Carriola.Julio Santos Pena.02.08.23
Era una palmaria realidad aquello de que “Después de la peregrina... el invierno encima”. Con certeza y acierto se decía eso porque, hace cincuenta años, el clima era como tenía que ser en Galicia y, tras los cuatro días y medio de verano, desde ahora mismo se tornaba todo gris y por encima, como andábamos por la hora vieja, la noche caía muy pronto sobre el pueblo. Y llegaba el momento de las “Poubanas”
Durante los meses de julio y agosto los niños de todas las calles de Marín se habían hecho amigos de otros chavales llegados del interior de Galicia con sus familias alquilando casas por el mes entero con lo que la calle se convertía en una fiesta. Algunos de aquellos chicos o chicas volvían otra vez porque sus padres ya apalabraban la residencia para el próximo año y la amistad entre la grey infantil se acrecentaba y se recibía a los amigos del pasado año con verdadera ilusión, como si de familiares se tratara.

La Alameda, un lugar preferido por las "Poubanas"
Pero pasaba La Peregrina y empezaban a marchar para sus pueblos de residencia con lo que las calles iban quedando otra vez casi vacías y los chavales sentíamos la marcha de sus nuevos o reiterados amigos. Es que, realmente, el invierno ya asomaba la patita en forma de nubes, de “poalla”, a veces nortadas impenitentes y, en todo caso, días sustancialmente más cortos que dos semanas antes.
Y era el momento del otro turismo más humilde pero más entrañable. Alguien, cuando el año pasado hicimos referencia a este mismo tema por estas fechas me explicó que el término “poubana” es una desviación de “poblanas” , referente a “persons residentes en pueblos menores” .Aquellas mujeres que eran la inmensa mayoría de las personas que llegaban como nubes a Marín para ocupar las casas que acogían veraneantes de última hora
- ¿Hai pousada?- se les oía decir cuando, a mediados de agosto, asomaban la cara a la puerta de una vivienda de la calle esperando la respuesta de sus moradores
Y muchas veces sí había “pousada”. Aquellas mujeres casi siempre vestidas con trajes oscuros y toquillas entraban en las casas para negociar con las propietarias de las mismas el precio de unos días de estancia en ellas. Personas del interior gallego que venían, en su mayoría, con la orden expresa de sus médicos del pueblo de tener que bañarse en la playa al menos nueve días y arse nueve chupos cada día, trataban de que aquella orden, seguramente higiénica, les costase el menor gasto y, tras el tira y afloja del acuerdo, dejaban dicho el día de su llegada para iniciar su tardío pero saludable veraneo
Y llegaba el día de la arribada, muchas veces con el disgusto de la dueña de la “pousada” porque, las dos o tres que iban a venir, se convertían, por arte de la magia popular, en seis, siete u ocho personas con lo que el trato se adulteraba bastante, pero no ocupaban más que las piezas de la casa contratadas aunque durmieran todas en una habitación.
La escalinata del Reloj era el refugio de las "poubanas" en las nortadas
Además, aquel turismo tan popular se las arreglaba para no gastar un duro en comidas ni restaurantes porque, con ellas, venían los jamones de casa, el tocino, el queso, el pan las patatas y cualquier otro alimento que pudiera soportar, aunque fuera bajo la cama donde dormían, los diez o doce días que duraba la estancia tras cumplir los nueve baños de rigor médico.
Ni que decir tiene que las casas adquirían un olor a todo aquel avituallamiento que no se iba hasta las navidades siguientes pero, fuera como fuese, poubanas y propietarias acababan llegando a un nuevo acuerdo, no muy diferente al primero y hasta en muchas ocasiones se hacían amistades casi familiares.

Antigua Playa "Das Mulleres" en O Forte
Y las poubanas cumplían el rito anual. La playa de Portocelo y antes en la de "As Mulleres, ya desaparecida, se llenaban de ellas y digo ellas porque los hombres eran una mínima parte de la población flotante llegada en septiembre. Corros de mujeres ataviadas con trajes de baño que no eran tales sino sábanas o tejidos similares que cubrían sus cuerpos a modo de chilabas y que al salir mojadas del mar tras los “chupos” de rigor, se les pegaban como una segunda piel con lo que ofrecían una imagen que en ciertos casos ponía a algunos a cien por hora. Muchas de ellas alternaban el baño de la playa con el que hacían en la desaparecida Casa de Baños que se ubicaba al lado del ayuntamiento donde recibían sanadoras aguas también del mar pero en chorros que alguien les lanzaba desde un metro de altura desde cubos especiales o jofainas debidamente preparadas para ello.

La escalinata de la plaza para resguardarte dela nortada
Las poubanas regresaban a la casa donde residían y, ya al atardecer, salían a pasear por aquel entrañable Marín de los años cincuenta, y su pasión eran los bancos de la alameda o, cuando la nortada arreciaba, que era casi siempre si no llovía, después de la Peregrina, alternando con los días de “poalla”, se concentraban en la escalinata de la Plaza del Reloj hasta que les llegara la hora de la cena con lo que finalizaban el día ya que, aunque alguien no se lo crea, de aquella ni televisión ni radio había, con lo que lo mejor era dormir temprano para reponer fuerzas, que mañana había que darse otros “nueve chupos” en Portocelo.
Entrañable estampa la del turismo de poubanas, dicha sea esta palabra con el mayor cariño y respeto para todas aquellas familias que nos visitaban, y casi siempre repetían cada año, en aquellos tiempos.