Carriola.Julio Santos Pena.14.06.22
Ayer me di de bruces con una mala noticia cuando ví a una compungida familia dirigirse al Nuevo Templo para asistir a una misa funeral. Eran los propios de Etelvino Otero Pazos pero...faltaba él. No estaba con ellos “Tilvino” que nos ha abandonado, sigilosamente, hace unos días tras pasar, tan silenciosamente también, por un proceso de salud que fue minando su vida.
Tilvino era una persona singular. Le conocí hace muchos años en el Estadio de San Pedro porque nunca, ni él ni yo, faltábamos a un partido de nuestro Marín C.F. Tilvino vibraba con cada gol, fuese a favor o en contra, o con cada ocasión que los nuestros tuvieran de meter el balón en la puerta contraria. A pocas personas he visto yo en tantos años, gozar como Tilvino con los triunfos de nuestro equipo, cuando los había, del que conocía como nadie jugadores y entrenadores y criticaba a su manera los planteamientos que no le parecían los más adecuados.
Después seguí siendo amigo de Tilvino y nos veíamos en la calle con mucha frecuencia. No era fácil mantener una conversación con él para muchas personas, porque padecía un problema de claridad en la expresión pero, no sé por qué razón, para mí nunca fue difícil entablar con Tilvino una charla cada vez que nos veíamos. Siempre acabábamos hablando de fútbol, más bien, del Marín CF, y lamentando las horas bajas en las que se encuentra sin mucho remedio. El Marín CF seguía siendo su pasión en el último tramo de su vida.
Etelvino Otero fue redero en sus años jóvenes. En realidad, joven, un niño grande, lo fue siempre, a pesar de los 72 años con los que contaba porque tenía un alma llana, sin esquinas ni malicias, siempre sonriendo, siempre aparentemente contento, a pesar de las dificultades físicas que desde su nacimiento padeció. Eso sí, eternamente orgulloso de su familia a la que quería por la vida y le recuerdo muy triste en ocasión de la muerte de uno de sus hermanos que él mismo me contó un día en plena calle.
Andarín eterno, capaz de hacer kilómetros sin medida por el monte o por la ciudad, verano e invierno, siempre ataviado a su manera y portando una vara que le servía hasta cierto punto de bastón. Durante mucho tiempo contó con la compañía de su fiel amigo, el perro de casa, que recorría con él decenas de kilómetros de monte diariamente, acabando la ruta por la ciudad hacia su casa. También le vi casi llorar el día en que le pregunté por el chucho amigo que le dejó, por un tiempo, solo y triste en sus recorridos diarios.
Etelvino Otero, “Tilvino”, era un trozo del pueblo; un trozo de todos que le echaremos de menos cada media mañana cuando solía patear las calles con su vara/bastón, su singular vestimenta y sus especiales gorros que lucía con verdadera personalidad.
Descansa en paz, amigo. Estoy seguro que ya habrás encontrado, allí donde estés, a tus padres, a tus hermanos, a tus amigos... a tu perro, que tanto querías. Sé feliz al lado de todo ellos. El Altísimo tiene para la gente como tú reservado un especial lugar de felicidad, estoy seguro.
No te olvidaremos.