborada con gaitas o bandas, menos mal, pero, si no era así y había que apañar un programita, la crítica les venía encima, y la desconfianza también, porque siempre habría quien pensara que se habían hecho ricos todos, y el presidente, más.
Y llegaba por fin la semana grande. Los comisionados tenían que estar alerta de todo, pelear con los feriantes para que pagaran sus cuotas, vigilar las actuaciones para que no sucediera aquello de “jaiteiro pajo, nunca ben tocou” y en general, sin dormír la semana entera con toda la preocupación del mundo. A todo esto, los munícipes que les habían hecho el honor de endilgarles la píldora, presentes en todos los actos de todo tipo con traje de gala y cara de satisfacción por el trabajo bien hecho sin soltar una peseta, aquella moneda mágica, que teníamos en la época.
Fin de las fiestas y a liquidar la cuestión económica. ¡Ostras, Pedrín! Nos hemos quedado colgados en unos miles (a veces muchos)… pues a apoquinar del pecunio particular o quedar como puferos irredentos delante de orquestas, restaurantes donde habían comido los músicos, imprentas donde se habían hecho los carteles y programas, o sabe Dios de quien más, sin solución de continuidad porque, los munícipes que habían llevado los laureles de la celebración festiva, se lavaban las manos e…¡que chova!.
Ni un ápice de exageración, se lo aseguro, y puedo hablar con cierta experiencia de aquellas situaciones que se dieron realmente. También he de decir que, en alguna ocasión, a algún presidente se le quedaron entre los dedos algunos billetes para resolver sus “cosillas” pero a éste tuvieron que hacerle el desquite los penitentes de segundo orden a los que había reclutado tres meses antes y cayeron en su “ganapán” como camarones parvos llevados por la subida de la marea. Pero esos fueron los menos.
Y ahora viene la referencia a la Señora Concha Sanjorge q.e.d. (qué manía de decirle “La Caralavada” cuando era “La Pardilla” como cada uno de nosotros tenemos alcume de saga familiar propia). La Señora Concha estaba siempre al quite. Hubo años que fue difícil encontrar al “parvo de turno” y, Marín a punto de quedar sin fiestas, a ella le hervía la sangre por lo que, una semana antes de las fechas habituales, se armaba de valor y salía a la calle por los bares, por las casas, por los amigos a recaudar lo que pudiera para que Marín no quedara sin algo de fiestas por pequeñas que fueran. Y nunca le cayó la cara de vergüenza a nadie, del ayuntamiento o de fuera de él, al cargar a aquella mujer con semejante responsabilidad. A ella tampoco le importaba y, además, tenía un descaro igual o superior a quienes, al extenderle la mano para pedirle colaboración, se le ponían a rezar el rosario de sus quejas contra el concello, pera dejarles con la palabra en la boca y darle por encima las gracias por nada.
La señora Concha en una ocasión, como ejemplo, entró en una afamada cafetería de la Calle Real que tenía una máquina de bolitas de chicles en el dintel de la entrada. Entró, hizo su petición y, cuando vio que el propietario, tras soltar la retahíla de habitual, le dio 20 míseras pesetas, le respondió con las gracias de siempre y, al salir y ver la máquina de chicles, metió las 20 pesetas por la rendija, guardó las bolitas, se asomó a la entrada del bar y le espetó “Oes, aquí che quedan os catro pesos e mañan eite mandar a banda de música á porta”.
No fue una sola vez; la señora concha estaba siempre al quite y tenía además una devoción especial por San Antonio. Mientras ella vivió la mañana del día 13 de junio sonaban a las diez en punto las doce bombas de palenque por el Santo de su devoción para lo que ahorraba todo el año. Alguna de sus hijas, tras su fallecimiento que dejó a Marín huérfano de simpatía y amor al pueblo, le siguió la costumbre.
La señora Concha nunca dejó a Marín sin fiestas. Es que era la irrepetible Señora Concha