Carriola.Julio Santos Pena.29.05.22
Esta semana García Carragal en su página hacía referencia a los cincuenta años que han pasado ya desde el fallecimiento de Antonio López Martínez, “Antonio” futbolista de gratísimo recuerdo para los marinenses que compartimos calle con él en aquellos tiempos de infancia/juventud y disfrutamos después de sus éxitos deportivos
Antonio era un poco, bien poco, mayor que yo. Vivíamos muy cercanos uno del otro, él y sus hermanos en La Veiguiña, y yo, en Secundino Lorenzo con lo que pertenecíamos a aquella generación de chavales que teníamos la calle como mejor juguete y pululábamos por ella sin riesgos ni problemas añadidos. La explanada del mercado, aún sin ampliar, era el centro de nuestros juegos hoy en desuso y que algunos tratan de rescatar para enseñar a los niños de ahora que no hace falta tanta tecnología para ser felices.
Pero el fútbol, más bien, “la pelota” era la pasión de la mayoría y, de entre todos sobresalían algunos, y algunos sobresalían más, como el caso de Antonio con el que compartimos partidillos de aquellos de porterías de tres piedras, unas encima de otras e imaginarios postes y travesaños que siempre dejaban la duda, y alguna discusión que otra, si era gol o no aquel tiro que el portero no pudo atajar. Hubo un tiempo en que la actual calle Ezequiel Massoni estaba recién abierta pero sin pavimentar, sin tráfico, y allí se montó una especia de campo donde se jugaba al fútbol en una superficie, aunque de xabre salvaje, más parecida a una cancha real. Allí descubrí yo, con mis pocos años, que Antonio estaba destinado a ser un gran futbolista, como después así fue.
Pero le recuerdo también en otras actividades como la de la Danza de Espadas en la que fue un maestro de verdad. Era un bailarín distinto y a eso contribuían sus capacidades físicas que le permitían llevar el ritmo sin correr y saltar lo justo para lucir la danza de San Miguel como pocos. A mi se me ocurrió apuntarme un año y ¡nunca máis!. La verdad es que abrió saga porque sus hermanos, especialmente Sito, y el hijo de este, le siguieron en el primor de ese trenzar el ritmo a los pies del Arcángel cada 29 de septiembre.
Pero la razón de este comentario va mucho más allá porque a Antonio le debo yo, seguramente, mi carrera profesional. Y es que corría el año 1967 cuando me tocó hacer la mili y fui destinado al Ministerio de Marina, en Madrid. Allí me encontré con Suso Acosta, que se preparaba para ser el gran sastre que es, en la famosa academia de corte “Almira”, de donde trajo a Marín la “Manga de Pico” y el Hombro Giratorio” que implantó su confección de modernas chaquetas y trajes.
En la capital de España tenía que matricularme yo en la Normal Nocturna de Magisterio para rematar la carrera a la vez que hacía el Servicio Militar, y se cumplía el plazo de matrícula un lunes de septiembre. La cuantía de aquella matrícula eran alrededor de mil pesetas, que en 1967 eran un capital, y aquel dinero lo llevaba conmigo en una aciaga tarde en la que en el metro madrileño alguien vio a un imberbe marinerito y se las arregló para dejarlo sin cartera, sin documentación, sin... sin las mil pesetas de la matrícula que tampoco era fácil conseguir de nuevo antes del lunes porque no había tarjetas de banco ni otros medios que no fueran el giro postal, que tardaba una semana en llegar, al margen de lo que suponía en casa enviar de nuevo tanto dinero de repente.
Pero uno ha tenido siempre suerte en las carambolas de la vida, de ello puedo presumir, y se dio la circunstancia de que aquel fin de semana jugaba el Pontevedra con el Atlético de Madrid y, ¡ay Dios mío! allí estaba Antonio, que era uno de sus futbolistas más destacados. Y a verle nos fuimos Suso Acosta y yo al hotel donde se alojaba con el equipo granate. Nos recibió con el mejor de los abrazos de amigos de siempre y nos invitó a ver el partido regalándonos dos entradas. No me atreví a contarle mi problema pero Antonio algo debió notar en nosotros que nos preguntó qué era lo que nos pasaba, porque estaba seguro que algún problema teníamos. Fue Acosta el que le explicó la situación y no le hizo falta más tiempo que el de echar mano a la cartera y sacar un billetazo verde. Nunca me sentí tan agradecido con nadie sabiendo que aquello podría ser la salvación de mi futuro pues, de no poder matricularme al día siguiente y con la mili de dos años por delante, lo tendría más bien crudo.
Y no contento con eso, cuando mi familia ya en Marín le quiso devolver las mil pesetas, Antonio renunció a cogerles el dinero y les dijo que eran cosas entre él y yo.
Siempre me sentí muy agradecido a Antonio. Le busqué a mi regreso de Madrid, ya a finales de 1969, recordamos aquel pasaje de mi historia personal pero de ningún modo me aceptó el dinero que era realmente suyo. La verdad es que nunca tuve más ocasión de estar con él pero aquel gesto, como no podía ser de otro modo, quedó grabando en mi más profundo sentimiento de gratitud y por eso lo cuento aquí para que todos sepan que aquella figura de enorme futbolista, encerraba una persona de gran calidad. Han pasado cincuenta años de la desaparición traumática de Antonio. Hace cincuenta y cinco años de aquello pero siempre estará Antonio en mi recuerdo de gratitud. Descanse en paz.