Carriola.Redacción.20.07.22
Ahora todo es de usar y tirar. Los contenedores de ropa y calzado se llenan de piezas usadas pero en buen estado y eso está bien porque se supone que van a parar a gente que las necesita. Pero hace sesenta años se heredaban pantalones, faldas, jerseys, chaquetas, zapatos y botas, sobre todo en el mundillo infantil, de mayores a pequeños, muchas veces con arreglos que hacían las propias madres o las costureras, y zapateros artesanales. Ya veremos, al paso que vamos, sino se repite la historia en tiempos de tanta modernidad y técnica.
Viene el comentario a la intención de recordar a un marinense especial que calzó a casi todo Marín porque era un maestro zapatero que tenía su taller en la Calle Real con varios operarios que, igual te arreglaban unos zapatos que les llegaban hechos unos zorros, como te hacían unos a medida tras la destreza del maestro “Chicolo”, Francisco Couso Martínez quien te tomaba la mediada del pie y cuchilla en mano, recortaba las piezas que después se convertían, previo verbal acuerdo del precio final, en tus nuevas botas o zapatos que duraban tres generaciones, por lo menos.
Y es que hemos consultado de nuevo el libro de Laureano Mayán, “Marinenses de ayer y hoy, Semblanzas” y nos paramos en el relato referido a Chicolo, nacido el 4 de noviembre de 1911 y fallecido a los ochenta años también en noviembre de 1991. Relata Lano Mayán que Chicolo empezó como aprendiz de zapatero a los 12 años en el taller de Barciela, otro personaje mítico de la profesión, ubicado frente a la alameda, alternando su trabajo con asistencia a clases nocturnas en la escuela de Torres en la Banda do Río.
Con la edad de cumplimiento del servicio militar se vio exento del mismo por representar el sustento de su madre ya que sus hermanos ya no estaban en casa. Pero eso no le evitó tener que participar en la guerra civil al ser movilizado y en cuyo frente estuvo destinado entre el personal sanitario donde, además de vivir duras escenas, fue herido de bala en dos ocasiones.

A la izquierda, de paisano, con el equipo de baloncesto de Marín
Terminó la guerra y llegó el momento de regresar a casa y, apunta Mayán que, lejos de intentar aprovecharse de sus heridas de guerra, decidió reiniciar su trabajo instalando su pequeño taller en la Calle Real, justamente al lado de “O Caixón”, negocio que hizo progresar y funcionar durante más de cuarenta años, y donde dirigía a cinco o seis operarios fabricando calzado nuevo por encargo para lo que le recordamos los “lunes zapateiros” regresar de Pontevedra con grandes piezas enrolladas de cuero para las suelas de los zapatos a hacer durante la semana. Vivía en Cantodarea y se desplazaba invariablemente a su taller en bicicleta hasta que adquirió una vivienda frente a su zapatería.
Aficionado al deporte, y en especial al baloncesto y al atletismo de aquellos tiempos, formó parte de los equipos de la Asociación Deportiva Marinense y hasta su movilización para la guerra practicó ambos deportes peri, tras la contienda, se pasó al fútbol que empezaba a enganchar a los aficionados con aquel histórico Marín F.C. que era uno de los clubs más importantes de Galicia.
Persona muy alegre y sociable constituía en su zapatería de la Calle Real un punto de encuentro de amigos que sentados en el gran banco corrido que tenía frente al mostrador, comentaban los aconteceres del día y los avatares de la vida social marinense. Fue directivo del “Liceo de Artesanos” que era el contrapunto al “Liceo Casino”, aunque el tiempo acabó, de alguna manera unificando ambas sociedades, y tenía una buena voz para el canto y gran disposición para las partidas de dominó en “O Caixón” y en el “Lelé” cuando su trabajo se lo permitía.
Cuenta Mayán una anécdota de Chicolo quien, en el transcurso de la Guerra Civil se encontró un camión abandonado con cientos de botas en su caja pero con la circunstancia de que eran, la mayoría del mismo pie. De algo le tenía que valer lo aprendido con el maestro Barciela en su casi infancia, y Chicolo fue deshaciendo las botas y recomponiendo con sus piezas otras nuevas de los dos pies, quedándose con algunas para su propio uso y vendiendo las demás con lo que hizo un buen negocio en aquellos momentos de penuria.
Trabajó incansablemente hasta los 72 años cuando decidió retirarse definitivamente.
Chicolo, Francisco Couso Martínez, contrajo matrimonio en 1947 con su esposa “Sisita”. De esta unión tuvieron dos hijos varones y fue uno de esos personajes populares inolvidables a los que Carriola gusta traer al recuerdo de los marinenses de aquellos tiempos en que la vida era completamente distinta a la actual y no hay mejor fuente que recurrir a los libros de Laureano Mayán Taboada para ello.