Carriola.Julio Santos Pena.30.04.22
El pasado jueves el dinámico grupo que lidera Chicho Montoto y se encarga de dinamizar los festejos de Cantodarea, inauguró el que denominaron con humor y con amor, “Auditorio de María de Román” acto del que ya hicimos extensa crónica en Carriola. El mencionado auditorio no es más que una larga escalinata en los espectadores sentados en los peldaños, disfrutaron de un verdadero festival de actuaciones sobre el artístico palco creado por la propia comisión. Y se me dio por pensar en que fácil es ilusionar a la gente con ideas tan simpáticas como esta que va a consolidar aquel lugar como un punto donde ofrecer a os vecinos entrañable cultura y música al aire libre.
Y me ha venido a la mente recuerdos de otros tiempos en que tampoco hacían falta grandes recintos para que disfrutásemos de espectáculos como los de “Las Comedias” que se presentaban en las plazas por compañía sde cómicos llegados de cualquier parte, que mostraban sus actuaciones uno o varios días. Y sé que a muchos de nuestros seguidores en Carriola les gustará recordar aquella realidad de los años cincuenta del pasado siglo, por eso he echado mano de una parte del capítulo “Las noches más largas” de mi libro “Historias de Milo” que se titula “Las Comedias”. Recordar es volver a vivir-

Las Comedias
Con el calor y la bonanza nocturna, la vida en la calle se alargaba con frecuencia. En las cercanías de la Plaza de Abastos, entre ésta y la calle Rivera, se formaba una pequeña explanada abrigada de los frecuentes y molestos vientos del norte que aportaban un incómodo frío muchas veces repentino. Allí se ofrecían las populares “Comedias”, unos espectáculos de variedades que comenzaban ya entrada la noche y reunían al vecindario en torno a un modesto escenario montado al efecto por la compañía de turno.
Ya por la tarde, un grupo de comediantes había anunciado por las calles del entorno la celebración del espectáculo. El que podría ser el director o mayor responsable de la farándula, se hacía oír mediante un vistoso megáfono manual compuesto por un tubo cónico que aproximaba por su extremo más estrecho a su boca para gritar a los cuatro vientos
-¡¡Atención, mucha atención!!, esta noche gran espectáculo de variedades en las proximidades del mercado con actuación de ... - e iba nombrando los números más destacados que los vecinos podrían ver gratuitamente si se acercaban al lugar indicado.
Mientras el director anunciaba el espectáculo con todo lujo de detalles, casi siempre una de las “vedettes” de la compañía que le acompañaba mostraba sus mejores sonrisas, especialmente a los hombres que por allí estuvieran y varios centímetros de muslo magistralmente disimulado con coloristas batines, además de un frondoso canalillo pectoral que era el mejor de los reclamos para el público masculino del entorno. Con frecuencia, entre las rebuscadas frases pronunciadas por el experto anunciador, algún saltimbanqui de la compañía realizaba demostraciones de contorsión o malabares que eran el mejor de los aperitivos para niños y mayores. Casi siempre el espectáculo se anunciaba para las diez de la noche aunque todo el mundo sabía que no se empezaría hasta que el director, viendo por alguna rendija de la cortina que cerraba el escenario, no comprobara que había público suficiente.
- Mamá, hay comedias- dejaba caer Milo en su casa para comprobar, por la cara que pondría su madre o su abuela, si aquella noche tendría ocasión de asistir al espectáculo callejero. La primera reacción de la madre era siempre negativa
- Son muy tarde; además son para mayores – respondía como siempre la mujer, aún sabiendo que al final acabaría cediendo a la insistencia de Milo que conseguido su propósito salía de casa para buscar la complicidad de otros niños de la calle con los que acudir a la sesión.
- Bueno – terminaba la madre- Pero al terminar, rápido para casa ¿eh? - decía en tono poco menos que amenazante para presionar el retorno de Milo cuanto antes. La mujer quedaba siempre muy preocupada porque había oído que durante la convocatoria hecha en la calle por los comediantes, la piel de la pintarrajeada rubia había visto el sol más de la cuenta y, para su fuero interno, se decía siempre.
- Ésas comedias no son cosas para niños.
Poco antes de las diez de la noche y tras las últimas recomendaciones de la abuela y las serias advertencias de su madre, Milo, cargaba con una de las banquetas del taller de costura y en la compañía de Paquito y otros niños de la calle bajaba la cuesta de su calle desembocando en el lugar de la representación. Allí ya se habían congregado numerosas personas de todas las edades y permanecían sentadas en sillas y bancos que, como había hecho Milo, llevaban de su propia casa para asegurarse una cómoda velada. Tras las cortinas del escenario se adivinaba actividad y la presencia de una persona que, de vez en cuando, colocaba un ojo en la rendija de cierre seguramente para comprobar si el público era suficiente. Tras él, varias sombras realizaban movimientos preparatorios de un lado para otro mientras se oía la música de un viejo tocadiscos con el que la compañía pretendía ambientar el lugar. El público iba rellenando los huecos de la callejera platea y siempre se impacientaba cuando, tras veinte minutos de espera, no había más señales que las evoluciones de los faranduleros tras las cortinas por entonces cerradas. Empezaban a oírse los primeros silbidos y las palmas cada vez más unísonas y el canto del impaciente “gallinero”
- Que empiece ya / que el público se va/ – repetido hasta que, por fin, en medio de la expectación general, el director, sin abrir las cortinas, salía al exterior haciendo respetuosas flexiones de cintura mientras las reivindicativas palmas se convertían en el primer aplauso de aprobación general.
El hombre, vestido con sus coloristas y mejores galas de cómico echaba la última ojeada al público tratando de calibrar el resultado económico de la sesión contando las cabezas de las personas mayores y frunciendo el gesto al comprobar la presencia de demasiados niños y niñas que serían los espectadores menos rentables y, seguramente, los más inquietos durante las actuaciones de la noche.
- Buenas noches, señoras y señores, respetable público – empezaba con rimbombante tono el director que, tras hacer una nueva reverencia anunciaba una noche de gran espectáculo con números de sorprendente calidad artística. Y tras una no corta verborrea daba paso a la primera actuación que para impactar al respetable sería la de la ceñida rubia que arrancaba los primeros aplausos al son de un pasodoble, moviendo el abanico mientras la peineta clavada en su moño lanzaba refulgentes reflejos de los focos de luz instalados en el escenario. La mujer iba de un lado para otro cantando con estudiada maestría y dejando entrever a cada paso una de sus piernas hasta mucho más arriba de la rodilla lo que revolucionaba a los hombres presentes en la calle que se relamían en semejante espectáculo. La cantante finalizaba su primera actuación con una estudiada pose rodilla en tierra elevando su sonriente cara y sobre ella el abanico y aprovechando para que de nuevo el muslamen añadiendo una buena ración de canalillo pectoral mientras escuchaba los enardecidos aplausos del público.
El director anunciaba otro número de inmediato que bien podría ser el de sus contorsionistas, una pareja joven que realizaba cabriolas a veces increíbles sobre la misma calle y ante el escenario, momento que aprovechaba para apartar de allí a los molestos niños que se habían apoderado de las primeras filas y que tendrían que buscar nuevas posiciones en los laterales del publico que por entonces ya era numeroso.
Así iba transcurriendo número a número el espectáculo aunque todos los presentes sabían que la escaleta de actuaciones escondía todavía algún número especialmente “picante” que era la esencia de todas las compañías de comedias que aparecían a lo largo del verano por el pueblo. Pero antes, y aprovechando el evidente interés del respetable, el director anunciaba el paso de varios miembros de su compañía por entre el público solicitando con unas bolsas la aportación económica voluntaria de los asistentes que ya conocían su tácita obligación de aportar algunas monedas como pago de aquella noche de divertimento. La compañía hacía también varios sorteos de regalos de poco valor entre quienes adquirieran rifas para ello lo que originaba una interminable subasta de tiras de papel con números para la rifa por las que el respetable pujaba animado, casi obligado, por la intensidad de la oferta que hacía el director de las Comedias desde el escenario, y con ello completaban la siempre incierta bolsa de recaudación como pago a su trabajo.
Entre chistes que los niños apenas entendían, y escenas teatrales que desataban la hilaridad del público, la noche transcurría con normalidad hasta la llegada de la traca final esperada por la mayoría de los hombres presentes en que la artista entraba en función mostrando sus verdaderas cualidades físicas y químicas para escándalo de las mujeres asistentes que daban codazos a sus maridos en los que los ojos brillaban de forma intensa cuando aquella mujer, ataviada con un muy atrevido bañador de dos piezas, cantaba con pícaras miradas
- “Llévame a la pisci-na, na / ci-na,na / ci-na ,na / llévame a la pisci-na,na/ llévame en autocar”– mientras levantaba sus piernas y, acontinuación aumentaba la prominencia de su pompis para seguir: “Porque una niña bien / conozco yo / que de tanto nadar / casi se ahogó/ - y vuelta a empezar con el estribillo de la “pisci-na, na”, incrementando sus movimientos para mayor calenturón de los asistentes, por entonces con la líbido fuera de sí poco acostumbrados a semejante visión.
Todavía no se había retirado del escenario la exuberante mujer cuando por la otra banda del mismo apareció otra joven, ésta con un bañador de dos piezas de los que estaban casi prohibidos, cantando otra canción mientras movía pícaramente sus armas de mujer:
- “La niña que a la mar / se va a lavar los pies / debe tener cuidao / que no le pique un pez/ que no le piquen dos / que no le piquen tres / la niña que a la mar / se va a lavar los pies”.
Y aquella segunda aparición acababa por elevar la temperatura del ambiente arrancando los enardecidos aplausos principalmente de los hombres.
La sesión finalizaba con las cortinas cerradas y el director delante de ellas anunciando que al día siguiente volvería a haber un nuevo espectáculo con grandes novedades que, al final, no pasaban nunca de ser más de lo mismo.
Milo y los demás amigos de la calle comentaban por la mañana cada número de los vistos y sobre todo la actuación de la vedette que tanto les había impresionado y el chaval buscaba la manera de convencer de nuevo a su madre y a su abuela para que le dejasen acudir a la segunda sesión de las comedias cosa poco fácil porque a oídos de ambas mujeres ya había llegado el escándalo de la “Pisci- na, na” de la semidesnuda y pintarrajeada rubia que había revolucionado al personal la noche anterior.
- Esas comedías no son para niños – repetía la madre una vez más decidiendo que no dejaría ir a Milo aquella noche al espectáculo pero sabiendo que, al final, claudicaría ante a insistencia del chaval.
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¿A que es cierto eso de que recordar es volver a vivir?. Pues aprovecho para contestar a algunos interesados, cuando he transcrito otros capítulos del mencionado libro que, estando agotado en librerías desde poco tiempo después de su edición, en el año 2012, se puede pedir en Ámazon y para ello basta con poner el título “Historias de Milo” en Google y seguir las instrucciones para recibirlo en pocos días tanto en edición digital como en papel.