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PENSANDO EN ALTO: ... Y no pasó nada

Carriola. 12.09.26.

julio@carriola.es.

EL DERECHO A NO OPINAR

José Iglesias

Alguna vez me han preguntado qué pretendo exactamente con estas reflexiones semanales. Incluso yo mismo me lo he preguntado, lo cual probablemente sea saludable, porque el día que uno tenga absolutamente claro para qué escribe y, sobre todo, qué deben pensar quienes lo leen, quizá haya dejado de reflexionar para empezar a predicar.

Pensar en alto es algo bastante más sencillo. Una vez por semana intento traer hasta aquí alguno de esos asuntos que se me pasan por la cabeza y que supongo que también se le pasan a cualquiera que conserve algo de materia gris donde otros parecen haber acondicionado un pequeño trastero. Cosas que veo, que escucho, que vivo, que me preocupan, que me sorprenden o que, sencillamente, no termino de entender. Las pienso, les doy alguna vuelta y las comparto. Nada más. No escribo para convencer a nadie y mucho menos para decirle cómo debe pensar. Cada uno tiene su historia, sus experiencias, sus principios y su particular manera de mirar el mundo, y faltaría más que yo pretendiese sustituirlos por los míos.

Quizá por eso me preocupa cada vez más el clima que entre todos —unos más que otros, tampoco vamos a repartir las culpas con báscula — hemos ido creando. A mí, al menos, no me gusta. Me cansan esas conversaciones en las que parece obligatorio situarse inmediatamente a un lado o al otro. Antes incluso de saber exactamente qué ha ocurrido hay que escoger posición y, una vez elegida, parece que ya no se puede abandonar. Azul o rojo. Conmigo o contra mí. De los nuestros o de los otros. Y entre ambos extremos va desapareciendo un espacio enorme en el que, hasta no hace tanto, cabían la duda, el matiz, la prudencia e incluso algo tan elemental como decir: «Pues no lo sé. Déjame pensarlo».

Porque tengo derecho a no tener una opinión inmediata sobre todo. Tengo derecho a escuchar un argumento y decir que necesito darle una vuelta. Tengo derecho a cambiar de opinión si mañana encuentro razones mejores que las que tengo hoy. Y tengo incluso derecho, qué extravagancia en estos tiempos, a reconocer que hay asuntos sobre los que sencillamente no sé lo suficiente como para andar sentando cátedra. Cambiar de opinión no debería avergonzarnos. Quizá lo preocupante sea exactamente lo contrario: llevar años pensando lo mismo sobre todo y no haber encontrado jamás un argumento capaz de hacernos dudar.

Puede que por eso empiece también a cansarme de la manera en que consumimos información. No de estar informado, que considero necesario, sino de esa especie de competición permanente por conseguir nuestra atención. Una noticia parece no ser suficiente si no es «exclusiva», «última hora», «demoledora» o «el testimonio que lo cambia todo». Cuantas veces hemos escuchado  «esta es la semana decisiva, va a ser crucial tal asunto», y la semana siguiente igual , y la otra, y la otra…Y cuando la noticia de hoy es sustancialmente la misma que la de ayer, siempre podemos buscarle otro ángulo, otro testimonio, una frase un poco más grave, una consecuencia todavía más inquietante. Mañana aparecerá alguien que «rompe su silencio» y pasado mañana otro que hace una «revelación inesperada». Hay que mantenernos pendientes. Inquietos. Enfadados, si puede ser. Porque empiezo a sospechar que la serenidad debe de dar pocos clics.

Hasta el lenguaje parece haberse contagiado de esa necesidad de estar permanentemente alerta. Hay un informativo matinal que, cuando conecta con quienes preparan las noticias, ya no utiliza aquel sencillo «vamos a la redacción», sino algo parecido a «vamos al puesto de guardia»

Cuando escucho redacción, imagino periodistas trabajando, teléfonos, ordenadores, alguien contrastando una noticia, otro escribiéndola y alguien decidiendo qué merece ser contado. Cuando escucho puesto de guardia, me viene otra cosa a la cabeza: alerta, vigilancia, urgencia, algo que puede ocurrir y ante lo que debemos permanecer atentos.

Y  en las redacciones siempre hubo alguien de guardia. También en los hospitales, en los parques de bomberos, en los cuarteles, en la policía. Pero precisamente por eso se estaba de guardia: para responder cuando sucediese algo extraordinario. Lo que tengo la impresión de que hemos hecho ahora es convertir lo extraordinario en permanente.

Siempre tiene que estar pasando algo. Y si no pasa, habrá que buscarlo, reinterpretarlo, encontrar un nuevo testimonio o colocar delante un «última hora» suficientemente grande para convencernos de que acaba de comenzar el mundo.

Quizá sea cosa mía, pero prefiero redacción.

Me parece una palabra menos urgente.

Y últimamente empiezo a echar de menos las palabras que no tienen prisa.

Ayer por la tarde hice algo bastante revolucionario.

Me fui a dar un paseo.

Subí a mi querido monte Penizas acompañado por mis perras  Nana y Mili y terminé sentándome un rato en ese lugar que nosotros conocemos como el «asiento del Papa». No había tertulianos. No había exclusivas. Nadie estaba rompiendo su silencio. El teléfono en casa y el monte, que lleva allí bastante más tiempo que cualquiera de nosotros, tampoco parecía especialmente preocupado por captar mi atención.

Me quedé sentado.

¿Sabéis qué ocurrió?

Nada.

Absolutamente nada.

Y fue estupendo.

No tuve que posicionarme. Nadie me preguntó si estaba con unos o con otros. Ningún experto me explicó qué debía preocuparme aquella tarde. No tuve que decidir quién tenía razón, quién mentía, quién era culpable o qué publicación debía compartir inmediatamente para que mis conocidos supiesen en qué lado correcto de la historia había decidido colocarme.

Delante tenía simplemente un monte. Un monte sencillo, normal, sin pretensiones. Nana y Mili andarían seguramente ocupadas en asuntos muchísimo más importantes que los míos, olfateando aquí y allá esas noticias que solo interesan a los perros, y durante un rato el mundo continuó funcionando sin reclamarme una opinión.

Lo único que podía ocurrir era que lloviese.

Ogallá. Falta fai, que as fontes están a secar, diría mi abuela Carmen

Y allí, precisamente porque no pasaba nada, tuve tiempo para pensar.

Quizá nos hemos acostumbrado tanto a que alguien reclame permanentemente nuestra atención que hemos terminado creyendo que, cuando no sucede nada, estamos perdiendo el tiempo. Necesitamos ruido de fondo, una pantalla, una conversación, una polémica, algo que mirar, algo que contestar. Hasta el silencio empieza a resultarnos incómodo.

Y, sin embargo, sospecho que muchas de las cosas importantes que he pensado en mi vida no aparecieron mientras alguien gritaba.

Llegaron precisamente cuando nadie decía nada.

Por eso quizá convenga explicar, después de tantas semanas, qué significa para mí el nombre que encabeza estas líneas.

Pensar en alto no significa pensar por vosotros.

Tampoco significa que tenga razón. Significa simplemente compartir una reflexión, abrir una ventana y dejar que cada cual mire por ella si le apetece. Alguna semana coincidiremos; otra pensaréis que estoy equivocado; alguna incluso conseguiréis que sea yo quien cambie de opinión.

Magnífico.

Porque pensar no consiste en acumular certezas hasta construir con ellas una muralla. También consiste en dejar alguna puerta abierta por si mañana descubrimos algo que hoy no sabíamos.

Así que esta semana, una mas,  no voy a arreglar el mundo.

Lo siento.

Probablemente seguirá estropeado mañana.

Me conformo con reivindicar mi derecho a observarlo, intentar comprender algunas cosas, dudar de otras y reconocer que de unas cuantas no tengo ni idea. Mi derecho a decir «no lo sé». Mi derecho a pensar antes de opinar. Incluso mi derecho a no opinar.

Porque quizá uno de los problemas de esta sociedad no sea que haya demasiadas personas que no tienen opinión.

Quizá sea que cada vez quedan menos capaces de reconocer que alguna vez no la tienen.

Ayer, sentado en Penizas, no pasó absolutamente nada.

Y hacía tiempo que no recibía una noticia tan buena.

Buena semana.

 

roslev