Carriola. 22.08.26.
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MARÍN, preparémonos para el futuro

Josè Iglesias
Este verano, como ya me ocurrió alguno de los anteriores, tengo la sensación de que cada vez somos más. Más coches, más gente por las calles, más ocupación en las playas, más mesas ocupadas en las terrazas y más personas descubriendo algunos de esos lugares que quienes vivimos aquí tenemos la enorme fortuna de disfrutar durante todo el año.
Y me alegro.
Que nadie interprete esta reflexión como un alegato contra quienes deciden pasar sus vacaciones entre nosotros. Todo lo contrario. Bienvenidos sean. Que conozcan nuestras playas, nuestros montes, nuestra gastronomía, nuestras fiestas y nuestra forma de vivir. Que disfruten de Marín y, si puede ser, que cuando regresen a sus casas hablen bien de nosotros.
Mi preocupación no son ellos.Mi preocupación somos nosotros.
Porque uno ha tenido la suerte de vivir —y recalco lo de vivir, no visitar durante quince días— en lugares tremendamente turísticos como Canarias y el Levante español. Y precisamente porque conozco algunas de las consecuencias de determinados modelos turísticos, no quisiera verlas reproducidas aquí dentro de veinte años.
Algo está cambiando.
Podremos discutir eternamente sobre las causas, los porcentajes y las responsabilidades, pero negar que nuestro clima está cambiando empieza a resultar complicado. Yo no soy científico, meteorólogo ni climatólogo, así que no pretendo dar lecciones a nadie. Mi observatorio climático es bastante más modesto.
Es mi balcón. Desde allí llevo muchos años viendo trabajar el campo.
Recuerdo cuándo se sembraba el maíz y cuándo se recogía. Mayo era mayo y junio era junio. Ahora hay años en los que empezamos a sembrar en marzo. Los inviernos ya no son aquellos inviernos, los otoños parecen prolongaciones del verano y aquellas cuatro estaciones perfectamente reconocibles que aprendíamos en la escuela empiezan a mezclarse unas con otras.
Los científicos tendrán sus gráficas. Los que vivimos en el rural tenemos el calendario de las cosechas.
Y ambos parecen estar diciéndonos que algo sucede.
Ese cambio tendrá muchas consecuencias y una de ellas puede estar empezando a llamar discretamente a nuestra puerta.
Cuando determinadas zonas tradicionalmente turísticas del Mediterráneo alcanzan durante semanas temperaturas difícilmente soportables, el turista hace algo bastante razonable: busca otro lugar.
Y mira hacia el norte: Galicia, Asturias, Cantabria, El llamado norte verde.
Temperaturas más suaves, playas todavía relativamente tranquilas, naturaleza, gastronomía, seguridad y lugares que conservan algo cada vez más difícil de encontrar en determinados destinos turísticos: normalidad.
Fantástico.
Pero cuidado.
Porque precisamente esa normalidad es lo que no podemos permitirnos perder.
El turismo puede generar riqueza, empleo y oportunidades. Negarlo sería absurdo. Pero también puede provocar una transformación brutal del territorio cuando se convierte en el objetivo alrededor del cual empieza a organizarse absolutamente todo.
Y ahí aparecen los apartamentos turísticos.
Ese maravilloso invento económico mediante el cual una vivienda deja de servir para que viva una familia y empieza a resultar mucho más rentable alquilándola por semanas.
Uno es fantástico diez pueden ser estupendos .cientos empiezan a cambiar un pueblo.
Porque llega un momento en que el joven que quiere independizarse descubre que compite por una vivienda no contra otro vecino, sino contra el poder adquisitivo de miles de personas que solamente necesitan esa casa durante siete días.
Y esa competición sabemos quién suele perderla: el que vive aquí.
Por eso habrá que poner límites.
Sí, límites.
Una palabra que parece haberse convertido en pecado en una sociedad convencida de que cualquier actividad económica debe crecer indefinidamente.
No.
Hay cosas que simplemente no caben.
Nuestro territorio es el que es. Nuestras carreteras son las que son. Nuestros aparcamientos son los que son. Nuestra capacidad de abastecimiento de agua es la que es. Y cualquiera que viva aquí sabe que durante determinados momentos del verano empezamos a acercarnos peligrosamente a algunos de esos límites.
Podemos construir hoteles, por supuesto. Podemos mejorar nuestra oferta turística. Podemos atraer visitantes y aprovechar económicamente esa oportunidad.
Pero con cabeza.
Tenemos una legislación de costas que durante años ha impedido determinadas barbaridades urbanísticas. Espero que continúe haciéndolo. Porque el día que descubramos que frente a cada playa cabe un hotel, detrás de cada hotel cien apartamentos y junto a cada apartamento un aparcamiento, quizá nuestra economía turística sea magnífica, pero al que años antes no le dejaron construir su casa por protección de la costa…igual no lo entiende
Y luego está la convivencia.
Quien viene de vacaciones tiene derecho a divertirse.
Quien vive aquí tiene derecho a dormir.
Y entre ambos derechos tendrá que situarse la normativa municipal. La hostelería es fundamental para nuestra economía y merece apoyo, pero el descanso de quien se levanta a las siete de la mañana para trabajar también forma parte de la economía, aunque no aparezca en ninguna fotografía promocional.
No podemos transformar nuestros pueblos en parques temáticos.
Porque eso ya ha sucedido en otros lugares.
Primero llegan los visitantes.
Después llegan los apartamentos turísticos.
Después suben los alquileres.
Después desaparece el comercio de toda la vida y aparece el negocio pensado exclusivamente para quien estará aquí una semana.
Después el vecino se marcha porque ya no puede permitirse vivir donde nació.
Y finalmente alguien descubre sorprendido que aquel maravilloso pueblo marinero lleno de personalidad se ha convertido en una sucesión de terrazas, alojamientos y tiendas de recuerdos.
Eso sí.
Con muchísimo encanto.
Hasta que llega noviembre.
Entonces bajan las persianas, se apagan las luces y descubrimos que hemos construido una ciudad para personas que ya no están.
Por eso creo que ahora, precisamente ahora que todavía estamos a tiempo, deberíamos empezar a pensar qué modelo queremos.
No cuando tengamos el problema encima.
Ahora.
Planificar viviendas turísticas, capacidad hotelera, agua, saneamiento, tráfico, aparcamientos, costas, horarios y protección del territorio no significa estar contra el turismo.
Significa exactamente lo contrario.
Significa querer que pueda durar.
Porque el turismo que destruye aquello que vende termina destruyéndose a sí mismo.
Que venga gente.
Mucha.
Que conozca Marín y quiera regresar.
Que nuestros hosteleros trabajen y que nuestros comercios hagan caja. Ojalá.
Pero establezcamos desde el principio una condición muy sencilla:
Marín no puede convertirse en un lugar maravilloso para pasar quince días y cada vez más difícil para vivir los otros trescientos cincuenta.
Porque antes de ser un destino turístico, esto es nuestra casa.
Y una casa puede recibir invitados.
Puede abrirles las puertas, poner la mesa, compartir con ellos lo mejor que tiene y alegrarse sinceramente de su visita.
Pero hay algo que nunca debería hacer.
Expulsar a sus habitantes para poder meter más invitados.
Buena semana.