Carriola.Julio Santos Pena.20.05.21
Hace unos días fui testigo directo del enorme disgusto que sufrió un niño cuando comprobó que le habían robado su bicicleta, con el casco incluído, que habían sido un premio de su familia por méritos propios que no viene ahora al caso explicar. Podría pensarse que el chaval dejó la bici en cualquier sitio de la calle mientras, por ejemplo, se puso a jugar con los amigos con una pelota, pero nada más lejos de la realidad porque, la bicicleta, estaba en el rellano del piso donde vive que es una quinta planta, para más detalle. ¿Quién puede esperar que haya alguien capaz de subir cinco plantas de un edificio y se atreva a llevarse una bicicleta que no es una cosa que se pueda meter en un bolsillo, ni mucho menos?. Pues sí porque hay “gente pa to”, que diría un castizo, a la que no le importe dar el disgusto de su vida a un chaval que tiene media alma puesta en su bicicleta que acaso es una de las mayores ilusiones de cualquier niño.
Pero contra el disgusto está la alegría y nuestro mozo vio ayer tarde cómo la Policía Nacional de Marín le devolvía la bici tras haberla localizado en un conocido establecimiento local de esos que venden de todo acaso sin importarle de donde viene. Los agentes, tras la denuncia puesta por la familia del niño en cuestión, hicieron bien su trabajo, ese trabajo que no se ve, o no se quiere ver muchas veces, pero que en esta ocasión dio como resultado la localización del objeto robado RO-BA-DO, aunque se le quiera suavizar con el adjetivo “Hurtado” al parecer por el valor económico que tiene, como si solo haya que tener en cuenta el valor económico de las cosas, como es el caso.
Al parecer, según se informa al padre del chaval que puso la denuncia en comisaría, el ROBO lo hizo una mujer española, para más señas, y lo digo por si acaso hay quien busque extranjería en el caso, y fue a vender la bicicleta a ese establecimiento que la compró, dicen, por quince euros.
El episodio llegó a buen fin. Hay que felicitar a la Policía Nacional, por su ágil respuesta para resolver el caso, y pedir al establecimiento que tenía en su poder la bicicleta que tengan más cuidado a quien le compran las cosas para hacer negocio con ellas porque, seguramente no lo saben (¡ja!), pueden caer en un delito de receptación que les complique la vida. Hay que hacer una llamada a todo el vecindario para que no se fíen de quién llama al telefonillo del portal sin identificarse, porque puede ser que se vean metidos en un problema como el de esta familia que comprobó la desesperación de un niño en cuya cabeza todavía no cabe que haya tanta maldad. A la ladrona tendría la Justicia que explicarle que “éso no se hace” pero no estoy muy seguro de que lo hagan ni de que lo entienda.
Ayer el muchacho ya pedaleaba de nuevo su bicicleta. Estoy Seguro de que habrá tomado buena nota y ni en la quinta planta de su edificio volverá a dejarla sin atar con diecisiete cadenas. Si fuésemos de ese canal de televisión donde hay una jueza que resuelve denuncias y pleitos televisivos diríamos como ella “¡¡¡Caso cerrado!!!, esta vez con mucha satisfacción.