Abusaban del Priorato e imponían su autoridad hasta quelos Reyes Católicos les pararon los pies en 1486
Me pide alguna seguidora de esta Carriola de Marín que ha leído el pasaje reproducido ayer sobre Don Diego de Arias, que siga con el relato extraído del libro “Pequeña Historia de Marín”, de Don José Torres, porque le pareció interesante el tramo histórico ayer contado y asegura haberse quedado con las ganas de saber en manos de quién, al final, acabó el Coto de Marín.
Pues, aunque estaba previsto seguir dentro de algunos días con la historia de la que, lamentablemente, poco conocemos los marinenses, aprovecho el interés para continuar partiendo del fallecimiento de Don Diego y del momento en que sus ahora compañeros Templarios, intentaron recuperar en su nombre el “Coto de Marín” que el propio Don Diego había donado a Osera años antes. En realidad, bajo la posesión de los monjes durante muchos años se produjo un tiempo de paz y prosperidad no sólo en el coto de Marín sino en otras posesiones que los de Osera tuvieron gracias a las donaciones que recibían con relativa frecuencia. El Monasterio se convirtió en uno de los más ricos porque de sus propiedades recibían de todo. Desde Marín les llegaban productos propios del mar, frescos, salados o secos, que eran muy codiciados por aquel entonces. Los monjes atendían muchas necesidades de los pobres y así fue durante prácticamente trescientos años.
Tras aquella etapa de bonanza todo cambio porque apareció la desmedida ambición de nobles y poderosos como el Conde de Ribadavia, Bernardino Sarmiento, el Marqués de Astorga, o los señores De Villamarín y Vasco Cano. Enfundados en el poder que da la fuerza, sin títulos ni razón se fueron apoderando de las propiedades y, entre ellas, la que nos interesa, que era el Coto de Marín. Aquí fue el Conde de Altamira, descendiente de Lope Sánchez de Ulloa, que había sido comendador de nuestra “Villa y Coto”, quien codiciaba el “Priorato de Osera” por las riquezas que generaba siendo un coto marítimo que exportaba productos de calidad al interior de Galicia. Este personaje se hacía pasar por señor de la Villa y se permitía el lujo de impartir justicia, imponer derechos y obligaciones y ejecutar sentencias y mandamientos, abusando especialmente del abad de Osera al que no le quedaba otra que la transigencia. Las usurpaciones y violencias fueron en aumento y no solo en el Coto de Marín sino en otros puntos de Galicia con parecida dinámica similar al bandolerismo.
Y fue en tiempos del Abad de Osera, don Suero de Oca, que empezó a llegar la respuesta a tan crítica situación. A pesar de que los monjes tenían miedo de denunciar ante los Reyes Católicos aquellos abusos, aprovechando que Isabel y Fernando estaban muy dispuestos a eliminar las actitudes de los nobles cada vez más peligrosos. Aún así, Suero de Oca supo aprovechar una visita los Reyes Católicos a Santiago, en el otoño de 1486, para visitar el sepulcro del Apóstol a quien vinieron a pedirle fuerza para desbancar definitivamente a los infieles de su último bastión, que era Granada. El Abad consiguió una fructífera entrevista con los monarcas a quien les explicó la situación de abusos que sufría el pueblo con la actitud de los nobles, que se arrogaban propiedades y derechos que no tenían, y de aquella entrevista salió una Real Carta de seguridad en favor de Osera, dirigida al Gobernador del Reino de Galicia, don Diego López de Haro.
Don José Torres, añade en su libro que “Dicha carta fue pregonada al día siguiente de su fecha por las calles y plazas de Santiago, de cuyo acto dio fe un notario ante quien el abad de Osera señaló públicamente para su constancia las personas de quienes el Monasterio tenía represalias y venganzas, dándose con ésto zanjada la cuestión”.
A los nobles que estaban ya muy instalados en el poder, no les sentó muy bien aquella orden real pero dejemos para otro día la tercera y última parte de este tramo de nuesta historia que ya nos acercamos a nuestros días.