Carriola. 18.07.26.
julio@carriola.es.
¿DE VERDAD ESTE ES EL DEBATE ?

José Iglesias
Esta semana he asistido, una vez más, a uno de esos debates que parecen incendiar un país entero. Un expresidente afirmaba que la selección francesa apenas tenía franceses. Inmediatamente llegaron las respuestas, los insultos, las descalificaciones y esa costumbre tan nuestra de repartir carnés de buenos y malos con una facilidad pasmosa. Unos llamaban fascista al primero; otros respondían calificando de ignorantes a los segundos. Y así, entre unos y otros, pasaron días de tertulias, titulares y discusiones.
Confieso que no entiendo nada.
Será porque soy hijo, nieto, sobrino, ahijado y yerno de emigrantes. Será porque mi abuelo Eugenio, con apenas doce años, se embarcó como polizón rumbo a Cuba buscando un futuro que aquí no encontraba. Será porque crecí escuchando historias de quienes tuvieron que marcharse para poder vivir dignamente.
Quizá por eso me cuesta convertir la inmigración en un arma arrojadiza.
Y me hago una pregunta muy sencilla.
¿De verdad ese es el problema que más debería preocuparnos?
Mientras discutimos sobre el origen de unos futbolistas —por cierto, un asunto que me importa poco o incluso nada— nuestro país sigue perdiendo miles de hectáreas bajo el fuego cada verano. La desertización avanza lentamente, como avanzan las enfermedades silenciosas, sin ocupar demasiados titulares. Se cierran camas hospitalarias precisamente cuando la población más las necesita. Hay sectores enteros, como la construcción, la hostelería, el transporte o la pesca, que no encuentran trabajadores suficientes para mantener su actividad. Nuestros barcos buscan marineros a miles de kilómetros de nuestras costas y nuestras empresas necesitan conductores que no aparecen.
Esas preguntas sí me parecen importantes.
Y todas conducen, de una manera u otra, a la inmigración.
Pero no a una inmigración utilizada como eslogan político, sino como un asunto de Estado.
Porque una cosa es abrir las puertas sin ningún criterio y otra muy distinta es permanecer inmóviles mientras el problema crece.
Recuerdo una historia de mi padre.
A principios de los años sesenta quiso embarcarse en petroleros de bandera noruega. Acudió al consulado y allí le entregaron un pequeño manual con un centenar de palabras en noruego. Cuando las aprendió, lo examinaron. Si demostraba que podía desenvolverse, le ofrecían un contrato. Eso sí, durante los seis primeros meses estaba obligado a disponer del dinero suficiente para costear su regreso si la empresa consideraba que no era apto para el trabajo.
Aquello no era un muro.
Tampoco era una puerta abierta de par en par.
Era, simplemente, un sistema.
Ordenado.
Previsible.
Respetuoso tanto con quien llegaba como con quien recibía.
¿Por qué no reforzar nuestros consulados y embajadas para que sean allí donde se gestionen las necesidades reales de nuestras empresas? ¿Por qué no seleccionar perfiles profesionales, facilitar la llegada legal de quienes hacen falta y ofrecerles un camino claro para integrarse? Estoy convencido de que resultaría más eficaz y, probablemente, más económico que desplegar enormes recursos para afrontar situaciones que podrían haberse evitado desde el origen.
Hay otra reflexión que me ronda desde hace tiempo.
Con demasiada frecuencia calificamos cualquier rechazo hacia un inmigrante como racismo. No estoy tan seguro de que siempre sea así.
Mi impresión es que España, más que un país racista, ha sido muchas veces un país clasista.
Pensemos un momento. Un médico cubano, un ingeniero argentino, un militar venezolano, un empresario marroquí o un investigador senegalés difícilmente provocan rechazo por el color de su piel o por el lugar donde nacieron. Sin embargo, la percepción cambia cuando vemos a una persona pidiendo limosna, durmiendo en un banco o malviviendo en una plaza.
No justifico esa actitud. Todo lo contrario.
Pero quizá deberíamos preguntarnos si rechazamos el origen de las personas o la pobreza que representan ante nuestros ojos.
Y no es la misma pregunta.
Conviene, además, no perder nunca la memoria.
La historia tiene la costumbre de repetirse.
Hace apenas unas décadas éramos nosotros quienes hacíamos las maletas. España expulsaba a cientos de miles de hombres y mujeres hacia Cuba, Venezuela, Argentina, Francia, Suiza o Alemania. No emigraban por aventura. Lo hacían porque aquí no encontraban un futuro. También ellos fueron observados con recelo hasta demostrar quiénes eran y qué podían aportar.
Por eso desconfío de los discursos simples.
Ni todo el que llega supone un problema.
Ni todo vale en nombre de la solidaridad.
Entre ambas posiciones existe un espacio enorme donde caben el sentido común, el orden y el respeto.
Mientras tanto, nosotros seguimos entretenidos discutiendo si unos futbolistas son más o menos franceses.
Y quizá ese sea el verdadero problema.
No la inmigración.
Sino nuestra extraordinaria capacidad para convertir en cuestión de Estado lo accesorio mientras los bosques siguen ardiendo, los hospitales continúan necesitando personal, las empresas no encuentran trabajadores y el campo se vacía lentamente.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de discutir sobre lo inútil y empezar, de una vez por todas, a reconducir este modelo de sociedad que se nos va de las manos.