Lapetit
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En recuerdo de aquellas comisiones de fiestas y sus “penitentes”.

Carriola.J.S.P..02.07.23. 

Estamos abocados a las fiestas del Carmen que, de unas décadas para acá se han convertido en las más importantes cuando  antiguamente era la semana de La Patrona, Santa María del Puerto, en septiembre, que ahora se celebra pero con muy poca intensidad comparativamente hablando. Dos razones pesaron entonces para el cambio de esa intensidad festiva: por un lado el hecho de que de aquella en septiembre “chovía sempre” y, de otro, que en julio la actividad turística y la fiesta de la Armada, que tiene en el Carmen su Patrona, concentra a muchos forasteros esos días. Para gustos, en este aspecto, colores.

Pero en este comentario quiero rendir homenaje a quienes durante muchos años formaron las comisiones de fiestas que era una actividad totalmente extramunicipal aunque, en muchas ocasiones, era el alcalde de turno el que buscaba a un penitente para encargarle la organización de los festejos, sin más apoyo que una sonrisa de complacencia, y con conocimiento de causa puedo corroborar esa circunstancia.

Hoy, creo que con justo criterio, la verdad, es el Ayuntamiento el que se encarga de la contratación de lo que pueda contratar y la organización de los actos del programa de fiestas. Es comprensible que quien tiene esa misión ha de medir la previsión del gasto porque todo cuesta mucho dinero, y ajustarse a las posibilidades económicas de cada momento aunque, no cabe duda, actualmente se dispara con “pólvora del Rey” y si al final hay déficit, ya se arreglará con el cambio de una partida de aquí para allá y problema resuelto.

No hace muchos años el “penitente”, que se ilusionaba con la sonrisa del alcalde de turno, se ponía manos a la obra y empezaba por recurrir a cuatro o cinco amigos para que colaboraran con él en la esperanza de hacer una maravilla: Orquestas, fuegos, gaitas, banda de música, iluminación... todo cuantificado a priori cuyo gasto acababa siendo mucho más al final del envite.

Y ahí se disponían un mes antes los comisionados a pedir la ayuda del pueblo, pueblo casi siempre cabreado por los baches que el ayuntamiento no les arreglaba a la puerta de casa o por sabe Dios qué inquina contra quienes ocupaban la alcaldía y otros sillones municipales. Y aquella comisión se parapeteaba, unos detrás de otros, mientras escuchaban el reproche al alcalde en sus caras, sin comerlo ni beberlo, y recogiendo la colaboración reticente, algunas veces vergonzosa, con la que algunos trataban de justificarse como donantes.Y, acabado el periplo de recaudación, las cosas no resultaban casi nunca, como se había esperado al principio porque, lo recogido, era evidente que no llegaba.

Lo malo, muchas veces era que las orquestas estaban ya contratadas, los fuegos y la iluminación, temblante y de lo que se podía quitar del programa, apenas tenía costo. Pero no quedaba otra solución que seguir adelante y tratar de sacar lo más posible de los “cochitos” que venían a instalarse para la feria. Y aquel era otro episodio porque en más de una ocasión acababa en pelea entre feriantes y recuerdo una entre dos mujeres que hasta tenían relación familiar, que trataron de arrancarse los pelos una a otra durante bastante tiempo. Todo se ponía en la alameda: tómbolas, caballitos, cadenas, churrerías... todo acababa cabiendo en tan reducido espacio y si no, se le daba una drástica solución como ocurrió el año en que se suprimieron dos árboles del Parque Infantil para encajar el tren de la bruja que venía por primera vez a Marín.

Y empezaban las fiestas. El penitente, que ya había pasado varios días sin dormir, y los comisionados de su confianza se disponían a seguir sufriendo el insomnio conscientes de que la recaudación no era suficiente y que el ayuntamiento se lavaba las manos pero, eso sí, alcaldes, concejales y otras hierbas, participaban en los actos procesionales y allí donde pudieran lucir palmito y sonrisa triunfante a costa del “penitente” de turno.

Total que, pasaba la semana y había que liquidar los gastos. El penitente sudaba frío muchas veces porque no tenía otro remedio que quedar como un pufero delante de los contratados a los que, de alguna manera, había que satisfacer. Y no siempre se podía por lo que tiene habido años de impagos o de verdadero sacrificio del presidente y sus ayudantes.

Claro que también hubo casos a la inversa y a alguno se le cayeron por entre los dedos algunos billetes de los que no dio nunca razón, colgando también a sus ayudantes en un comportamiento desleal pero real como la vida misma.

Siempre que comento las angustias de aquellas comisiones de fiestas recuerdo a la señora Concha Sanjorge, la inolvidable “Concha” que sufría los años en que nadie se atrevía a hacerse cargo de las fiestas. Ella era capaz de cuatro días  antes salir por los bares pidiendo ayuda para organizar aunque fuera “algo” que sonara a fiesta en Marín y siempre conseguía para una orquesta, unos fuegos de palenque y un gaiteiro que animara la alborada. Y la señora Concha entró u día en un conocido bar de la calle Real y fue secamente recibida por su propietario del que, después de rogarle por Dios y por la Virgen del Carmen, obtuvo la “generosa” cantidad de 20 pesetas. La mujer salió a la puerta donde el establecimiento tenía una máquina de bolitas de caramelos y fue metiendo una por una las veinte pesetas en la máquina de la que salieron otras tantas bolitas. Volvió a entrar y le espetó al generoso: “Aí che quedan as 20 pesetas e o día da festa heiche mandar a banda de música á porta”. Célebre nuestra siempre recordada Concha “Pardilla” y no “Caralavada”, como le decían,  atendiendo a nuestros alcumes de batalla popular heredados de los antepasados.

Hoy ya no pasa eso. Las fiestas se hacen sobre seguro porque paga la casa grande. Es normal que quien tiene la responsabilidad de su organización, ajuste lo que pueda el coste a las posibilidades de cada año pero, si se pasa, es igual, no va a perder el sueño como aquellos presidentes y comisionados de antaño a los que hoy, muchos de ellos fallecidos,  recuerdo en Carriola con cariño.

 

roslev