Lapetit
The current Bet365 opening offer for new customers is market-leading bet365 mobile app You can get a free bet right now when you open an account.

Los martes, MARIN DIGITAL Y COMERCIO(*): Negocio y humanidad

Carriola.21.07.26

julio@carriola.es

TU NEGOCIO NO NECESITA PARECER PERFECTO: NECESITA PARECER HUMANO

Omar Tissir

¡Boas, vecinos y amigos de Carriola!

Hace poco publiqué una historia sobre el día en que, después de caminar más de 30.000 pasos por Madrid y con el sol intentando cocerme como un centollo, confundí la entrada del Retiro con la del Real Jardín Botánico. Entré buscando un árbol bajo el que desplomarme y acabé dos horas recorriendo uno de los jardines más bonitos que he visto. Podéis leer aquí Entré por ERROR al Real Jardín Botánico de Madrid (y acabó siendo lo mejor del día), porque aquella equivocación explica bastante bien algo que muchos negocios todavía no han entendido: lo imperfecto, cuando se cuenta con honestidad, conecta mucho más que la publicidad peinada con gomina y lista para ir de boda.

Durante años nos han enseñado que una empresa debe parecer impecable en internet. Fotografías perfectas, frases que parecen redactadas entre siete personas dentro de una sala de reuniones y publicaciones donde todo sale siempre bien. Nadie llega tarde, ninguna empanada se rompe al sacarla del horno y jamás aparece una caja rebelde ocupando medio mostrador.

Todo precioso. Todo correcto. Todo más tieso que una escoba.

El resultado suele ser una comunicación tan limpia que casi da miedo tocarla, no vaya a ser que dejemos una huella en la pantalla.

La perfección puede quedar bonita y no decir absolutamente nada

Pensad en dos publicaciones de una panadería. En la primera aparece una fotografía perfecta de una empanada acompañada por la frase: «Calidad y tradición a tu alcance». Está bien, pero podría pertenecer a una panadería de Marín, Cuenca o Kuala Lumpur. Solo faltaría añadir «desde 1987» y una gaviota de fondo para tener el lote completo.

En la segunda, el panadero cuenta que esa mañana se le quemó la primera hornada porque estaba discutiendo con el proveedor, que tuvo que empezar de nuevo y que a las once por fin salió el pan como quería. Añade una fotografía sin demasiada producción, con harina sobre la mesa y cara de llevar despierto desde una hora que debería estar prohibida por la Constitución.

¿Cuál recordaríais?

Seguramente la segunda, porque ahí hay una persona. En la primera solo hay una empanada que parece tener mejor vida que nosotros.

No estoy proponiendo que retransmitamos cada desgracia del negocio como si aquello fuera un documental de supervivencia grabado en la Costa da Vela. Se trata de mostrar el trabajo real que existe detrás del producto. Las personas no conectamos con un catálogo; conectamos con el esfuerzo, las decisiones, los pequeños fallos y la gente que intenta hacer las cosas bien, aunque algún día el plan salga un poco ao carallo.

La investigación sobre narrativa lleva años observando este fenómeno. Cuando entramos mentalmente en una historia, prestamos más atención y levantamos menos defensas que ante un anuncio directo. En turismo ocurre algo parecido: varios estudios han comprobado que las escenas naturales y espontáneas pueden generar mejores respuestas que las imágenes demasiado posadas, porque permiten imaginar la experiencia en lugar de limitarse a contemplar el escaparate.

Dicho en marinense: una historia invita a subir al barco; un anuncio tradicional muchas veces se limita a enseñarnos una fotografía del barco amarrado, recién pintado y sin una sola persona pasándolo bien dentro.

Enseña las costuras, pero no salgas con los pantalones rotos

Mostrar humanidad no significa transmitir desorden. Si un restaurante sirve tarde todos los días, no necesita una campaña de storytelling: necesita organizar la cocina. La comunicación no arregla un mal servicio, igual que pintar un barco no tapa una vía de agua. Puede quedar muy bonito en Instagram, pero vas para el fondo igual.

Sin embargo, cuando el producto es bueno, enseñar el proceso aumenta su valor. Una floristería puede contar por qué una planta llegó en malas condiciones y cómo consiguió recuperarla. Un taller puede explicar el diagnóstico más extraño de la semana. Una tienda puede enseñar la odisea de elegir diez prendas entre doscientas sin acabar hablando sola. Una clínica puede contar, respetando siempre la privacidad, cómo prepara una primera visita para que el paciente llegue menos nervioso.

Ahí aparece la diferencia entre decir «nos preocupamos por nuestros clientes» y demostrarlo. La primera frase es publicidad. La segunda es una historia.

Y en un lugar como Marín, donde antes de entrar en un negocio probablemente ya conocemos a un primo del dueño, la confianza no se gana hablando como una multinacional. Se gana enseñando quién está detrás, cómo trabaja y por qué hace las cosas de una determinada manera.

Una fórmula sencilla para empezar mañana

No hace falta contratar un equipo de rodaje, comprar un micrófono con lucecitas ni aprender a hablar como un presentador de televisión. Basta con elegir una situación real, explicar qué ocurrió, contar qué hiciste y terminar con lo que aprendiste o con la utilidad que puede sacar el cliente.

Situación, pequeño conflicto, solución y aprendizaje. Cuatro piezas. Como una mesa: si le quitas una, empieza a bailar y acaba derramando el café. Y como sea café recién hecho, la historia ya la tienes, pero la mañana se te complica bastante.

Lo importante es no inventar aventuras para parecer interesante. La autenticidad fingida se nota desde bastante lejos. Tiene algo difícil de explicar, pero canta más que una orquesta un domingo de fiestas.

Cuenta el pedido que casi no llegó, la conversación curiosa con un cliente, la decisión difícil o ese detalle del oficio que para ti es cotidiano, pero que el resto nunca ha visto. Incluso puedes explicar un error siempre que cuentes cómo lo solucionaste. Reconocer que algo salió mal no te hace parecer menos profesional; esconderlo detrás de una frase genérica tampoco te convierte en Apple.

La mayoría de los negocios locales ya tiene buenas historias. El problema es que ocurren detrás del mostrador, en el almacén, durante una llamada o cinco minutos antes de abrir, y nadie las está contando.

Quizá por eso también creé En Off, un espacio donde los viajes no se resumen en cuatro fotografías perfectas, sino que incluyen kilómetros, presupuestos, errores, rincones inesperados y todo lo que sucede cuando el plan empieza a torcerse un poco. Que, siendo sinceros, es normalmente cuando comienza la parte que merece la pena contar.

Porque, tanto viajando como trabajando, la historia que más conecta rara vez es aquella en la que todo salió exactamente como estaba previsto.

A veces basta con equivocarse de puerta, perderse un poco y tener la curiosidad suficiente para no darse la vuelta. Malo será.

roslev