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El Día de Ramos y el Nuevo Templo de ayer a hoy; no todo está perdido

Carriola.Julio Santos Pena.25.03.24.

julio@carriola.es.

Ayer, Domingo de Ramos, fue uno de esos días que están grabados a fuego en el alma de los que fuimos niños allá por los años cincuenta o antes. El “Día de Ramos” sigue teniendo un significado especial para los creyentes, o acaso para los que disimulan sus creencias para no significarse, y la prueba palpable ha sido un año más la multitud que asistió a la bendición de la Plaza del Reloj y el bosque de palmas que se formó cuando en cura párroco sacudía el hisopo con el agua bendita sobre ellos.

El templo antiguo era único hasta el año  1956

Y me ha venido a la memoria esa misma escena allá por los finales de los cuarenta y principios de los cincuenta del pasado siglo, que ya llovió lo suyo, cuando el párroco de mi tiempo, Don José Sáez Pichel, hacía lo mismo que el actual desde el mismo punto de la escalinata y con la presencia de familias enteras que acudían en la mañana de aquel domingo en masa, y no como una obligación, sino como una satisfacción de asistir a aquella ceremonia, la misma ceremonia de ayer, con los mismos matices, religiosos y sociales, salvo pequeños detalles impuestos por el transcurso de los años.

El Día de Ramos era para los niños y niñas, día de estreno. Vestidos nuevos y zapatos de “trínguli” brillantes y capaces de mortificarnos porque durante días hacían heridas en los pies; peinados con raya impoluta y fijador, para que no se descompusieran, y colonia por todas partes porque aquel era un día digno de lucir al niño o a la niña con sus mejores galas.

Y el ramo. Ayer eran prácticamente todas palmas en las manos infantiles y ramitos de olivo en la de los mayores. Pero, para ramos, lo que se dice ramos, los de mi tiempo, que se compraban en la plaza de abastos confeccionados por personas del rural que hacían su agosto aquella semana tras atar a un grueso palo las hierbas y las verdes plantas que componían la figura, cada una con su razón y significado, y que los niños llevábamos a pulso a la bendición con la ilusión de que cayera sobre ellos alguna gota del agua bendita que esparcía Don José quien, previamente, se esforzaba en explicar que no importaba que el agua llegara a todos, por descontado, cosa imposible. Aquellas palmas acababan atadas durante meses en los balcones y las ventanas  y los ramos, también, algunos, porque como eran cosa de niños, muchos no llegaban a casa a la hora de comer, habiendo servido para simbólicas batallas, simbólicas pero “benditas” batallas después de haber cumplido su cometido.

Y terminada la ceremonia de la bendición, que muchas veces había que hacerla dentro del antiguo templo donde casi no cabíamos ni los niños del Catecismo, empezaba la Misa de la Pasión con la que se iniciaba la exposición de la tragedia real de la Semana Santa agrandado el ambiente tétrico con los cantos de Frai José, “Chiripote” (Dios y él me perdonen), que, sentado en aquellos bancos laterales del altar mayor, hacía tronar su vozarrón de contralto profundo que dominaba a la perfección para poner más dramatismo a la historia de los padecimientos de Jesús.

Muchas familias de las que habían participado en la bendición, bien en la escalinata, bien en el interior del templo, ya se habían ido sin asistir a la misa y, entonces, era el momento de los fotógrafos. Había quien se dirigían a los estudios de Maky o Fotoyó, donde se formaban grandes colas mientras los retratistas se esmeraban en cuidar la postura y la iluminación. Otros, se conformaban con la oferta de los fotógrafos de calle como los hermanos Quirós, y más tarde, Cea, Rivas y otros más modernos que resistieron en la tarea mientras no llegó la era digital en la que hay más fotógrafos niños, porque cada teléfono es una cámara dispuesta a recogerlo todo  aunque sin el arte profesional que les ponían aquellos maestros de la imagen popular, de los que quedan ya solo recuerdos.

La alameda de los jardines era el recinto para lucir los vestidos nuevos de las niñas, los trajes de los niños, muchos de los cuales se habían puesto antes de salir de casa por primera vez en su vida, los pantalones largos, un símbolo de empezar a “ser mayor”, y los infernales zapatos nuevos capaces de producir “bochas” de insufrible dolor que había que aguantar hasta volver a casa.

 

El día de Ramos del año 1956 se abrió el Nuevo Templo por primera vez

Y llegó el año 1.956. Fue el Domingo de Ramos cuando, nuestro cura, “Don José” decidió que, aunque el nuevo templo que se había empezado a construir justamente diez años antes, tenía, prácticamente, solo muros, había que ir haciéndolo útil . Ni bancos, ni Santos, ni campanas ni lámparas pero sí una obra de enorme importancia para los marinenses convocados ese año tal día como el de ayer, Domingo de Ramos.

Y allá nos fuimos por primera vez. Como siempre palmas y ramos en manos de niños, niñas y mayores y todos metidos en el templo donde, a pesar de ser cientos, sobraba sitio de la mitad para atrás. Don José en el altar mayor, todavía incompleto, se desgañitaba para hacerse oír en el rezo de las oraciones propias del acto pero en el momento de la bendición se volvieron a elevar palmas y ramos como siempre, como ayer mismo, y aquel fue el comienzo de la ya larga historia del templo al que, a pesar de sus ya cumplidos 68 años, seguimos denominando “Nuevo”.

Y aquel año, como  los anteriores décadas atrás, de regreso a casa las familias se enfrentaban al banquete de uno de los días señalados en el año para festejar a lo grande, cada uno dentro de sus posibilidades. Casi siempre las pagaba el gallo del corral que aparecía sobre la mesa hecho sabrosas trizas y los niños deseábamos aprovechar cualquier flojedad disciplinaria de los mayores para salir pitando a jugar en la calle, ¡aquello era jugar!, o ir al cine infantil, donde había película de romanos, apropiada para la semana, o de vaqueros, siempre vencedores, o incluso de Cantinflas que era desternillante.

Salir del cine y, si te había sobrado alguna pesetilla acercarse al carrillo de La Anduriña, era la norma no escrita, acabando por disfrutar pirulís, caramelos, chicles y maravillas que para muchos hoy podrían ser tonterías. Había que aprovechar porque, del jueves al domingo, aunque libres de la escuela, el silencio se hacía ambiente. Televisión no había (¿alguien pude creérselo?, y las radios emitían música sacra, y el parte de noticias nacionales de las dos de la tarde. Si acaso la retransmisión de una procesión y del sermón de las Siete Palabras desde algún templo cercano.

Las cosas han cambiado, es cierto, pero ayer la Plaza del Reloj volvió a llenarse a tope con palmas, olivos, niños y niñas de “estreno” y ambiente de fiesta religiosa.

No está todo perdido.

 

 

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