Desde mi Escorial para Carriola de Marín
Carriola.José Ruíz Guirado 31.01.24.
julio@carriola.es.

José Ruiz Guirado
El Entierro de la sardina en Marín
LA PRIMERA VEZ que presencié el espectáculo insólito del Entierro de la Sardina, con el que rematan los carnavales marinenses, me quedé vivamente impresionado; hasta tal punto de que resulta difícil olvidarse de ello.
SERÍAN por el año de 1996. Estaba la noche oscura. Era febrero, la luz del día ya se había precipitado al otro lado de la ría. Entraba humedad del mar, y las calles brillaban impregnadas de transparente pátina, iluminadas por los fanales que, poco a poco iban tomando intensidad hasta su plenitud. La gente se agolpaba a lo largo del itinerario por el que discurriría el cortejo. Comenzaron a surgir encapuchados de las instalaciones del Ateneo Santa Cecilia, portando estandartes de las distintas cofradías (la del pulpo, la sardina, etc.). Otros llevaban candiles encendidos.

Detrás, grupos de viudas, rigurosamente enlutadas, portando coronas, caminaban mientras proferían lastimosos ayes, quejas y lamentos. Por fin, apareció el catafalco portado a hombros por cuatro encapuchados revestidos de túnicas blancas y negras. A un lado y al otro colgaban dos coronas de laurel. Cuatro farolillos, uno en cada esquina, adornaban el pequeño ataúd decorado con delfines, pulpos y sardinas de color azul. Sobre el naranja de las telas fúnebres que cubrían el catafalco, caía una cinta de color negra con letras doradas. Unos pasos más atrás, bajo palio, aparece un grotesco obispo barrigudo y narigudo, acompañado de un cura y un monaguillo, portando uno una bacinilla y una escobilla del váter; el otro, un cuadro de una parrilla invertida. Cada cual con sus correspondientes pelucas: una blanca, la otra pelirroja, con dos antenas, una a cada lado (dos pajitas para absorber refrescos); impartiendo bendiciones a diestro y siniestro con la mano izquierda, en la que lleva un enorme anillo con luz. Su correspondiente báculo y medallón con cadena.

Detrás, aparecen estrafalarias autoridades civiles, militares y religiosas. Un grupo esperpéntico y desenfadado; pero ataviados con todo lujo de detalles ocurrentes y extravagantes. La música acompaña al cortejo y al concurrido número de viudas, viudos, solteras, solteronas y algún que otro personaje despistado, incluido en el desfile. Llegaron a una esplanada, en donde las autoridades fueron ocupando sus puestos en un palco allí instalado para la ocasión. Durante todo el trayecto se oía por la megafonía las oportunas explicaciones dadas por el maestro de ceremonias desde el propio palco. Se respiraba, además, un insoportable humo, provocado por el fuego de cuerdas, brea y cuantos elementos inflamables e insoportables se quemaban en unos bidones metálicos dispuestos para la ocasión. Una vez en el palco, el mismo cura antenado con las pajitas y provisto del cuadro con la parrilla invertida; soltó un discurso jocoso, ceremonioso, ocurrente y con su pizca sátira y picante. Una vez concluido, el obispo revestido de manera ostentosa, con su punto de elegancia, estrafalaria y esperpéntica leyó la centenaria LADAÍÑA DA SARDIÑA. Obra escrita por uno de los personajes de la villa para despedir el Entierro de la Sardina que, en boca del obispo sermoneaba, regalando con su voz a los presentes y oyentes en la alameda: las esencias marinas de la villa; el barroquismo galaico convertido en jacarandosos rezos burlones y populares. Un escenario impresionante, desconcertante, original ,sentido y compartido por un pueblo que participa activamente. Pocas veces se contemplan escenas de esta índole, en las que se implican todos los sentidos (aquel tufo, con aquel humo que despedía cuanto ardía en el caldero, se metía por nariz y garganta, provocando la inevitable tos). La música, los colores, la puesta en escena de los distintos personajes, las quejas insufribles de las desconsoladas viudas. O, la improvisación y ocurrencias de quienes se cuelan de rondón en el cortejo. Una vez acabado el sermón, se entierra (se tira) la sardina al mar de donde procede y vuelve. Y, como por arte de encantamiento, la tristeza, la música fúnebre, las lamentaciones se transforma en desenfreno, algarabía e irreprimible alegría festiva: el muerto al hoyo, y el vivo al bollo.
HE DE DECIR, para rematar esta crónica, en mi trabajo “Intrahistoria de Marín”, publicado por Caixa de Pontevedra, Marín, 1997. El ritual del Entierro se conserva de manera muy homóloga a como se hacía en un principio. Tocaba la música en el trayecto una marcha fúnebre, muy de circunstancias, que tenía un solo de cornetín tan tristemente desgarrador que partía el alma, y el público lo coreaba así:
Cantemos todos
la triste suerte
que dio la muerte
al Carnaval,
los ecos tristes
de la campana
suena al fin
Din-dan.