Carriola.Redacción.31.07.23
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Ayer me topé en la playa de Mogor con un viejo amigo. Más de cuarenta años sin vernos, nos alegró mucho estar vivos ambos aunque un poco de aquella manera, nada que ver con “aquellos tiempos” a pesar de que nos dijimos aquello de “Te veo fenómeno... y tal”, a la vez que echamos en falta a quienes ya no están. Me confesó que venía “cocido” de los cuarenta y tantos grados de calor de por ahí abajo y que se encontraba en la gloria desde que llegó hace un par de días y hasta pudo dormir con una mantita. Y se nos fue la derrota por la nostalgia para revivir las imborrables cosas de nuestra infancia. De todo hablamos y prometimos seguir un día de estos pero, una de las cosas que más gracia le hacía recordar era la intensidad de vivir aquellos domingos de nuestra niñez adolescente y especialmente a la famosa “Anduriña”. Le prometí que hoy la reviviría en nuestra Carriola reproduciendo un capítulo de mi libro “Historias de Milo”. Y aquí lo dejo porque sé que a otros muchos y muchas marinenses les gustará también recordar.
Un domingo: Misa, cine y La Anduriña
Cada domingo Milo era revestido con sus mejores galas por su madre para distinguir el día de fiesta. Lustroso y reluciente tras el baño que, en la noche anterior, se había dado dentro del pilón de lavar la ropa lleno de agua caliente que su madre había llevado hasta allí mediante una gran olla calentada en la cocina de hierro, el chaval se disponía a vivir la intensidad de aquel día del Señor en el que, además de pasar por el catecismo matinal y la Misa en la que Don José reiteraba sus enseñanzas del buen cristiano y recordaba los peligros del mundo, el demonio y la carne para aquellos que estaban en disposición de entender tales referencias, había otras muchas cosas que disfrutar durante la jornada de fiesta. Con la terminación del Catecismo y la salida del viejo templo, empezaba la parte divertida del domingo para el chaval.
Con su inseparable Paquito había conseguido la confianza de un encargado de los cines locales que les encomendaba el reparto de los “programas” , aquellos afiches que reproducían en un cuarto de folio y a todo color los grandes carteles en los que se anunciaba la película que, tanto en el “Quiroga” como en el “Avenida”, al que sus padres se referían frecuentemente como el “cine nuevo”, se proyectaría en sus sesiones “de 6 a 8; de 8 a 10 y 10,45-noche”. Aquel hombre que se fiaba poco de los ocasionales colaboradores, tenía fe ciega en Milo y Paquito a los que entregaba un paquete considerable de aquellos “programas” que deberían repartir a todas las personas que salieran de la misa de 12 y, después, a quienes pasearan por la alameda hasta la hora del almuerzo o los que se encontraran en los emblemáticos bares y tabernas “Ons”, “Colón”, “Magariños”, “Carballinés”, “O Encantiño”, “Viéitez”, “Lelé”, “La Navarra”, “El Caixón”, “El Laberinto”, “la Paz”..., o que se cruzasen con ellos por la calle. El premio principal para ambos era la entrada gratuita al cine infantil que, desde las tres y media de la tarde, se proyectaba en el Avenida y, algunas veces, recibían un par de hermosas pesetas para gastar en las chucherías de aquel entonces.
El chico disfrutaba con aquella tarea matinal haciendo llegar los anuncios a cuantas más personas, mejor, y durante toda la mañana, extendía su brazo hacia quien con él se cruzaba ofreciendo la gratuita información cargada de color y del misterio que encerraba cada película ya que, el miniafiche, destacaba en rebuscadas imágenes, tanto las caras de los protagonistas principales, como escenas referenciales de la historia contenida en las cintas. Se sentía importante también porque, mientras otros niños tendrían que ir a la taquilla del cine a comprar su entrada, él pasaría por la puerta de “general”, como si de su casa se tratara, y como premio al trabajo realizado por la mañana.
Milo, aficionado como todos los niños de la época a coleccionar cosas y sobre todo cromos con los que rellenar los albumes de “Los Animales de la Selva”, “Jugadores de fútbol”; “Las Maravillas del Mundo”, “La Cenicienta”, etc., casi siempre incompletas porque le faltaba algún cromo difícil de conseguir, se gustaba también de guardar algunos programas del cine en cada domingo de reparto llegando a reunir una considerable cantidad de ellos. Incluso alguien le había regalado afiches de épocas anteriores, casi todos en blanco y negro, que él consideraba “antiguos”, y hasta “muy antiguos”, y guardaba con especial consideración. Envueltos en hojas de periódico, los progamas fueron acumulándose en una estantería de la bodega, lejos de las dudosas intenciones de su abuela que no daba ningún valor a aquellos papeles y, en más de una ocasión, había intentado convencer al niño de que lo mejor era que se deshiciera de todo aquello argumentando que en muchas de las imágenes, sobre todo de los programas en color, se veían escandalosas mujeres de sensual mirada entornando sus grandes ojos y marcando en su boca el deseo mismo, mientras dejaban ver las rodillas y se distinguían claramente sus muslos bajo lacias faldas, o el pecaminoso canalillo pectoral cuya visión era ya motivo para una confesión inmediata.
Milo intentaba guardar su colección en lo más recóndito de la bodega, porque sabía del peligro que corría cada vez que por algún motivo salía a la luz, pero no fueron su abuela ni su madre las que acabaron con todo aquel tesoro pues, un cálido día de verano, cuando decidió echar un vistazo a las imágenes de aquellos anuncios cinematográficos, quedó horrorizado al ver lo poco aprovechable que quedaba de ellos porque los ratones de la bodega se habían dado el gran festín con los grabados muslos de Sophía Loren,los bigotes de Clark Gable y la calva de Yul Briner. Todos los paquetes de programas estaban totalmente destrozados e inservibles ya que las roeduras se habían hecho con la mayor parte de sus contenidos. Tras aquella decepcionante experiencia, Milo decidió dejar de coleccionar los programas comprendiendo que era inútil el esfuerzo vistos los enemigos propios que tenían entre los humanos y los animales.
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Tras el almuerzo dominical, habitualmente durante el invierno un gran cocido y, en el verano, la empanada con tapa que encerraba los ricos bistecks, casi siempre con permiso de sus padres, que previamente habían analizado en el contenido de la película para evitar perniciosas consecuencias en la moral del niño, Milo acudía a la sesión infantil que daba comienzo, invariablemente, a las 3,45 de la tarde. Siempre era una proyección especial con películas de risa, “vaqueradas” o “de romanos”, con más acción que tema porque a los niños les gustaba ver correr a los caballos, disparar a los pistoleros o luchar a los gladiadores en el circo de Roma sin despreciar las cosas de un Cantinflas aún joven, al que se le entendía poco a pesar de provocar en la asistencia infantil continuas carcajadas. Aquellas películas, destinadas a la grey infantil en la primera sesión de la tarde, carecían de toda picardía sexual y de ello se encargaban los operadores de la cabina, Pepe o Lázaro, que tenían un arte especial para dar el tijeretazo a la cinta pese a que después tuvieran que reponer los centímetros cortados aplicando la acetona que todo lo pegaba aunque la película sufriera en su primitiva calidad.
Por si acaso ese trabajo no estaba adecuadamente hecho, en cada sesión había un policía que el comisario enviaba para presenciar la proyección y, si a mano viniera, ordenar la interrupción y suspensión inmediata de la sesión sin más, por inmoral y atentatoria contra la integridad de los niños y niñas que acudían a la proyección “infantil” de cada domingo.
Milo entraba en el cine Avenida por la puerta de “gallinero”, por donde accedían los chavales más inquietos y aún gamberretes de ocasión que, amparados por la oscuridad de la zona y la masa humana que en ella se congregaba, solían protagonizar sus propios escándalos, gritando, pateando o silbando, cuando se notaba mucho la mutilación que “Pepe el de la luz”, operario de aquella sesión, había hecho a la película, suprimiendo cuadros que, a más de uno, le hubiese gustado ver.
Tras subir las escaleras de acceso, una vez que el espectador se introducía en la sala, estaban las dos zonas de asientos: “general” o “gallinero” propiamente dicho, con sus bancadas de cemento corridas a todo lo ancho de la sala, y la de “anfiteatro”, separada por un murete de la anterior y en la que había cuatro filas de algo más cómodos asientos individuales. Desde la primera línea de “anfiteatro” se dominaba, asomándose al balcón, algo así como la mitad delantera del patio de butacas al que accedían los niños y niñas “bien” cuyas familias no les permitían, aunque a alguno le hubiese gustado otra cosa, subir a la zona alta que, aunque más económica en el coste de la entrada, albergaba, decían, “mucha golfería”.

Acomodador de cine (dibujo de Pepe Garrido)
Milo tenía tácito derecho a ocupar un asiento de “anfiteatro” si es que quedaba alguno vacío o, de lo contrario, se sentaba en el banco corrido de general desde donde, por su pequeña estatura, le era más difícil ver la parte inferior de la pantalla tapada por los muretes de separación de las dos zonas de las alturas de la sala. Muchas veces era testigo de la enfadada reacción de los acomodadores que con frecuencia tenían que intervenir para sofocar las sonoras protestas de los espectadores o las habituales riñas, e incluso peleas, que en pleno graderío se formaban entre ellos amparados por la penumbra o la oscuridad de la propia sala, alguno de los cuales era especialista en armarla simplemente para incordiar. Los acomodadores conocían a la perfección a los alborotadores “de oficio”y, en cuanto se formaba la trifulca se acercaban disparando sobre ellos con certeza el haz luminoso de la linterna para ordenar su expulsión inmediata entre la siempre alterada protesta de los, a veces, injustamente acusados que, en cambio, tenían sobre sus cabezas el halo de la mala fama adquirida en otras ocasiones, suficiente para que el “juez de sala”, linterna en mano, no tuviese piedad de ellos sacándolos a la calle incluso por las orejas que era el modo más expedito y seguro para conseguirlo.
También en “anfiteatro” , aunque con un público más comedido, se formaban líos y éstos más relacionados con el atrevimiento de algunos de sus ocupantes para incordiar a los que, cómodamente, se sentaban en el patio inferior de butacas. Lanzar al vacío, o directamente a una butaca concreta, cáscaras de cacahuete, bolas de papel, chicles masticados e incluso escupitajos de los más indolentes, era motivo para que, quienes recibían los ocasionales impactos, protestaran a veces ruidosamente y armando un pequeño revuelo en torno a la butaca afectada. Entonces, los ojos de los acomodadores de ambas zonas, escudriñaban en la oscuridad para detectar a los autores de la gamberrada que, al poco tiempo eran igualmente suspendidos por alguna de sus orejas hasta la puesta de la calle misma y a pesar de que el “detenido” se empeñase, incluso llorando, en decir que nada tenía que ver con el caso. La enérgica actitud de los acomodadores era suficiente para controlar los desmanes y las sesiones con mayor o menor silencio, se desarrollaban con normalidad hasta el “The End” que provocaba la estampida en las puertas de salida, como si de una carrera por tomar antes el aire exterior se tratase.
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Ya en la calle tocaba encarar la tercera parte del día festivo. Unos metros más abajo de la salida de “general” y en la acera de enfrente se situaba el carro de “La Anduriña”, una mujer mayor de grandes ojos azules y pelo rubio brillante, cuyo rostro guardaba los rasgos evidentes de lo que debió ser su belleza en la juventud. Corría el rumor de que aquella mujer había sido una destacada artista de cabaret en sus años mozos y ella misma alentaba tal sospecha porque en algunas ocasiones presumía de haber sido importante en ese ámbito.
Con una bata casi siempre a cuadros azules y cargada de piezas de oro macizo rodeando su cuello, colgando de sus orejas o adornando las muñecas de sus brazos y los dedos de sus manos, “La Anduriña” esperaba, pacientemente, la llegada del río infantil que se acercaba a su mágico carrillo donde ella había distribuído las dulces mercancías por las que muchos chavales suspiraban a lo largo de la semana, haciéndolas fácilmente visibles y aún mas deseadas. Casi todos los sobrantes económicos de la entrada del cine o las sisas y ahorrillos que pudieran hacerse durante la semana, iban a parar al bolsillo de la enjoyada vendedora que llamaba la atención de los viandantes constantemente:
- Pirulís, caramelos, chicle…!
- Puroshhh, puroshhh…!, tabaco rubio…!
Milo, como otros muchos niños, se acercaba con frecuencia al carrillo de La Anduriña y ésta, detectando sus ganas de comprar algo insistía en su reclamo
- Pirulís, caramelos, chicle…!
- Puroshhh, puroshhh…!, tabaco rubio…! - como queriendo hacer más apetitosa su mercancía a los ojos del chaval y, en general, de todos los que por allí merodeaban en aquel momento.
- ¡Pirulí de la Habana… que se come sin gana…! - insistía la Anduriña mirando hacia los posibles compradores que rodeaban el carrillo para volver una vez más a recordar
- Puroshhh, puroshhh…!, tabaco rubio…!, por si alguno de los presentes se decidía a ir más allá y entrar en el prohibido terreno del “fumeteo”, que era otra de las incipientes pasiones de Milo y otros niños del entorno.
El carrillo de La Anduriña mostraba, estratégicamente colocada, la múltiple oferta: bolsas de cacahuetes tostados; caramelos de todos los colores, sabores y texturas; barras de regaliz puro, paquetes de pan de higo; chicles con apariencia de bolas coloreadas, bolsas de pipas saladas y, sobre todo, grandes “pirulís” que la propia Anduriña fabricaba con azúcar en su propia casa rellenando cónicos cucuruchos de grueso papel de colores a los que pinchaba un palillo largo que, después, servía para sujetar la golosina mientras se pasaba con fruición la lengua sobre el sabroso azúcar tostado, que solía durar mucho tiempo, hasta casi aburrir al degustador quien, muchas veces, cedía el resto a algún amigo o acababa abandonándolo para quedar con la mano pegajosa, como los labios, después de tanto sujetar y rechupetear aquella perfecta figura cónica de delicioso azúcar requemado.
La Anduriña vendía también artículos de época como trompos y canicas que aparecían tras los cristales de la parte inferior del carrillo en sugerentes cajitas donde se mostraban las bolas de barro muy baratas, o de cristal con colorines interiores, que eran ya para bolsillos pudientes, así como trompos de madera de pino cuyo precio nada tenía que ver con los de boj, también reservados para quienes de más dinero disponían
Muchas veces, Milo y Paquito, especialmente cuando habían decidido pasar juntos la tarde del domingo, se decidían por caer en la tentación de comprar los pitillos de tabaco rubio que La Anduriña ofrecía bajo cuerda, aún sabiendo que no era cosa de niños, pero siempre asegurando que no les harían daño alguno.
- Puroshhh, puroshhh…!, tabaco rubio…! - insistía la veterana cabaretera mirando con picardía a sus posibles clientes y consciente de que, finalmente caerían en la tentación de llevarse un par de pitillos “rubios” que, según ella, eran puramente americanos, traídos de Estados Unidos, mismamente, días antes,
No dudaba en abrir las cajetillas para vender a granel los cigarros sabiendo que ninguno de aquellos incipientes fumadores disponía de tanto capital como para adquirir un paquete completo, y conocía perfectamente el deseo de los chavales a los que advertía desde lejos insistiendo en su reclamo
- Puroshhh, puroshhh…!, tabaco rubio…!
Para Milo, aquello de fumar no tenía más peligro que el olor que el tabaco podría dejar en sus dedos o en el aliento. Cuando se atrevía con Paquito a comprar en el carrillo un pitillo rubio , con la emoción, sentía cómo su corazón se aceleraba, y guardaba en el bolsillo aquel objeto de deseo, y seguramente pecado, como un tesoro escondido hasta la “Casa Deshabitada”, una inconclusa edificación, en cambio ya en ruinas, situada detrás del nuevo templo, tras cuyas columnas y ocultándose de cualquier mirada de extraños, los niños hacían sus diabluras entre las que se encontraba quemar aquel tabaco rubio que La Anduriña les había vendido a escondidas poco antes, asegurándoles que no era en absoluto pernicioso
- Y si no quieres que te huela la boca, cuando acabes de fumar el pitillo arrímala a la pared y echa fuerte el aliento contra ella y ya verás como en casa no te descubren – aseguraba para dar tranquilidad al incipiente fumador.
Milo, en efecto, luego de haber aspirado con fruición el humo de su pitillo rubio, incluso sufriendo algún golpe de tos o la acumulación de falsas lágrimas en sus ojos por efecto del humo que se paseaba por el interior de sus pulmones y llegaba a los ojos sin saber cómo cuando intentaba expulsarlo por la nariz como los hombres veteranos en aquellas lides, pasaba bastante tiempo pegado a la pared de la “Casa Deshabitada” siguiendo las instrucciones de la astuta vendedora, o realizaba la misma acción sobre la palma de su mano derecha, aunque siempre le quedaba la duda de si la solución era adecuada y por ello, procuraba comprar, junto al pitillo de tabaco rubio, un caramelo “Pictolín” que chupaba al acabar de fumar, removiéndolo por todo el interior de la boca, confiado en que su fuerte sabor a menta era un mayor seguro de ocultación del pecado ante la desconfianza preventiva habitual de la abuela y la madre que, en cambio, nunca llegaron a descubrir su incipiente vicio del “fumeteo” porque, además, antes de volver a casa, se detenía en la fuente de la Calle Real para mojar los dedos y restregarlos intensamente por la piedra húmeda que rodeaba el pitorro hasta comprobar que no quedaba el menor rastro de olor a tabaco en ellos.
Al anochecer invernal, mirando el reloj de la Plaza Milo comprobaba que era hora de regresar a casa. El domingo había sido intenso y la cena, casi siempre consistente en un buen plato de patatas fritas con un huevo estrellado, le esperaba en la mesa de la cocina de su casa. Mientras daba buena cuenta de las sabrosas viandas, estaba seguro de que alguien de la casa acabaría lanzándole la pregunta de siempre como arma arrojadiza
- Milo, ¿hiciste los deberes para el colegio?
Y entre tratar de convencer a todos, sin conseguirlo, de que todo estaba preparado para iniciar la semana escolar y el sueño que ya a aquellas horas le embargaba, Milo se dirigía a su sillón-cama, acomodaba su cuerpo y se dejaba llevar por el sueño pensando en el ajetreo de aquella jornada que no volvería,¡vaya por Dios! hasta después de siete días.