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Recordando a Ángeles Iglesias

 “Geluca” dejó impronta de su arte y un digno heredero.

 Carriola. Julio Santos Pena.20.04.21

 No hace mucho que nos dejó Ángeles Iglesias, a quien todos conocíamos como “Geluca”, y el mundo del arte de la pintura se ha quedado sin un valor de alto voltaje en calidad de su obra. Geluca empezó a pintar con más de cincuenta años de edad, tras enviudar, y acaso empujada por la necesidad de tapar el hueco moral que le dejó la separación final de su esposo. Quizá nadie salvo, seguramente, los pocos que la conocían muy de cerca, podría imaginarse hasta donde iba a llegar el arte de esta mujer cuyos genes heredó su hijo Antón Sobral, otro de los pintores gallegos más admirados en Galicia desde hace ya muchos años. Cada uno con su estilo y su tendencia y así como Antón es un enamorado del mar, del cielo, de las nubes, del horizonte todo ello englobado en la magia de sus cuadros, Geluca dominaba como nadie el bodegón, las muñecas y, sobre todo, los manteles con increíbles bordados que parecen reales en cada una de sus obras.

Antón Castro dijo de ella en el catálogo de una exposición patrocinada los la Caja de Ahorros de Pontevedra en el año 1998: “La pintora marinense, con una larga carrera en el tema de la naturaleza muerta, si así se puede llamar a sus composiciones que siempre resultan vivificadas por la exquisitez, es una mirada que nos sorprende a causa de la sutileza del acercamiento sencillo al objeto, convirtiendo aquello en un mecanismo de estudio y análisis de la huella del hombre, es decir de nuestra presencia metomínica en el mundo”. “Porque  los objetos que se someten a su idea representacional desde el primer plano que fija la parte superior de un a mesa, el escenario de luces y sombras que enmarcan su misterio de actores silenciosos, son secuencias que nos remiten a nuestra imagen cotidiana, secuencias tratadas con afecto”.

El mismo experto reconoce  en la pintura de Ángeles que “Levedad es quizás la palabra que mejor podría definir la pintura de Ángeles Iglesias, la ausencia de peso que Italo Calvino relaciona en algún momento con la melancolía, con el vacío, con el misterio, y que nos puede transmitir sensaciones de suspensión, de silencio y de calmado encanto”.

Podríamos traer a este espacio nostálgico de Carriola de Marín otras muchas críticas favorables y acaso ninguna negativa, aunque buscásemos debajo de las piedras, porque Geluca dejó impronta de su sutileza, su amabilidad y su finura artística en cada uno de sus cuadros. Fueron múltiples las muestras con las que sorprendió al público, entendido o no, en numerosas salas de Galicia y, al margen de pintura, dejó señuelo de su arte en decenas de niños y niñas en los cursos que impartió durante mucho tiempo en el Ateneo Santa Cecilia.

En su recuerdo dejamos aquí como señal de su identidad artística, la reproducción de algunos de sus deliciosos cuadros.    

 Tetera y paño, de 1998

 

 Tarro y dos limones, de 1998

 

 Cuatro manzanas y paño, de 1996

 

 Dos melocotones, de 1997                      
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