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Samuel Kwesi, superviviente, de polizón a marinero, y Sor Elvira

Carriola. Julio Santos Pena.16.02.22

Seguramente Samuel habrá visto pasar por delante la película de su vida desde el momento en que se subió a la balsa salvavidas, aterido de frío, en aquellas gélidas aguas de Terranova y acaso sintiéndose llegar al final de su todavía corta existencia entre la tenebrosa tormenta que hizo añicos en poco tiempo la mole del Villa de Pitanxo que se la tragó el mar como si nada. Atrás quedaban en esos momentos los recuerdos de su familia, esposa e hijos, que le esperan en Ghana; de su pueblo, y de la decisión que un día tomó de salir de él hacia otra zona del mundo en busca de prosperidad, aún sabiendo lo difícil que esta todo en todas partes.

Y Samuel se habrá acordado de aquel primer viaje en barco que hizo como polizón desde un puerto de Ghana, con otros seis o siete aventureros como él. Me lo contaba no hace mucho para una entrevista que le hice para Faro de Vigo, y lo hacía con la emoción del triunfo de haber conseguido llegar a la nueva tierra. No fue fácil aquel viaje porque Samuel y sus compañeros se colaron en un enorme carguero y se ocultaron en el habitáculo de la hélice, cada uno con su hatillo de ropa seca bien aislada y con muy pocos alimentos y agua. Casi veinte días de travesía hizo aquel barco con la carga oculta de aquellos valientes aventureros que ni siquiera sabían su destino, ni cuando, ni a qué puerto iban a llegar de su nuevo mundo. “Estábamos pasando mucho frío - me dijo aquel día - y a uno de mis compañeros se le ocurrió taponar un agujero con algo de ropa pero inmediatamente se llenó el habitáculo de agua, seguramente como consecuencias de cerrar aquel respiradero”. Y pasaron frío, y hambre, y sed en los días interminables de la travesía que llegaron a su fin en el puerto de Vigo

“Cuando vimos que estábamos en puerto y antes de que nos descubrieran, nos lanzamos al agua y nadamos hasta el muelle donde nos cambiamos la ropa con la que traíamos en las bolsas herméticas”, recordaba en aquella conversación Samuel asegurando que, al subir al muelle, consiguieron salir del puerto sin ser vistos, o acaso sin que quisieran verlos. Pero...¿Y ahora qué? ¿A dónde vamos?, se preguntaban, hasta que ya en la ciudad, se toparon con alguien, una mujer, seguramente africana, que regentaba un kiosco que enseguida comprendió la situación y los dirigió a algún colectivo de su país demandando  ayuda. Y los africanos saben, por experiencia propia, que tienen que ayudarse unos a otros en estos casos. Y el destino que le dieron fue Marín. Aquí estaba Sor Elvira, la monja Hermana de la Caridad que dirigía Cáritas Parroquial y ayudó, mientras la salud y las circunstancias se lo permitieron, a cientos de africanos llegados aquí con el mismo incierto destino que Samuel.

Y Sor Elvira, en su proverbial confianza en la Providencia se hizo cargo de Samuel al que alojó donde pudo en la misma casa de Cáritas y al que apoyó decididamente viendo el ansia del chaval por aprender el idioma y su espíritu colaborador, además de la formalidad de su comportamiento.

Samuel es un joven que se hace querer. En la actualidad forma parte de la comunidad evangélica de Marín cuyos miembros le guardan especial simpatía. Con el tiempo consiguió el contrato de trabajo que tanto ansían los inmigrantes, y el destino le llevó a bordo del “Villa de Pitanxo” con su vocación marinera.

Acaso Samuel, en las horas de angustia en que vio pasar por delante de sí la película de una vida que a punto estuvo de escapársele como por desgracia a la mayoría de sus compañeros del barco, se acordó del episodio de su primer viaje desde Ghana a Vigo en la hélice de aquel enorme containero. Quizá esta vez le protegió Sor Elvira que tanto lo quería mientras estuvo bajo su cuidado. No me atrevería a dudarlo.

 

 

roslev