Carriola.José Ruíz Guirado.29.09.21
EN SAN MIGUEL SALE EL VINO POR EL PICHEL
En este día de San Miguel, vamos a traer un recuerdo de la festividad de San Miguel de aquella, desde esta distancia geográfica y temporal, traídas del trabajo “Intrahistoria de Marín”, del que trabajé, ordené, seleccioné y coordiné las notas dejadas por el doctor Secundino Lorenzo Touza.
EL DÍA
“APENAS los oblicuos rayos del Sol que nacen hieren la blancura de las casitas encaladas de los alrededores, rodeadas de viñedos, frutales y maizales, y de cuyas hojas otoñales movidas por su suave brisa mañanera arranca infinitas tonalidades de esmeralda, de oros, de rubíes ya desviados, apenas el “Rubicundo Apolo se despereza de su descanso nocturno extendiendo su dorada caballera” por la campiña en la que borda maravillas, y traza en las calles de la villa siluetas de sombra sobre fachadas brillantes de luz, atruenan el espacio las bombas de palenque, espantando a toda suerte de pintados pajarillos que cantan su libertad entre la alegre algarabía de los alados frutos de quizá ya olvidados amores. Abren ventanas aquí y allá y manos femeninas, diligentes, cuelgan en antepechos y balcones reposteros de seda bancos, rojos y verdes, todo seda y brillantez, y en otros colores nacionales, oro y sangre. Dilúyense en el aire el amable otoño las notas de alegres pasodobles de las músicas que recorren las calles y las que al gaiteiro de Ardán modula con sus ágiles dedos interpretando el Capricho musical que es motivo del día y ritmo de la Danza de Espadas. Nadie en cama ya. Solo los viejos y los impedidos y alguno que tenga un dolor de muelas. Por hoy que no refunfuñe el viejo. Y del dolor que tome un sello. Nada de tristezas. Hoy es el día de alegría que por algo:
“En San Miguel sale el vino por el pichel”
Marineros por todas partes, esa marinería alegre y bullanguera, habladora a gritos que, con un duro en el bolsillo, mueve el mundo sin punto de apoyo. Esa marinería que es una hermandad sin más estatutos que el amor que entre ellos siembra. Esa marinería que para alegrar una desgracia da hasta la camisa. Esa marinería, silenciosa en su trabajo, parlanchina y ruidosa en tierra, que con cuatro vasos de vino se lía a bofetadas con el mejor amigo, aunque luego le pese, y que, en el peor de los casos, acometidos de furia, piden que les sujeten y nadie les sujeta… y no pasa nada.
Cantoarea, Estribela, Marín, La Moureira están densamente poblados de marineros. ¿Recuerda nadie entre ellos un crimen, lo que se dice un crimen, en frío, premeditado? Mucha gente por las calles. Las tabernas de la plaza y otras próximas rebosan gente, marineros y no marineros, que se convidan unos a otros, hablan en altas voces que solo enmudecían por el traguito del cañón rebosante de la buena caña, del buen vino dulce, lastrado con aquellas rosquillas de hojaldre de tres por una perra gorda. ¿Quién los pillara? Hombres y mujeres en movimiento. Hombres que van y vienen, buscando éste unos pantalones blancos, aquél una camiseta, otros unos botones para los puños, el de más allá una faja. Mujeres en el mismo trajín, alpargatas blancas, una plancha para un buen pañuelo , para que el hombre seque su sudor. Antes de la misa, hacen un corrillo frente a la iglesia los viejos marineros retirados ya, limpios, sanos con zapatos lustrosos, sombrero y traje negro, camisola planchada con su tirilla del cuello; atuendo quizá de sus lejanas bodas. Ya avanzada la mañana comienzan a llegar a la plaza los que han de bailar en la Danza de Espadas. Todos poseídos de su importancia. Calixto con el papel natural del que manda. Jorán, cuidando del cascabelero y encintado aro como de un tesoro.