Hace ocho años, en estos días de febrero, Ismael Lorenzo, nuestro Ismael de siempre, pasó a la otra vida donde creemos firmemente que el Señor tiene un hueco especial, lleno de felicidad eterna para las gentes que, como él, anduvieron por este mundo sin otro horizonte que la vida misma.
Frecuentemente hemos leído publicaciones en las que se ha exaltado la figura de Ismael, de nuestro Ismael, como si se tratase de un gran artista capaz de ofrecer espectáculos musicales aquí o allá. Pero, quienes hemos vivido la infancia a la par que su presencia por nuestras calles, podemos agradecer las buenas intenciones de sus autores, pero sabemos que no necesitaba tanto Ismael para ser feliz.
Es cierto que su pasión era actuar y le bastaba con una servilleta sobre un peine para imaginarse que tocaba la mejor de las armónicas del mundo, a la vez que cantaba la canción del “Alacrán” o “Apaja a lus” o “María que te estás lavando”, acompasando el ritmo con el golpear de su pie en el suelo. Su deseo era siempre que le dejasen subir a un palco de las orquestas para sentirse artista imaginando allá abajo, a sus pies,a la multitud a la que también imaginaba aplaudiéndole por su contribución al jolgorio y por éso recorría cuanta fiesta popular se celebraba en las más remotas aldeas del entorno.
Su gran pasión era llegar a tener un acordeón y poder tocarlo como Diosiño, aquel virtuoso de la orquesta Florida que era un verdadero “Dios” para Ismael. Fue una ilusión cumplida porque alguien le hizo inmensamente feliz regalándole uno de esos instrumentos en el transcurso de la parte de su existencia que vivió en el asilo pontevedrés de ancianos al que accedió sin ser tal, pero con la fortuna de poder compartir, con la cariñosa acogida de las monjas, los últimos años de vida de su propia madre también allí recogida.
Ismael, coetáneo de Manuel Balán, (cuando a éste aún le faltaba mucho para ser el famoso Jonh Balan), y de José Soto (Patata) recogía algunas monedas, siempre pocas y pequeñas, que los voluntarios le daban para premiar simbólicamente sus actuaciones, y las repartía con los otros dos que también montaban con él el curioso espectáculo. Alguna vez, al retorno hacia Marín, al travieso Balán se le ocurría aparecer en cualquier cruce de caminos, con la cara tapada por un pañuelo, pistolas en ristre (aunque no fuesen más que los dedos índices de sus manos), e imitando la voz de un peliculero atracador para dejarlos sin blanca. Nunca llegué a saber si Ismael se daba cuenta de quién era el asaltante de caminos, pero estoy seguro de que a él no le importaba la travesura porque la gloria de haber cantado en el palco de la orquesta aquella noche con su peine a modo de armónica, llenaba todas sus ansias.
Le recordamos muy joven por las calles de Marín escapado de su casa aunque su madre acabó por dejarlo por imposible consciente de que aquel bohemio no tenía otras ansias y le echamos de menos cuando desapareció de la escena, hasta que supimos que se encontraba recluido en el asilo de Pontevedra, junto a su madre. Fue para todos un alivio y desde entonces sólo supimos de él por frecuentes apariciones en las fotografías de los periódicos cuando, con motivo de alguna celebración interna o la visita de colectivos o autoridades a aquel benemérito centro, se le veía con una guitarra o con su acordeón de los que, seguramente, arrancaba sonidos sin acorde ni orden, pero con toda la ilusionada alma de un músico especial como lo deseó ser siempre. Muchos músicos de verdad que acostumbraban a hacer visitas al asilo, lo invitaban a tocar con ellos y entonces Ismael estallaba de felicidad infantil, porque él nunca dejó de ser niño, al verse de nuevo ante el público que siempre imaginó numeroso y rendido a su peculiar arte.
Descanse en paz nuestro Ismael Lorenzo, inhumado lejos de su Marín natal tras haber vivido sus últimos meses en un centro coruñés, y al que hoy queremos recordar con el cariño que se merece por haber sido una persona buena e inocente a lo largo de toda su vida.
Bendita sea su inocencia y que Dios se lo premie.
Julio Santos Pena