Carriola.Alfonso Díaz.22.05.22
¡Muy buenas amig@s carriolistas!
Como la película de “Los siete magníficos” podríamos hablar de los siete mil carriolistas magníficos. Llevamos más de un mes con una familia estable de siete mil papadores incondicionales de esta sección. El otro día un amigo me comentó, en plan coña, “a ver cuando haces la película ‘Con ocho basta’”.
Como sabéis que me gusta el riesgo, acepto el reto. O nos despeñamos o abrimos la puerta grande y llegamos a los ocho mil esta semana. En el mundo del alpinismo, los “ocho mil” es el desafío más importante que tiene ese deporte. El riesgo que supone escalar el Everest, uno de esos ocho picos, aseguran que se disipa cuando se alcanza la cima. Nosotros, hoy, vamos a subir el Everest de los pescados. La adrenalina que se genera cuando se come una faneca no sé si será comparable a escalar esa mítica montaña, la más alta del planeta, pero, desde luego, el riesgo es totalmente real. No existe pescado (aparte del pez globo) que te pueda matar como este. La cantidad de espinas que tiene se convierte en todo un reto para expertos comedores de pescado. Cierro los ojos y veo a mi madre y a mi abuelo saboreando una faneca y con movimientos de boca como si fuera un conejo, ir sacando poco a poco las espinas y apoyándolas en el plato. Así, una y otra vez. Y, entre vez y vez, un comentario de lo rica que estaba.
No conozco a nadie que le gusten las fanecas de verdad que le hagan ascos a las espinas pero, hay que reconocer, que es verdaderamente desagradable que se te quede una atravesada en la garganta. ¡Por cierto! Ni se os ocurra recurrir al truco de la miga de pan, si se os queda una atragantada, porque es la mayor gilipollez que se puede hacer, lo sé por propia experiencia. Si la espina está clavada en la garganta la miga sólo la hundirá más y más en la garganta, como un martillo. No es ninguna coña. Por eso, si tenéis la mala fortuna de que se os clave una espina, tomad líquidos y poner rumbo al centro de salud más cercano para que la extraigan con el instrumental preciso.
Nosotros, amig@s carriolistas, vamos a hacer como los alpinistas ricos, que suben a la cima del Everest con oxígeno, haciendo más llevadera la escalada. Así que vamos a comer las fanecas sin espinas. Muerto el perro, se acabó la rabia. Este refrán lo remata mi amiga Amparo diciendo que también las gallinas y los gatos tienen sus derechos, porque las espinas que eliminaremos se las podemos dar a estos animales.
Primero, cogemos un cuchillo bien afilado. Sobre una tabla colocamos la faneca y realizamos un corte preciso y limpio desde el cogote de la pieza hasta el orificio del estómago. Perdiendo un tercio de la faneca, pero garantizando, al cien por cien, que las espinas más complicadas las eliminamos, haciendo felices a la gallina, al gato y nuestros invitados.
Sí, amigos, hemos perdido un tercio de la faneca, pero hemos ganado el cien por cien de comida. Ahora, degustar lo que queda de ese pescado se hace muy sencillo porque sólo quedan las espinas son “convencionales”.
RECETA
Hay dos maneas de freír el pescado, igual que hay sólo dos tipos de vino: el vino y el vinazo. En la fritura, tenemos la perfecta y, después, a la gallega.
Como estamos donde estamos, vamos a freír al estilo gallego, que es la antifritura por antonomasia, pero a las fanecas le va a la perfección y se disfrutan que te mueres de gusto.
La semana que viene haremos la segunda parte de la faneca frita con la fritura perfecta: faneca 2.0. Asimismo, explicaremos por qué es más rica y sabrosa la de arrastre que la de línea.
En un bol con agua y sal lavamos las fanecas y las secamos con un papel.
Las pasamos por harina y las reservamos unos minutos, mientras vigilamos la cocción de unas patatas con coliflor y ajos.
Cogemos unos tomates sherry, los aplastamos sobre un plato y los reservamos para el toque final junto con unas ramitas de tomillo limón.
Ponemos la sartén al fuego con 2 milímetros de aceite de oliva virgen extra “Aires de Jaén”. Acostamos las fanecas cuando el aceite alcance una temperatura de 180 grados y vamos viendo cómo van tostándose los bordes de las fanecas, fijándonos en el color de la cola. Cuando se vea ya tostadita es el momento de darle la vuelta y rectificar un poquito de aceite.
Mientras esperamos, podemos triturar con la batidora las patatas, la coliflor y el ajo con un toque de aceite de oliva virgen extra “Aires de Jaén” crudo.
Llega el momento de emplatar. Cortamos unas rodajas finas de limón y decoramos el borde de la fuente. Con la ayuda de dos cucharas colocamos unas nueces del puré de patata, coliflor y ajo, al gusto. Trasladamos de la sartén a la fuente las fanecas y con el calor remanente que queda en esa sartén salteamos los tomates que teníamos aplastados. Nos ayudará a resaltar el plato con el tomillo limón.
Animo a los que coméis las fanecas, como mi madre y mi abuelo, a que lo intentéis de nuevo y, los que no las toman, que hagáis este pequeño truco para así disfrutar de un pescado top, top. Por su mala prensa -bien ganada, por cierto-, no tiene muchos amantes, pero os aseguro que es de lo mejor. A nivel del lenguado o del rodaballo.
Y, un consejo. Para disfrutar a tope de las fanecas, comedlas con las manos.
Si os gusta la película “Con ocho basta” ya sabéis, compartid, a ver si llegamos a la cima de uno de los ocho mil papadores, como el Everest.
Os espero la semana que viene con la faneca 2.0.