Carriola.15.11.21
RECORRER LAS CALLES DE MARÍN
Por José Ruiz Guirado
RECORRER las calles de cualquier ciudad, es hacerlo en los recovecos de su intrahistoria. Marín, no lo iba a ser menos. Y ya, si lo hacemos de la mano de Manuel Torres, quien detrás de un pintor, hay un hombre de letras; estamos obligado a retomar las palabras de don Xosé Filgueira Valverde: Porque hai unha caste de artistas, e certo modo ermos, que chegan a te-lo mester mais requintado e non poden revelar un cultivo fondo do espíritu.” (Lo tengo dicho en alguna ocasión: “no debe alguien que no sepa escribir en un decente “galego”, maltratar una lengua tan hermosa.” En mi caso, afortunadamente, puedo leerlo con fruición, placer y soltura.) Sigamos, pues, con las palabras de Filgueira en su verbo natal, descubriendo cómo fue aquel tiempo en “a Bando do Río”: “A banda do Rio era a bando do río, en que os rillotes xogaban á estornela na área do Forte e as peixeiras corrían cara a mercado pontevedrés con aquel alancar que Casto Sampedro chamaba “saltipaso volador”… Saberedes da Siña Aquela, da Siña Binita, da parábola de Don Blas, da chegada das castañeiras e dos rapaces dos barcos que durmían na tilla e tiñan que espertar-los “compañeiros”coa primeira luzada do día. E tamén da rolda das estacións coas sus festas: o Nadal, os Maios, o Corpus, en evocacións sinxelas e xogorais…”

Nada que añadir. Quienes conocen la obra de Manuel Torres, no necesitan de este recorrido por las rúas marinenses propuesto por quien esto suscribe. En todo caso, diría que el olor, el rumor penetrante por los sentidos oportunos, le faltarían a ese paseo virtual. Sus cuadros no son otro asunto que recorrer esta Banda do Río, cuando lo era: tipología de la vivienda, con sus colores, sus brillos, sus luces. Sus embarcaciones balanceándose con la ida y venida de las mareas. Las pescantinas trayendo y llevando sobre su “molete enteiro servilletado” el preciado fruto del mar aún vivo. Manos, miradas, arrugas, vestimentas que llevan en sus mandiles el rumor y el olor del mar. Calles, plazas, rúas hechas de mar y de habla marinense, batir de remos y redes a orear.

Remataba Filgueira: “Cántas veces o entrar Na sala Manuel Torres , paréceme escoitar ás xentes que perennnizou nos seus cadros”. Mas no hace falta: en las rúas de Marín, la algarabía lleva en su son esa forma hacer música del verbo hablado. Hemos tenido la impresión de recorrer las rúas, acompañados de un cronista, un escritor que, además, escribe en esa tercera dimensión: la pintura. Y lo hace como quien, en su día, lo recorría en su rutina diaria: en ese mundo de un Marín consuetudinario.