Carriola.Julio Santos Pena.15.04.22
La noche anterior había sido intensa. Habíamos trasnochado lo indecible con la disculpa de la procesión de “Os Caladiños” y vuelta a casa, casi a las tres de la mañana, lo que era todo un acontecimiento acostumbrados a ir a la cama antes de las diez (aún andábamos por la “hora vieja” todo el año.
Y nos despertamos en pleno día de Viernes Santo, una jornada especial por el evidente silencio que se notaba en la calle y en las casas. La radio, donde la había, no funcionaba o solo se podía oir, música sacra hasta las dos y media en que daban el parte único para todas las emisoras del país y vuelta a la música de funeral hasta el domingo por la mañana en que se recuperaban, con la Resurrección de Jesús, la normalidad.
A media mañana nos ponían de punta en blanco para ir a hacer las “visitas” y es que el Santísimo había quedado expuesto en todas las iglesias y capillas a la redonda. Había que hacer un mínimo de siete visitas y en cada una de ellas rezar siete padrenuestros, siete avemarías y siete glorias con los correspondientes siete “amenes” que había que decir al final. Lo antes posible íbamos al templo antiguo llevando, al menos, una vela identificada con el nombre para recogerla el domingo una vez que la hubieran puesto ante el Santísimo algún tiempo. Había unas mujeres voluntarias que se encargaban de colocar, encender y apagar las velas que, una vez cumplida su misión, iban a parar a unos cestos y de allí, el domingo, a determinada hora, aquellas mismas mujeres iban cantando los nombres que estaban en las velas y entregándoselas a sus propietarios. Se llevaban para casa y se guardaban para, durante el año, encenderlas en momentos concretos como temporales u oraciones y plegarias para las que las abuelas siempre encontraban motivo.
Y tras la primera “visita” empezaba el recorrido hasta cumplir, por lo menos, las siete estipuladas. Las capillas de las monjas y de los Paúles; la de la Escuela Naval y quien quisiera ir más lejos, Mogor o Placeres, eran recorridas una a uno. Había quien tomaba otra determinación y era acabar la primera visita, salir al exterior, volver a entrar y así, repetir hasta las siete en el mismo punto. También valía la estrategia.
Y tras el periplo matinal, a la hora de comer, la familia se reunía para degustar el bacalao de costumbre que lo de comer carne ese día, ni con bula., y ya prepararse otra vez con las mejores galas para ir a los oficios de la tarde con el templo otra vez a tope y cada quien con su carraca, aquel artilugio de madera con una rueda dentada que se hacía girar y producía un sonido tétrico al chocar cada estría con una lengüeta también de madera. Mayores y pequeños se preparaban para hacer girar las carracas en el momento justo en que el cura expresaba que era el del último suspiro de Jesús en la Cruz. Y se apagaban las luces del templo sumiendo en una verdadera tiniebla a los presentes. Ruido ensordecedor que duraba unos minutos y Frai José, “Chiripote”, que recuperaba la calma con su potente canto de gregoriano. Todo se había consumado. Las carracas se guardaban para el año siguiente. Algunas eran tesoros de familia y cuando más antiguas más roncas y sonoras. Con el tiempo se fueron fabricando unas “carraquitas” raquíticas y ridículas que las vendía hasta la “Anduriña” en su carromato entre “pirulís, caramelos, chicle”, que así cantaba su mercancía a la que añadía en Semana Santa, “... carracas”.
Y a esperar por la salida de la procesión del Entierro que ponía el vello de punta por el silencio y el ritmo que los portadores de la acristalada urna ponían con los palos del soporte de apoyo contra el suelo, mientras desde fuera se apreciaba la imagen del Jesús Yacente ensangrentado e inerme. Dos larguísimas filas de participantes, muchas mujeres con velo negro en sus cabezas, otras con mantilla y peineta flanqueando las banderas y estandartes. Algunos niños iban tras la urna del Yacente portando en sendas bandejas los clavos, la corona y todo lo que en teoría le habían quitado a Jesús tras su cruento sacrificio. Otros iban en las filas al lado de sus madres esperando el momento en que, como en la noche anterior, pudieran salirse de la fila para corretear por el entorno o para observar de cerca a la banda de música o a los cornetas de la Escuela Naval que hacían florituras con sus instrumentos girándolos de forma inverosímil antes de acercarlos a la boca o aquellos redobles de tambor de los infantes que completaban aquella banda musical. La procesión se recogía ya de noche y el silencio de las calles sobrecogía, algo muy triste acababa de pasar como pasaba todos los años. La radio seguía con sus marchas fúnebres o, lo más, lo más, música de iglesia... Pues a la cama.
Por la mañana, el ambiente se había calmado. El silencio del sábado era también la nota pero las radios empezaban a alegrar sus programas sin estridencias que aún persistía el luto. Los peques casi se habían olvidado del drama y volvían a los juegos de calle pero sin cantar ni gritar, que podrían andar por allí “Reidelaira” o “Barreiro” o “Paco”, o cualquiera de los guardias municipales encargados de controlar, hasta en Semana Santa, los excesos que no pasaban de dar patadas a una pelota en la calle, pecado civil de primera para los vigilantes.
Y llegaba la noche las radios emitían el himno nacional y cerraban sus emisiones y como cantaba Gardel, “El músculo duerme /la ambición descansa”. Y de ahí pasar al domingo de Resurrección que se presentaba radiante aún que estuviera lloviendo o nos inundara la “poalla”. Todo se había transformado y por las calles olía a rosca. Padrinos y madrinas corrían para acá o para allá con los roscones de pascua para los ahijados. En mi casa, a parte de las que hacía mi abuela, nos juntábamos con otras cuatro como ruedas de camiones de nueve ejes. Había rosca para todo el año y ni siquiera tenías la solución de llevar a la calle un buen trozo para un amigo porque él te aparecía con otro acaso más grande. Rosca, rosca, rosca... y más rosca que a las dos semanas se sumergía en la leche del desayuno o el chocolate del domingo para reblandecerla un poco. Eso sí, no se tiraba ni una miga; eran otros tiempos
La Cuaresma había quedado ya muy atrás y mirando al frente, ya veíamos el Corpus Cristi a lo lejos.