Carriola.Redacción.14.08.23
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Ayer “celebrábamos” en Carriola de Marín el bicentenario del reloj de piedra colocado en la hoy denominada Rúa do Sol desde 1823 probablemente en el mes de agosto. Pero el pueblo se iba modernizando y de la edad de piedra en cuestión de relojes, se pasó, 27 años después a la de uno (el primero), con agujas y campana que fue el orgullo de los vecinos
Pero para contar bien esta historia volvemos a echar mano del libro de Manuel Cendán Vilela “Marín en las Tarjetas Postales Antiguas” y nos paramos en el capítulo que dedica a la torre que sostiene el reloj de la, precisamente, “Plaza del Reloj” que también se conoce como Rúa do Sol (seguramente porque el Sol era el que daba vida a la piedra con números allí ubicada), aunque la plaza tuvo más nombres según les interesó a políticos y compañía.
Hemos de aclarar que la torre que sostiene al reloj que fue, y es, principal en la villa durante tanto tiempo, no pertenece al edificio del Antiguo Templo como muchos creen y, si nos fijamos bien en las fotografías, se advierte claramente la diferencia de material que la forma, tipo de piedra, y cómo se aprecia que es un añadido arquitectónico que nada tiene que ver con el templo. Por eso, la torre es de jurisdicción municipal a día de hoy.

El primer reloj estaba incrustado en la piedra de la torre
Pues Cendán sitúa la construcción de esta torre en los años 40 del siglo XIX y la colocación del reloj en el 1850 siendo alcalde Roberto Munáiz, que residía en Marín desde poco antes, y tras comprar el Priorato entre otras propiedades que fueran de los Bernardos de Oseira. Hasta aquel momento, los marinenses miraban la hora en el reloj solar que todavía hoy se puede apreciar, en la fotografia adjunta, a la derecha de la torre. Munáiz hizo la “machada” de comprar el reloj con su dinero particular y sin acuerdo municipal y, cuando cesó como alcalde quiso recuperar los 2.995 reales invertidos pero los munícipes, (Santa Rita, Santa Rita...) dijeron que no se le debía nada porque no había constancia del gasto. Intervino la Diputación a petición del propio Munáiz, exigiendo que el concello metiera en el Presupuesto Municipal la cantidad para pagar al ya exalcalde. El ayuntamiento respondió que nones, que no había constancia ni del acuerdo, ni del gasto y se preguntaban desde la corporación cómo Munáiz, mientras fue alcalde, no recobró la supuesta deuda y, además, tampoco presentó cuentas de las aportaciones de los vecinos para aquel gasto. Y de este lío nunca más se supo o, al menos, nuestro buen Cendán Vilela asegura que, en su ingente trabajo de investigación, no encontró ningún acta posterior que refiriera el tema por lo que supone que Munáiz acabo cobrando la deuda porque no se sabe de más reclamaciones suyas.
Y a este, no como al de piedra, había que darle cuerda y elevarlo
Numerosos concursos celebrados para contratar el darle cuerda al reloj, demuestran que la tarea despertaba mucho interés pero, seguramente, porque la oferta económica no sería muy grande ya que petendientes si tuvo la tarea, incluso de algún vecino de Pontevedra. Y es que lamentablemente, el reloj no se oía ni se escuchaba desde donde estaba, integrado en la piedra de la torre, y los vecinos protestaban por lo que, el ayuntamiento decidió que había que elevarlo y, con un presupuesto de 3.000 reales contrató la elevación de veinte cuartas en armadura de hierro, obra que se ejecutó en la década de los 60 del XIX.

Elevación e la torre y del reloj e 1925
Y el reloj envejecía y tuvo etapas, hasta bien entrado el siglo XX, de paralización por lo que, el concello, entendiendo tan necesario aquel servicio de información horaria, tomó el acuerdo en agosto de 1924 de comprar un nuevo reloj que, sesenta años después del anterior, por fuerza tendría que ser mucho más moderno y poderoso pero además, surgió la inquietud de la altura y en enero de 1925, el Pleno acordó la elevación de la torre y adquisición de nueva maquinaria y una campana que se hiciese oír en todo el pueblo. Y así fue: 3.280 pesetas para la obra de subir la torre que realizó el cantero marinense Cándido Juncal Corbal;1.200 pesetas para la nueva campana fabricada en Arcos de la Condesa por Juan Ocampo Barreira y 3.149 para la nueva maquinaria y sus accesorios, que vinieron desde Palencia, siendo el adjudicatario Moisés Díaz Santamaría.
Veintiocho carros de piedra se emplearon para prolongar la torre a la que se le añadió el necesario pararrayos, no en vano debía ser la altura más flipante del pueblo, que instaló el pontevedrés Julio Senn. Y ahí se puso a funcionar el reloj con su campana el 18 de junio de 1925 pero sin mucha elegancia estética porque no tenía cúpula ni campana, de momento. Y fue preciso otro presupuesto adicional para montar la cúpula tras lo cual, el arquitecto Juan Argenti, da su conformidad técnica por lo que queda definitivamente recibida la obra.
Manuel Cendán señala a este singular edificio anexo al viejo templo, como “Uno de los más emblemáticos de Marín, testigo, a través de los tiempos, de los hechos más relevantes de la vida marinense que, tradicionalmente, se han celebrado en esta plaza”.
Reaparición de la vieja “esfera”
Quien observe la torre actual comprobará como bajo las tres ventanillas que tiene hay una “esfera” de reloj incrustada en la piedra. Es la primitiva del siglo XIX que apareció cuando se hizo la primera restauración del complejo en el año 1978 y, al picar el cemento que lo recubría, se dieron de bruces con aquel inerte sistema horario. A punto estuvo de desaparecer totalmente porque quien manejaba el cincel y el martillo casi se lo llevan por delante aunque alguien debió darse cuenta y paralizó la desfeita. Hoy se puede ver, con “picada de cincel” pero testigo del proceso de nuestro reloj público más emblemático que bien es verdad hoy no cumple la misma función porque quien más quien menos lleva un par de relojes sobre sí. Estuvo incluso parado varios años y en la actualidad tiene nueva maquinaria y “esfera” lo que le da un plus de continuidad igual para otro siglo de campanadas. Ojalá lo veamos y, si no, que las futuras generaciones busquen esta historia en el magnífico libro de Manuel Cendán Vilela.