En nuestra intención de desempolvar informaciones históricas que nuestros mayores dejaron escritas en sus diversas publicaciones, contenidos que, lamentablemente con frecuencia, acaban durmiendo en las estanterías sin ver más la luz ni servir para cumplir el objetivo de sus autores, hoy vamos a recoger del libro de Don José Torres Martínez “Pequeña Historia de Marín” parte de un capitulo que le dedica a la Isla de Tambo, tan próxima y tan lejana al mismo tiempo a nuestro municipio. El profesor Torres adjetiva la isla como “Pintoresca y evocadora que se levanta en medio de nuestra espaciosa Bahía; Montuoso piélago a manera de escarpado peñón cuya cima alcanza los 74 metros de altitud con su apéndice en la pequeña península de Tenlo que Góngora comparó con una colosal tortuga nadando perezosamente hacia la orilla sobre las aguas remansadas de la ría”.
Tuvo varios nombres en el pasado
La isla fue llamada sucesivamente Thalavo, Tanavo y Taambo hasta tomar su denominación actual de Tambo. Afirma Torres que “algunos autores dicen que su nombre se deriva de la raíz griega Tymbos, Tumbos o Tombos que, en lengua romance viene a transcribirse por túmulo, aludiendo, sin duda a su forma circular y elevada. Berceo, el poeta medieval de la culta clerecía, la nombra Tumba pero, el erudito Padre Sarmiento, disiente de esa etimología diciendo que de Thalavo se formó Tanavo, Tambo y Tombo, pero no Tumba, suponiéndose que su nombre es una corrupción de Thálavo y Talamón con que la designaron el famoso Teucro en honor a su padre. Por su parte, el historiador García de la Riega, refiere que la tradición recuerda la existencia en esta isla de un altar pagano, tal vez dedicado a Tameóbrigo, y que el vocablo Tambo procede de la raíz Isamos”, que figura en las monedas Ibéricas, y fue asimismo origen de otros topónimos de nuestra región como Samieira, Samil, Samos, Tomeza y algunos más.
Apariciones de San Miguel... y Tambo
El profesor Torres, más adelante en el capítulo de su libro que hace referencia a Tambo, añade que “De esta isla la tradición ha guardado, envuelto en brumas de leyenda, el emotivo recuerdo de celestiales apariciones y estupendos milagros acaecidos en los lejanos tiempos de la dominación de los Bárbaros que fueron glosados con aquella fe encendida y confiada del fervoroso creyente por los cronistas y poetas del Medievo, alcanzando gran celebridad en los fastos de las piadosas leyendas populares en donde encontramos el origen de un antiguo culto al Arcángel San Miguel, conservado sin interrupción a lo largo de los siglos en nuestra villa”.
Una venerada tradición conserva la fama de las apariciones del Arcángel acaecidas en distintos lugares de Europa, que han obrado como estímulo para el desarrollo de una devoción que arraigó extraordinariamente y se difundió por toda la cristiandad. Refiere el profesor las apariciones de San Miguel Arcángel en el Monte Gargano (Italia); en la misma Roma en tiempos del papa San Gregorio y en Tombeleine (Bretaña francesa), entre otras, para añadir “Contemplado esta serie de celestiales apariciones hemos de traer aquí también la acaecida en la Isla de Tambo destacando la particularidad común a todas ellas de haberse producido en lugares de la costa, a excepción de la de Roma, de cuya circunstancia parece explicarse que la devoción de San Miguel se hubiera difundido muy especialmente entre navegantes y pescadores”.
Un monasterio en Tambo
Refieren los cronistas - añade José Torres - que San Fructuoso, natural del Bierzo, hizo levantar una iglesia o ermita en la Isla de Tambo, probablemente en el año 525, aunque hay quien la sitúa a principios del siglo VI. Al parecer San Valerio afirmó en su día que fue San Fructuoso el fundador del monasterio Feonense identificado hoy con el de Poyo, pasando después a la Isla para erigir allí una iglesia o monasterio. En un relato en el que San Valerio cuenta su vida, afirma que fue San Fructuoso el fundador del Monasterio Fonense y que en aquella ocasión atravesó el mar y llegó a una isla a donde él y sus discípulos saltaron a tierra y, olvidándose de amarrar el navío a alguna parte firme, el aire se lo arrebató y, quedando todos en peligro por no tener barco con que volver a tierra, San Fructuoso, impelido con espíritu divino, se arrojó al mar y anduvo sobre las aguas y, con espantoso milagro, alcanzó el navío y lo trajo ante sus monjes quedando ellos espantados por lo que cobraron nueva opinión sobre el maestro *(Así figura en Crónica General de la Orden de San Benito.T.V.fol 59).
Otros autores sostienen que la ermita o iglesia en Tambo fue debida a San Martín Dumiense pero, en todo caso, sería de este fundador la primitiva ermita, ya mediado el siglo VI, y después, San Fructuoso o bien su discípulo Teudiselo, la habría ampliado y engrandecido con la fundación del monasterio bastantes años, más tarde.
De esta presencia religiosa de San Miguel en Tambo surge la devoción marinera una de cuyas manifestaciones es la Danza de Espadas pero eso ocupará otro capítulo en Carriola con póstuma gratitud al profesor José Torres