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Desde El Escorial para Carriola de Marín

EUGENIO MONTERO RÍOS EN MARÍN.

Por José Ruiz Guirado.

 UN servidor acude a la “intrahistoria”, generalmente desde la crónica. El término, según la RAE, es una voz introducida por Miguel de Unamuno para referirse a la vida tradicional, que sirve de decorado a la historia más visible.  En esta ocasión, hemos traído a colación a Don Eugenio Montero Ríos (Santiago de Compostela, 1832-Madrid, 1914). Comenzó su participación en la política dentro del Partido Progresista de Juan Prim. Tras la  Revolución de 1868, fue diputado en las Cortes constituyentes de 1869 con los progresistas por la provincia de Pontevedra. Participó en el gobierno de Prim en 1870 como ministro de Gracia y Justicia. En 1873 participó en la fundación del Partido Republicano Democrático de Cristino Martos y en 1877 en la creación dela Institución de Libre Enseñanza.

ALLÁ por el año de 1902 don  Eugenio Montero Ríos vivía en su hotel en Los Placeres, en el que se podía encontrar a ministros, subsecretarios, gobernadores y embajadores. En la villa próxima de Marín ondeaban banderas de Vice-Consulados. Periódicamente atracaban en su puerto vapores-correos de la línea Sur-América, Vapores-Correos. Todo se perdió. ¿Por culpa de quién? Don Eugenio Ríos lo definió: “Al Meco lo matamos todos.”

Durante el verano, don Eugenio visitaba con frecuencia Marín. Se desplazaba en el tranvía a vapor.  Lo hacía sentando en el coche o en la plataforma, tocado de un sombrero de paja; pañuelo blanco de seda al cuello y en la mano, oportuno pay pay para darse aire.  Gustaba de sentarse en los bancos de la Estación del tranvía solo o acompañado de los empleados con quienes conversaba. En alguna ocasión, entraba en el cuarto del Jefe de la Estación. Por aquellas calendas de principios del siglo XX, lo regentaría José Tafall, persona extremadamente simpática, que sentía  debilidad irresistible  por el vinillo blanco de la taberna de Lagos; situada a veinte pasos  de la Estación, bien visible desde ella. Don Eugenio ocuparía su puesto. Una vez en la taberna, don Eugenio le invitaría a Tafalla, desde la puerta de la tasca, taza en mano, a tomar una fecha. El invitado no sabía qué hacer. Pero le pudo el prurito del cargo. Dejaría el cuarto de  mando, se acercaría al político, y con todo el respeto hacía el prócer, le espetaría:  “Mire usted, don Eugenio, usted fue presidente del Consejo, del Senado, del Congreso, todo lo que se pueda ser en España. Pero nunca fue Jefe de Estación.”  

DECÍA más arriba, al inicio de este breve, mi inclinación a la crónica. Aquella fina socarronería gallega de don Eugenio, en un elegante Lissez-faire, se levantaría de su asiento para despachar unos billetes  en taquilla y, se volvería a Lourizán.  El tranvía a vapor circularía trazaría su recorrido a su libre albedrío; hasta que el alcalde José Rocafort, fundador de la banca y del almacén de coloniales,  tan beneficiosa para la economía marinense, establecería la ruta fija. Hay recogida alguna anécdota más, protagonizada por don Eugenio con un canónigo de Santiago; pero eso lo dejamos ya para otra ocasión.

“EN torno al casticismo”, obra de Miguel de Unamuno, en  el prólogo a su edición como libro en 1902, (fecha en la que nos hemos movido en Marín) el autor recuerda que escribió estas páginas «antes del desastre de Cuba y Filipinas, entre el que se creó una civilización y un mundo en un islote y el que se empeñó en enderezar el mundo en que vivía».

 

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