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Pensando en alto: ITV favorable con defectos leves

Carriola. José Iglesias. 12.10.2026

Siempre he pensado que el cuerpo humano se parece bastante a un coche. Cuando lo estrenas todo funciona. Puedes hacerle kilómetros, dejarlo alguna noche a la intemperie, apurar un poco las marchas y hasta olvidarte alguna vez de mirar el nivel del aceite. Arranca a la primera y no hace ruidos extraños. Con veinte años uno duerme cuatro horas, come cualquier cosa, sale de noche ingiere algún que otro combinado espirituoso y al día siguiente se levanta dispuesto a conquistar el mundo. Pero pasan los kilómetros. Y un buen día llegas a esa ITV de la vida a partir de los cincuenta y empiezan a aparecer anotaciones en la hoja. Nada especialmente grave, pero ahí están: defecto leve por aquí, vigile esto por allá, debería usted bajar aquello, controle lo otro. El colesterol empieza a tener opinión propia, una rodilla protesta cuando cambia el tiempo, para leer el prospecto de las pastillas necesitas unas gafas que antes no necesitabas y levantarte del sofá después de una película requiere una maniobra que empieza a parecerse sospechosamente al despegue de un avión de carga. En fin, desgaste normal de piezas. ITV favorable con defectos leves. Puede usted seguir circulando.

Hasta ahí, nada que objetar. Lo que empieza a preocuparme es todo lo que aparece alrededor del vehículo en cuanto uno alcanza determinada cantidad de kilómetros. De repente parece que para continuar funcionando necesitas un almacén de productos. Si te falla un poco la memoria, hay una cápsula cuyo nombre suele contener alguna palabra inglesa relacionada con memory, cerebro o inteligencia. Si te duelen las articulaciones, aparece el cartílago de tiburón, aunque nunca he terminado de comprender por qué el tiburón ha sido designado proveedor oficial de mis rodillas. Para la microbiota intestinal —y aquí hablo con conocimiento reciente de causa (un amigo, que parece no serlo, me las recomendó)— tenemos incluso gominolas de vinagre de manzana. Dos semanas estuve tomándolas. Mi microbiota no sé cómo estará porque todavía no me ha enviado ningún informe, pero mi estómago sí expresó su opinión en forma de acidez constante. Y entonces uno empieza a sospechar que quizá el mayor efecto de algunos de estos productos no se produce exactamente en nuestro organismo, sino en nuestra cartera.

Porque hemos construido alrededor de la salud una enorme industria del miedo a envejecer. Hay una pastilla, un complemento, una crema, un extracto o una gominola para prácticamente cualquier cosa que nos recuerde que el calendario sigue avanzando. Leches  de animales tan exóticos como las almendras ¿en serio le llaman leche , solo porque es blanca? Cremas que parecen atravesar la piel con la determinación de una tuneladora y llegan, según algunos mensajes publicitarios,  hasta nuestras articulaciones. Y yo, que no soy médico ni pretendo serlo, me hago una pregunta bastante elemental: si fuese tan sencillo introducir sustancias profundamente en nuestro organismo untándolas sobre la piel, ¿no tendríamos un problema bastante serio cada vez que nos duchamos, nos bañamos en el mar o metemos las manos en cualquier producto? La piel no está ahí por casualidad. Entre otras muchas funciones es una formidable barrera protectora. Naturalmente existen medicamentos que pueden administrarse a través de ella y tratamientos dermatológicos perfectamente eficaces, pero de ahí a pensar que cualquier crema milagrosa puede viajar desde la epidermis hasta una articulación maltrecha hay un trecho que quizá convendría recorrer con algo más de ciencia y algo menos de publicidad.

Y mientras observo semejante despliegue de productos imprescindibles para conseguir que un occidental llegue razonablemente entero a los setenta, ochenta o noventa años, inevitablemente recuerdo lugares en los que he estado. Pienso en aquellos afganos, bosnios o malienses que conocí, y en tantos millones de personas cuyo principal complemento alimenticio consiste sencillamente en encontrar algo que comer mañana. Y me pregunto cómo demonios consigue sobrevivir toda esa gente sin gominolas para la microbiota, cápsulas para la memoria, extractos para las articulaciones, antioxidantes con nombres impronunciables y tarritos que prometen rejuvenecer hasta la última célula del cuerpo. Evidentemente, y conviene decirlo para que nadie interprete  lo que no digo, muchas de esas poblaciones padecen precisamente enfermedades, carencias nutricionales y una esperanza y calidad de vida que nosotros hemos conseguido mejorar gracias a la medicina, la alimentación, la higiene y unas condiciones de vida infinitamente mejores. No se trata de idealizar la pobreza. Sería una estupidez. Se trata de preguntarnos si, una vez cubierto lo verdaderamente importante, no nos habrán convencido también de que necesitamos una interminable colección de cosas que quizá no necesitamos.

Tal vez confundimos dos palabras que no significan lo mismo: salud y consumo. Una cosa es hacerse revisiones, vacunarse, seguir un tratamiento cuando existe una enfermedad, escuchar al médico, moverse, dormir razonablemente, evitar el tabaco, alcoholmasí como otros vicios perjudiciales  y procurar comer bien. Y otra bastante diferente es convertir la vida en una permanente búsqueda del próximo producto que supuestamente va a corregir mediante una cápsula lo que nosotros mismos llevamos años haciendo mal. Nos resulta mucho más atractivo comprar un bote que cambiar una costumbre. Si existe una pastilla que promete compensar los excesos, ¿para qué renunciar al exceso? Si una gominola arregla la microbiota, ¿para qué preocuparnos de comer legumbres, verduras, fruta o alimentos variados? El milagro en envase de treinta unidades siempre será comercialmente más atractivo que decirnos algo tan aburrido como coma razonablemente y muévase un poco.

Y quizá el secreto sea precisamente ese, aunque resulte demasiado sencillo para protagonizar un anuncio. Comer de todo con cierto sentido común, procurando que la dieta sea variada y razonablemente equilibrada; moverse mientras las piernas respondan; descansar; mantener ocupada la cabeza y entender que una celebración es una celebración precisamente porque no sucede todos los días. Yo puedo enfrentarme un domingo a una paella en la que haya más animales que arroz —y doy fe de que puedo—, pero sé perfectamente que si convirtiese cada comida en semejante operación , tarde o temprano la ITV dejaría de poner «defecto leve». No hace falta una aplicación en el teléfono para comprender el principio general: si de manera sostenida ingerimos más energía de la que gastamos, tenderemos a acumularla; si gastamos más de la que ingerimos, tenderemos a perder peso. Después existen enfermedades, medicamentos, metabolismo, edad y circunstancias personales que hacen que las cosas sean bastante más complejas para algunas personas, pero ninguna de esas excepciones convierte las leyes de la física en una opinión.

Mi  difunto abuelo José Benito, que jamás había oído hablar de microbiota, probióticos, antioxidantes ni suplementos alimenticios, lo explicaba con una precisión científica difícilmente mejorable: «Os palleiros non se fan sen palla». Si el pajar crece es porque, de una forma u otra, la paja ha ido entrando. Puede parecer una explicación demasiado sencilla para nuestros tiempos, ahora que necesitamos una palabra inglesa para casi todo, pero cada vez sospecho más que nuestros abuelos solucionaban algunas cuestiones con bastante menos literatura.

Así que procuraré cuidar este coche. Le cambiaré el aceite cuando corresponda, revisaré los frenos, haré caso al mecánico cuando detecte una avería de verdad y procuraré no conducirlo permanentemente al límite. Pero tampoco pienso pasarme el resto del viaje detenido en el arcén por miedo a desgastarlo. Algún día comeré demasiado, otro brindaré con una copa de vino y seguramente seguiré haciendo cosas que ningún manual de longevidad consideraría perfectas. Porque empiezo a sospechar que hemos dedicado tanto esfuerzo a intentar añadir años a la vida que a veces olvidamos algo bastante más importante: poner vida dentro de esos años.

Mientras tanto, guardaré la hoja de inspección en la guantera.

ITV favorable con defectos leves.

Todavía , si Dios quiere, queda carretera

Buena semana.

roslev