Carriola.Redacción.13.06.22
Echamos mano hoy de nuevo de uno de los libros de Laureano Mayán “Marinenses de ayer y hoy” y nos paramos en las páginas que dedicó a Jesús Magariños Chao, el tabernero “Magariños” que abrió en Marín uno de los locales de chiquiteo y exquisitas tapas frente a la alameda
Oír la palabra “Magariños” durante muchos años era relacionar ese apellido con exquisitos calamares fritos y magnífico pulpo a la gallega. Y es que Jesús Magariños llegó a Marín, según nos informa Lano Mayán, en el año 1956, procedente de Ouzande (A Estrada) donde había nacido en el 1918 y trabajado duramente durante os años malos de la Guerra Civil y abrió uno de los locales de mayor fama culinaria en la zona.

Magariños a la derecha con su bar atestado de clientes
Tuvo la suerte de dar con una mujer como Maruja, su esposa, verdadera artífice de las especialidades culinarias que se degustaban en la taberna que lleva el nombre de su marido que, eso sí, era el que estaba al frente del negocio con la colaboración de sus hijas sin contar los días ni las horas de labor y siempre con el local atestado de clientes.
Magariños llego a Marín con la intención de traspasar “La Navarra” en la Rúa Real, pero dice Mayán que, visto el local, no le hizo mucha gracia. Y se enteró de que había otro más abajo, frente a la alameda que, aunque estaba en estado de ruina, le llenó más el interés por lo que se puso al trabajo durante meses para dejarlo en perfectas condiciones y abrir sus puertas en 1957.
Treinta y cinco años estuvo Magariños sirviendo buenas tapas y excelentes vinos, con los callos, los calamares y el pulpo por bandera y no fue hasta muy avanzada su labor cuando decidió cerrar unos días al año para descansar y viajar más o menos lejos porque le gustaba mucho hacer viajes en cuanto tuviera tiempo libre.
Jesús Magariños era un recio personaje con aspecto de hombre de genio y fuerte carácter, que lo era, pero con un gran corazón capaz de ayudar a quien le solicitase ayuda siempre atento a no ser engañado. Jamás quiso ir como aval a ninguna operación bancaria pero sí se ofreció más de una vez a solventar problemas económicos a gente de confianza. Cuenta Mayán que se dio la circunstancia de que una persona que le debía cierta cantidad de dinero falleció y su viuda, al poco tiempo, se acercó al bar de Magariños a pagar la deuda. La respuesta fue “Lo que quedó a deber, se fue con él”.
El bar de Magariños adquirió una fama enorme, en gran parte como mérito de la cocina que regentaba su esposa Maruja, y que levante el dedo algún marinense de aquellos años que no haya degustado los callos y los calamares que allí se preparaban.
Durante tantos años de permanencia, el bar Magariños encierra muchas anécdotas. No es fácil en muchas ocasiones en un bar mantener el orden y el respeto porque, entre otras cosas, los alcoholes son malos consejeros. Pero a Magariños no le tosía nadie en ese aspecto y para muestra, un día en que se encontraba en la Ría la famosa escuadra, formada por barcos militares de varias nacionalidades que hacían práctica conjuntas por el entorno. Y unos marineros franceses se “equivocaron” de sitio e importunaron a una de las hijas de Jesús que se encontraba ayudando a su padre en la barra. Y a Magariños no le hizo falta más que agarrar una barra de hierro y blandirla como una espada poniendo a los franceses en fuga que ni Gago de Mendoza en el histórico día cuatro de abril. Ningún francés osó entrar en el bar durante los demás días de estancia en Marín.
Y llegó el momento del cierre del establecimiento después de tantos años de servicio en que Magariños, a pesar de estar ya jubilado con anterioridad, se mantuvo dirigiendo el cotarro. Los chiquiteros y los clientes habituales se lamentaron de la pérdida y homenajearon a Magariños y su esposa como agradecimiento de su labor.
Nadie desaparece mientras haya quien le dedique un recuerdo. Pues en eso estamos.