Carriola.Julio Santos Pena.16.07.22
Ya me había ido dando cuenta de que todo ha cambiado. A uno le van pesando los años aunque se esfuerce en pensar lo contrario y no hay más que verse al espejo para caer el la cuenta de que, aunque por dentro parezca otra cosa, por fuera está la realidad misma del paso de los años. Con esta reflexión no me iba a hacer millonario, seguro, porque como yo, hay miles que piensan exactamente lo mismo. Pero hay otros síntomas que ponen de manifiesto si no la decadencia, sí la diferencia entre las etapas de la vida de uno que, si peina canas (muchas) no tienen comparación en el transcurrir de los tiempos.
Estos días Marín es un hervidero de fiesta, Gente a mogollón (como dicen ahora que antes no decíamos) ni un sitio para aparcar un coche aunque des quince vueltas al pueblo, sonidos y ruidos para muchos insoportables porque las orquestas de la noche montan unos espectáculos de supersonido, color, luces, humos y movimiento continuo y casi “loco” que tiene mucho seguimiento porque no hay más que ver a la multitud respondiendo a las “órdenes” del director de escena desde el palco que les ordena levantar los brazos, y moverse a derecha e izquierda, dar saltitos y cualquier otra orden para tener durante tres o cuatro horas al personal involucrado en el propio espectáculo de la noche, muchos de ellos con enormes vasos de plástico con dudoso contenido y una bolsa llena de cosas que parecen botellas de licores que rellenan aquellos vasos con frecuencia en el fragor de la batalla musical. Nada que objetar porque el personal lo pasa bien a su manera aunque las casas, a kilómetros a la redonda, vibran con los decibelios que contra ellas chocan si piedad y hay quien maldice las fiestas porque, entre otras razones, mañana hay que trabajar. De cualquier manera, nada que objetar asumiendo que siempre hubo fiestas con disfrute de unos y molestia de otros aunque en estos momentos se roce o se sobrepase la exageración.

Cartel de la Orquesta Florida
Y ahora sí, con esta reflexión me cercioro de que me estoy haciendo viejo si ya no lo soy. Y es que uno es de la época de otro tipo de orquestas con las que las fiestas era otra cosa. Me vienen a la memoria aquellas verbenas de San Cristóbal, del Carmen, de La Patrona en las que actuaban orquestazas como “Chicos del Jazz”, “Florida”, “La Palma” ,“Poceiro”, la mismísima “Paris de Noia” los mismísimos “Satélites de La Coruña”... ¿para qué voy a seguir nombrando?. Entonces, sobre el palco carente de tanto lucerío ni mareante oscilación de lámparas de todos los colores, ni de fogonazos de proyectores que ahora pegan sin piedad, directamente, en los ojos del público, se encontraban aquellos quince o veinte profesores músicos elegantemente vestidos, cada grupo o cuerda con su reluciente instrumento y dispuestos a ofrecer música de calidad, igual reproduciendo los sones de Glenn Miller y su famosa orquesta norteamericana, o rasgando el aire con un pasodoble en el que desde el saxofonista primero se hacían las delicias con sus solos que arrancaban la admiración del respetable.
Y aquellos animadores, cantantes de calidad, vestidos elegantemente y encargados de saludar al comienzo con aquellos de “Respetable público, después de la gran actuación de la orquesta (...) vamos a continuar la fiesta deseándoles que lo pasen bien con nuestra actuación y, en primer lugar interpretamos (...)” y ahí empezaba una retahíla de canciones que se entendían con posibilidad de “bailar pegados” como aconseja Sergio Dalma, si eras capaz de conseguir pareja pidiendo con aquel , ¿bailas?, que recibía casi siempre la respuesta ¡Non! Aunque igual, al segundo intento, hubiera más suerte.
De aquella, en las noches importantes, una orquesta se colocaba en la Plaza de España y, la otra, delante del palco de la música y se montaba la rivalidad sana disputándose la admiración del respetable que, en la calle convertida en pista, bailaba y hablaba e incluso escuchaba a la pareja con facilidad mientras los músicos, colocados detrás de aquellos parapetos que cada uno tenía delante con el nombre de la orquesta se movían, se escondían y hacían salir de sus instrumentos la música directa porque no se había inventado aún el enlatado que en algunas ocasiones nos endosan las orquestas actuales.
Nada que objetar con lo que ocurre actualmente; es cuestión de gustos y aficiones pero , a uno, aunque le asalte la realidad de la edad, del tiempo pasado, le parece que no hay color. Diosiño, Poceiro, Charneco, Amoedo, Ferrolán, Rendeiro, Blanco, Chapí, Pepe Caamaño, Luis Rey, Manolito el Pescador... y tantos y tantos otros que nos animaron las fiestas de otro tiempo con una música que nada tiene que ver con la actual. Sin ánimo de comparar, cada loco con su tema pero... ¡no hai color!.