Carriola.Julio Santos Pena.21.05.21

Julio Santos Pena
Imposible sería para cualquier marinense del siglo XVIII reconocer su pueblo si por cualquier modernidad científica pudiera volver, aunque fuera de visita, para verlo. Y es que la transformación fue tan enorme como debatida a lo largo de los últimos dos siglos y medio, porque nuestros antepasados jugaron más a la formación de un puerto comercial que a la conservación de los arenales que formaban una sucesión de playas entre el Forte y el mismísimo Placeres, con alguna que otra roca intermedia. Lo recoge muy detalladamente Manuel Cendán Vilela en su libro “Marín en las Tarjetas Postales Antiguas” que estamos utilizando en Carriola de Marín desde nuestra salida porque consideramos que el trabajo de Cendán, para nuestro bien, debe ser conocido por todos.
Empieza nuestro puerto cuando que se denominaba “San Giao (de Juliano) d’os Escoirados” es decir, de los Ancorados, por ser el lugar donde los navíos echaban sus áncoras. Era en realidad el puerto de “San Xulián de Marín” que en un principio fue exclusivamente de pescadores en el que las pequeñas embarcaciones descargaban el pescado en rampas o peiraos situados en la Banda do Río y La Ribera. En la playa de la orilla derecha del Lameiriña se ponían las redes a secar y para reparar, y en la playa de la Fornalla, al pie del Monte Pesqueira, es decir, a la izquierda del río, se varaban los barcos para limpiar sus fondos. Al otro lado, Cantodarea y Estribela compartían la protección de “Pedras Longas” donde los pescadores de la zona realizaban las mismas tareas.

Primer muelle de Marín, construído en 1930/40 para fábricas de salazón de A Mouta
Cendán Vilela sitúa en el siglo XVII la decadencia económica de Pontevedra que afecta al tráfico marítimo que se realizaba a través del Lérez y con ello se incrementa notablemente la actividad en el puerto de Marín que, ya en el siglo XIX, se convierte en uno de los más importantes de la Ría y de los mejores, por sus condiciones, de Galicia. Cendán apoya su afirmación en los datos del Catastro del Marqués de la Ensenada que en 1752 fija las principales autoridades de la villa con los ingresos económicos que se le asignan y entre otros enumera: Gobernador del Fuerte de San Fernando, Escribanos de número real, de guerra y de sanidad; Médico del Puerto y de Sanidad; Patrón de la lancha de Sanidad; Viscónsules ingles y sueco; Administrador Fiel y Guarda de Rentas Provinciales, y el Notario Apostólico, “todos ellos – añade Cendán – relacionados en mayor o menor medida con la actividad y la defensa de la villa”.
Y, ya lo comentamos en otro relato anterior, empiezan a llegar los catalanes a mediados del XVIII lo que inicia la transformación industrial de Marín. Alquilan o compran la mayoría de las bodegas hasta entonces utilizadas por los pescadores locales, construyen “muertos” y espacios donde salar la sardina, y enseguida instalan sus fábricas en el entorno de la Mouta, donde elaborar el pescado obtenido ya con las técnicas mediterráneas que ellos mismos acaban imponiendo a pesar de la resistencia local para ello. Ni que decir tiene que, para atracar los barcos, construyeron rampas o “peiraos” en la misma playa cercanos a sus factorías.

En la Banda do Río, secadero de redes a la derecha y varadero a la izquierda. Ya se ve también el segundo muelle a la izquierda.
Y esa actividad creciente provocó la construcción de lo que se pudo considerar el primer muelle del Puerto de Marín que Manuel Cendán calcula fue en la década de los años 30 del siglo XIX aunque no tiene constancia fija del dato. Fue un muelle construido para dar cabida a la actividad de las fábricas de La Mouta, de las firmas Rocafort, Agulla, Domenech, Vita, Arrufana…etc. Era un muelle pequeño pero histórico porque en él embarcaron los Duques de Montpensier para trasladarse el vapor Isabel II, probablemente el primer barco mixto de vapor y vela fondeado en la Ría marinense con motivo de la visita de SS.AA.RR. en el año 1852. Con este motivo, la referencia a este peirao fue recogida por los periódicos que cubrían informativamente el viaje de los Duques. Por si alguien no puede situar ese pequeño muelle, dice Manuel Cendán que se encontraba donde hoy está el Museo Torres por allí estaban varias fábricas de salazón y concretamente la del señor Agulla. Todavía hoy la corta y estrecha calle entre el Museo y la casa que fue domicilio de Concha Sanjorge (+), se denomina “Muelle Viejo” aunque el mar le quede ya a no menos de un kilómetro de distancia.
Se da la circunstancia de que el Diccionario Geográfico de Pascual Madoz, en 1845 lo refiere así “El Puerto de está villa con su pequeño muelle es uno de los más limpios, espaciosos, seguros y cómodos de toda la costa y, para entrar en él durante las mayores borrascas no se necesita práctico; abordan al mismo toda clase de buques sin exceptuar los de mayor porte, teniendo allí un excelente fondeadero que abriga de los vientos del Sur, la mencionada montaña en la cual existe el Castillo de San Fernando y los del Oeste, la Isla de Tambo”.
El mismo Pascual Madoz da como datos de movimiento del puerto marinense en 1845, que “han entrado 3 barcos procedentes del extranjero con 138 toneladas; 177 buques procedentes de otros del reino con 10.137 toneladas y salieron hacia otros del reino, 171 buques con 9.463 toneladas” y señala como mercancías entradas, aceite, aguardiente, jabón, cobre, loza, tejidos y quincalla y como mercancías salientes maíz, pescado salado y sardina prensada.
Y se hizo demasiado pequeño aquel muelle para sostener la actividad portuaria y la creciente llegada de barcos de gran porte para la época que se veían en la necesidad de quedar fondeados y servirse de pequeñas chalupas y lanchones que intermediaran cargas, descargas, embarques y desembarques. Y ya en 1856, Cendán se encuentra en el acta del Pleno Municipal del 20 de junio de ese año con la referencia a la necesidad de construir un nuevo y más grande y operativo muelle.
Pero eso ya es materia para otro día en que recurramos de nuevo a la magnífica obra histórica que Cendán Vilela compuso, tras un ímprobo trabajo de investigación, que solo con agradecimiento póstumo podemos pagarle.