Carriola. 15.08.26.
julio@carriola.es.
12 de agosto del año de Nuestro Señor de 2026.

José Iglesias
Aunque estoy rodeado de personas por todas partes, empiezo a sentirme solo. Como un náufrago en una pequeña isla desde la que contempla pasar barcos cargados de gente entusiasmada por asuntos que, por alguna extraña razón, a él empiezan a dejarle absolutamente indiferente.
Debo confesarlo antes de que sea demasiado tarde y alguien venga a rescatarme: me importa poco el eclipse. No sé si debo llamarlo total, parcial, histórico, irrepetible, extraordinario o cualquiera de los adjetivos con los que llevamos días bombardeados. Sé que probablemente estoy ante un fenómeno astronómico excepcional y que debería emocionarme contemplando cómo la Luna se interpone entre nosotros y el Sol. Lo comprendo. Lo respeto. Incluso cumplí la promesa de levantar la cabeza unos minutos llegado el momento. Pero nuestra maravillosa sociedad de la información ha conseguido algo que parecía realmente difícil: que termine aborreciendo un eclipse antes incluso de que suceda.
Porque no basta con contarlo. Hay que exprimirlo. Horas de televisión, páginas de periódicos, conexiones en directo, recomendaciones, expertos, mapas, simulaciones, redes sociales, lugares privilegiados para observarlo y, por supuesto, gafas. Muchas gafas. Gafas para todos. Si hoy descubriéramos que para contemplarlo correctamente hay que hacerlo vestido de pastor nepalí, sospecho que pasado mañana se habrían agotado los cayados y las mantas de yak.
La información hace tiempo que dejó de limitarse a informar. Ahora necesita convertir cualquier acontecimiento en un thriller. Todo tiene que ser histórico, extraordinario, preocupante o irrepetible. Si no genera expectación, ansiedad o necesidad inmediata de comprar algo, parece que no existe.
Hoy escuché a un científico —o al menos lo presentaban como tal— advertirnos de que deberíamos aprovechar la ocasión porque dentro de unos 600 millones de años los eclipses solares totales ya no se producirán debido al progresivo alejamiento de la Luna.
Reconozco que aquello me preocupó.
Mucho.
Tuve que consultar inmediatamente mi agenda y, efectivamente, allí estaba: 12 de agosto del año 600.002.026: ver eclipse.
He tenido que tacharlo.
Una pena, porque creo que aquella tarde la tenía libre.
Y mientras nuestra atención colectiva permanece convenientemente dirigida hacia el cielo, aquí abajo continúan sucediendo algunas pequeñas molestias terrenales. Los montes arden, el Mediterráneo alcanza temperaturas que deberían hacernos pensar, determinadas zonas padecen problemas de agua y en nuestra Ceuta siguen acumulándose dramas humanos que no desaparecen simplemente porque dejemos de mirarlos.
Pero durante unas horas todo eso puede esperar.
Tenemos un eclipse.
Y quizá el eclipse haya sido únicamente una excusa para hablar de algo que empieza a preocuparme bastante más que la posición relativa del Sol y la Luna: nuestra incapacidad para distinguir entre lo importante y lo simplemente llamativo.
Vivimos sometidos a una gigantesca competición por nuestra atención. Cada día alguien decide cuál debe ser nuestra preocupación, nuestra indignación, nuestra conversación e incluso nuestra emoción. Hoy tenemos que maravillarnos con el eclipse. Mañana aparecerá otra cosa. Pasado mañana, otra. Y cada acontecimiento será presentado como si nuestra existencia dependiera de seguirlo minuto a minuto.
Todo es urgente.Todo es histórico.Todo es imprescindible.
Y, curiosamente, casi nada permanece en nuestra memoria más de una semana.
Quizá por eso empiezo a sentirme como aquel náufrago. No porque quiera aislarme del mundo ni porque considere que quienes disfruten del eclipse sean unos ingenuos. Al contrario: quien tenga ilusión por contemplarlo, que lo disfrute. Seguramente será hermoso. Mi problema no es con la Luna, que bastante tiene la pobre con llevar miles de millones de años dando vueltas sin cobrar dietas.
Mi problema es con nosotros.
Con esa necesidad permanente de convertir cualquier acontecimiento en espectáculo, de multiplicarlo hasta la saturación y, finalmente, comercializarlo. Hemos conseguido transformar hasta el movimiento de los astros en contenido.
Tal vez , ahora, pasado el acontecimiento, guardemos las gafas en un cajón, subamos nuestras fotografías a las redes y volvamos a mirar hacia abajo.
Y allí seguirán los incendios.
Seguirá el agua que falta.
Seguirá el Mediterráneo calentándose.
Seguirán nuestras fronteras.
Seguirán todos esos problemas que no pueden resolverse poniéndose unas gafas durante unos minutos y mirando al cielo.
Mientras tanto, yo permaneceré un poco más en mi pequeña isla.
Tengo sombra, algo de agua y todavía me queda sentido del humor, así que no mandéis ningún barco de rescate.
Además, pensándolo bien, desde aquí se observa bastante bien el mundo.
Aunque cada día lo entienda un poco menos.
Buena semana.